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De supervisora en una planta de residuos de Barcelona a agricultora en Castellote

Hace ocho años que Cristina Pujol dio un cambio radical a su vida motivada por criar a sus hijos lejos de la gran ciudad: “Maternar en el pueblo es otra cosa”.

Cristina Pujol, en su finca de Castellote
Cristina Pujol, en su finca de Castellote
Heraldo.es

Es licenciada en Ciencias Ambientales y gran parte de su carrera profesional la pasó en una planta de reciclaje del área metropolitana de Barcelona, donde llegó a ser supervisora. Vivía en un piso de 60 metros de su Ripollet natal, tenía un buen sueldo y un buen trabajo pero se quedó embarazada y la idea de criar a su hijo en la gran ciudad la abrumaba. Un proyecto ya le rondaba la cabeza pero fue entonces cuando decidió, por fin, dar un cambio radical a su vida.

Desde entonces, ahora hace ocho años, Cristina Pujol se dedica al campo en Castellote. “Cuando dejé el trabajo nadie se lo creía. Cuesta entender que quisiera formar una familia en un pueblo que no era ni mío”, recuerda. La primera incursión la hizo su pareja, un año antes. Después llegaron ella y su hijo mayor, que ahora tiene los mismos años que llevan en el Maestrazgo. Compró una casa en el pueblo y dos fincas, sin conocimientos de agricultura pero con la firme convicción de que iban a vivir del campo en la medida de lo posible. “Buscamos el autoconsumo aunque es imposible hacerlo al cien por cien, porque necesitamos conexión a internet, me gusta el café y el té y como otras cosas, como el arroz, que no puedo producir”, reconoce. “En el mundo moderno es difícil, pero no tiro la toalla y voy avanzando en el camino”.

Ahora, ocho años después, Cristina tiene gallinas, hace su propio jabón y trabaja la huerta de forma escalonada para poder tener una gran variedad de productos. “Así, cuando lo llevo a la mesa en casa no es tan aburrido”, explica. En este tiempo ha aprendido a vivir al máximo cada estación del año, sabe lo que es tener que ir a por leña casi a diario en invierno. También sufre el sol de justicia en verano mientras saborea un tomate de los buenos, de los que saben de verdad. Los almendros en flor y el olor del campo la avisan de que llega la primavera y disfruta viendo cómo el ocre del otoño lo envuelve todo.

Cristina Pujol en su finca La Solana, en Castellote (Maestrazgo).
Cristina Pujol en su finca La Solana, en Castellote (Maestrazgo).
Heraldo.es

En su camino siempre le acompañan los agricultores del pueblo, como Herminio, que le explicó cómo plantar su primer patatal, o Rubel, quien a sus 89 años le enseña a hacer cestería. “Tengo manuales, libros y mucha documentación en papel pero no hay nada como el vecino que te muestra cómo y cuándo hacer las cosas. Yo sigo el calendario lunar pero a ellos no les hace falta”, confiesa.

"No hay nada como el vecino que te muestra cómo y cuándo hacer las cosas del huerto. Yo sigo el calendario lunar pero a ellos no les hace falta”

La finca que más trabaja es La Solana. Tiene agua ya que la acequia pasa por allí y es de casi una hectárea de extensión. Durante unos años, el excedente de lo que cultivaba lo vendía en Barcelona, a donde viajaba cada 15 días con su furgoneta para sacar un dinero. De aquello ya solo quedan varios clientes de confianza a quienes les envía cestas de productos de su huerta cada cierto tiempo y algún vecino del pueblo. Estos son los menos ya que, a diferencia de en la ciudad, en el medio rural es fácil tener terreno de cultivo propio o conocer a alguien que lo tenga.

Aunque Cristina trata de abastecer a su familia con su propia producción, no es posible del todo, por lo que siempre hacen falta algunos ingresos. Actualmente, tiene un empleo de pocas horas llevando el transporte escolar de la zona. Algo que le permite compaginar perfectamente sus labores de campo. Cada día se levanta temprano, cuando todavía es casi de noche, para realizar el viaje de ida con los estudiantes de las pedanías. Después vuelve para recoger los huevos de las gallinas, ponerles de comer… Y continúa en La Solana, donde siempre hay algo que hacer. Luego toca un parón para comer y vuelta a la carretera para hacer la ruta escolar de regreso.

Un ajetreo que Cristina disfruta cada día porque sabe que está donde siempre quiso. “La vida en el pueblo es maravillosa, me encanta la vecindad y el contacto humano. Además, maternar aquí es otra cosa, no tiene nada que ver con la ciudad. Los niños corren por la calle, saltan, bajan las cuestas con piedras… Mis hijos ya son de aquí y te miran raro cuando les preguntas de dónde son”, asegura.

"Desde que trabajo en el campo estoy más en forma y mejor físicamente"

La calidad de vida que pudiera darles a sus hijos fue, sin duda, el principal motivo que la empujó a emprender este nuevo camino. “No me veía criándolos con un trabajo que me suponía salir de casa a las seis de la mañana y volver a las cuatro de la tarde. O trabajar los sábados alternos durante 14 horas. Por mucho dinero que ganara, no me compensaba”. Es consciente de que ahora no tiene el sueldo que tenía pero para ella eso no es una pérdida. “Lo que yo hago no se refleja en billetes, pero sí en ahorro”, explica.

“Para mí el huerto es salud”

Después de estos años de vida rural, Cristina no deja de sorprenderse de cuánta sabiduría rural se está perdiendo. “Me queda mucho por aprender y me da mucha rabia que todo ese conocimiento se esté olvidando. No solo el de la huerta y el campo, sino en general. Desde cómo conservar los alimentos en una despensa hasta hacer un bote de tomate o fabricar jabón. Un único jabón para todo, no como ahora, que necesitamos uno para la ropa, otro para el cuerpo, otro para las manos… Y todos hechos con miles de químicos y bien perfumados”, lamenta.

En su nueva vida, dice, ha ganado en salud. “Para mí el huerto es salud. Desde que trabajo en el campo estoy más en forma y mejor físicamente. Tengo más movilidad y cargo cajas controlando mi postura. Estamos hechos para andar y movernos, no para sentarnos ocho horas delante de un ordenador”, reflexiona Cristina, quien hace años que vive mirando al cielo. “En la ciudad vamos con el automático y no nos paramos a mirar. Aquí es más fácil levantar la vista arriba y disfrutar del paisaje”, asegura, mientras disfruta de unas vistas que solo el campo ofrece.

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