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El ciclista zaragozano que cruza Siberia en bici y le puso un cachirulo al 'Dios del frío'

José Andrés Abián intenta estos días cruzar Siberia en bicicleta a -50 grados. En esta zona de Rusia, el conserje del colegio de Cadrete se ha hecho famoso: le reciben los alcaldes y las televisiones locales siguen su aventura.

José Andrés Abián coge el teléfono metido en su saco de dormir en Oymyakón. Fuera hay -43º. Sí, 43 grados de temperatura, pero bajo cero. “Este es el lugar habitado más frío del mundo”, dice a HERALDO. Las autoridades locales le han permitido alojarse en las instalaciones de una gasolinera y le han cedido un coche para que conozca el lugar, así que ha aprovechado para tomarse “cuatro días de vacaciones” para recorrer este inhóspito lugar, enclavado en la república de Sajá, en Rusia.

Este zaragozano, conserje del colegio de Cadrete, es un loco de la bicicleta que, pedaleando, ha llegado a los lugares más remotos del planeta. Su última aventura le ha llevado a atravesar Siberia (‘la gran dama blanca’, llama él a este territorio) en pleno invierno. Se ha hecho famoso en esos parajes, donde le conocen como ‘el español de las nieves’ y donde le reciben alcaldes y periodistas que siguen su trayecto sobre dos ruedas. “Hay expectación allí donde voy, a veces hasta me agobian un poco estos rusos”, señala.

La aventura de José Andrés, en las televisiones rusas

José Andrés comenzó a labrarse la fama el año pasado, cuando hizo el primer intento de recorrer los más de 4.600 kilómetros que separan Magadán (en el Lejano Oriente ruso, ya cerca de Alaska) de Irkutsk (en el lago Baikal). Entonces la cosa salió mal, ya que al poco de partir sufrió congelaciones en una mano por quitarse una manopla para montar la tienda de campaña a -50º. Le rescataron de noche y se tuvo que volver para casa. “He aprendido y ahora tengo más cuidado. El otro día sufrí un pinchazo y pedí a un coche que me llevara a cambiar la rueda a un sitio caliente”, señala. Fue cerca de la localidad de Ust-Nera y tuvo que esperar tres horas hasta que pasara este vehículo. Estaba a 41 grados bajo cero. “Me dicen que ahora vendrá el frío”, escribió ese día en su web.

El zaragozano llegó a Magadán la víspera de Nochebuena. Tuvo una recepción con el alcalde y una entrevista con una agencia de noticias. Cuatro días después empezó la ruta, que arrancaba con la parte más dura del trayecto: 500 kilómetros sin casi poblaciones por el camino. “Me toca dormir en la tienda de campaña muchos días. Me echo con miedo porque sé que con ese frío igual no me despierto”, asume.

Cree que pedalea unos 40 kilómetros al día, aunque no lo sabe con certeza porque “a esta temperatura los aparatos electrónicos no funcionan bien”, así que el cuentakilómetros se ha quedado inservible. A los 100 kilómetros de haber partido, el espejo que lleva en la bici para controlar las posibles congelaciones en la cara reveló que tenía unas manchas en la nariz y en el pómulo izquierdo. Paró unos días y pudo controlarlas.

“Los rusos se quedan ‘flipados’ con lo que hago, ellos no lo harían. Me dan carne de caballo, pescado… Me cuidan muy bien”, cuenta desde su refugio. Las alforjas de su bicicleta llevan la tienda de campaña, el saco de dormir, esterillas aislantes, dos hornillos, parches antipinchazos, una pala para hacer agujeros… “Todo el material está aguantando a la perfección”, apunta.

La semana de Reyes pudo dormir un día en una habitación para visitas de una mina de carbón a cielo abierto, donde compartió mesa y mantel (y hasta una partida de tenis de mesa) con los mineros. “Son gente muy maja, solo puedo agradecer a todo el mundo lo bien que me trata”, dice.

Durante los últimos días, en sus ‘vacaciones’ en Oymyakón, también fue recibido por el alcalde y vivió una experiencia impactante: se bañó en un río considerado sagrado… en calzoncillos. “Estábamos a -50º, fue la leche”, recuerda. En el vídeo que le grabaron se ve cómo el vaho que saca al salir del agua se congela nada más salir de su boca. Le acompañó en esta experiencia el ‘Dios del frío’, un personaje local muy querido. “Le puse un cachirulo y le dije que mande un poco de frío a España, que tenemos mucho calor”, cuenta el zaragozano.

Como hace cuando casi siempre que llega a una nueva localidad, también quiso ir al colegio del pueblo. Allí enseña a los alumnos cómo es su cole de Cadrete. “Lo llevo todo en un USB”, señala. Sin embargo, estos días no había clase en Oymyakon. “Las suspenden cuando se baja de -50º, y el otro día llegamos a -55º”, explica.

Ahora, tras el descanso en la localidad más fría del mundo, retomará su ruta en bicicleta. Por delante quedan dos meses de viaje. Para poder hacerlos, José Andrés se ha cogido una excedencia de tres meses. Su pedaleo, lento pero constante, llama la atención de los pocos coches que se cruzan con él. “En el Facebook de la gente de aquí debo ser famoso, pero como yo no tengo...”, concluye.

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