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fiestas del pilar

Una tradición documentada desde el siglo XVII

Detrás de cada uno de los gigantes y cabezudos que bailan o persiguen a los chavales en las fiestas hay una historia apasionante.

Una imagen antigua de la comparsa de gigantes y cabezudos en 1931.
Una imagen antigua de la comparsa de gigantes y cabezudos en 1931.
Heraldo

Aunque el origen de los cabezudos hunde sus raíces en la Edad Media, los primeros testimonios fehacientes son del siglo XVII, cuando en varios escritos se dice que la procesión del Corpus iba acompañada por dos gigantes y cuatro cabezudos. También se guarda un documento de 1740 en el que se refleja el coste de reparación de «cuatro grandes figuras empleadas en los desfiles públicos».

La comparsa como tal se remonta, al menos, a la Guerra de los Sitios, pues se sabe que en 1809 rindió pleitesía a las tropas del mariscal Suchet. Sería a partir de 1841 cuando se bautizaron los cabezudos originales: el Morico, el Berrugón, el Forano y el Tuerto. El primero de ellos representa a un criado del conde de Viñaza. Procede de Cuba (de ahí su tez morena) y lleva botas de montar porque es experto en el manejo de los caballos. El Forano, por su parte, es «un paleto endomingado» que viene a la capital a disfrutar de las fiestas, mientras que el Tuerto recuerda al doctor Melendo, que por lo que se ve tenía muy mal genio.

En 1867 el pintor, escultor y decorador Félix Oroz presentó una comparsa con ocho cabezudos y ocho gigantes, que es el germen de la actual. Entre las incorporaciones posteriores se sumaron el Torero –que nació en 1902 por inspiración de un grabado de ‘La tauromaquia’ de Goya– o la Pilara, que se incorporó ya en 1982 como trasunto de Pilar Lahuerta, vedete de la Oasis que luce sus plumas y lentejuelas.

Corazón de cartón piedra

Sobre la vida de los cabezudos podría escribirse un ‘Cuore’ entero con bodas, alumbramientos e, incluso, despedidas a la francesa. En 1916, el Forano y la Forana celebraron en la plaza del Pilar un enlace sin reparar en gastos. Un año después nació el Foranico, que la comisión de fiestas presentó a bombo y platillo (ama de cría, incluida) pero del que nunca –ay, pobre cabezón infante– más se supo. También a principios de siglo XX se introdujeron dos nuevos personajes –Pascual el Vigilante, que era sereno de la calle Alfonso, y el Mansi, un cobrador de Independencia– que no llegaron a cuajar. Los últimos fichajes de la comparsa llegaron en 2013 y 2015 cuando se estrenaron el Azutero, como homenaje al Royo del Rabal, y Serafina, la cigarrera del Tubo.

Así como en la nómina de gigantes sí hay cuota de género (son seis y seis), entre los cabezudos hay ocho varones y tres mujeres. Como se ve su número ahora es impar y hay quienes sugieren que para llegar a la docena podría hacerse una figura de Bunbury o de Labordeta, que ya tiene su muñeco en las fiestas de San José.

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