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entrevista

Carlos Jalón: "En Tailandia me he dado cuenta de que la vida no es lo que había vivido"

Este zaragozano, que lleva más de diez años residiendo en el país asiático, ha sido nombrado cónsul honorario de España en ocho provincias del norte de Tailandia.

Carlos Jalón, zaragozano nombrado cónsul honorario en Tailandia.
Carlos Jalón, zaragozano nombrado cónsul honorario en Tailandia.
Charinarpa Sriwong

Carlos Jalón (Zaragoza, 1969) vive en Tailandia desde hace más de una década. Llegó como viajero y se instaló en el país donde colabora con varias causas humanitarias, además de ser emprendedor. Desde el pasado mes de julio es cónsul honorario de España en ocho provincias del norte del país: Chiang Rai, Lampang, Lamphun, Mae Hong Son, Nan, Phayao, Pharae y Chiang Mai, donde reside.

Enhorabuena por su reciente nombramiento de cónsul honorario de España en ocho provincias del norte de Tailandia. ¿Cuál es su labor?

Es un puesto sin sueldo ni despacho. Yo pretendo trabajar para ayudar a los turistas que tienen problemas y los españoles residentes en el país. En realidad, en parte es lo que ya hacía antes desde donde vivo, en la ciudad de Chiang Mai. He conocido casos muy graves como una mujer que terminó en la cárcel y una chica que estuvo un mes ingresada en un hospital. Hay que saber qué hacer, el cambio cultural es muy grande.

No ha seguido los pasos de su padre, Manuel Jalón, ingeniero aeronáutico e inventor de la fregona. ¿Le marcó en algún sentido?

Mi padre viajaba mucho por el mundo y cuando volvía nos contaba las historias de cómo vivían las personas en otros lugares. Eso marcó a todos los hermanos para incitarnos a conocer mundo.

Usted lleva 13 años en Tailandia. ¿Cómo llegó al país asiático?

Yo siempre tenía la inquietud de vivir fuera de España. Como no hablaba inglés, y por miedo, estuve viajando mucho tiempo por Centroamérica y Sudamérica. Una vez, el amigo con el que viajaba siempre me propuso cambiar e ir a Tailandia. Estuvimos un mes y nos encantó. Cuando volví a Zaragoza coincidió con la crisis. Se acabó mi último trabajo, en el Jaja Festival, y me vine a Tailandia.

¿Cómo recuerda esos primeros días en un país tan diferente?

El primer día fue el 9 octubre de 2009.

Sí que le marcó esa fecha...

Me acuerdo perfectamente del día que llegué porque no hablaba inglés, me senté en la puerta del hotel, me fumé un cigarro y me dije: ‘¿Qué haces aquí?’ Luego me enamoré del país.

¿Qué le llevó a ese cambio?

Lo mejor de venir a vivir aquí es darme cuenta de que la vida no es lo que había vivido hasta entonces, el mundo no es así, como en Occidente. Aquí es menos estresante. Viven el día a día. No veo la televisión. Mi mente se ha limpiado. Además, mi mujer es de aquí.

Entonces ha echado raíces. ¿Cómo montó una agencia de viajes?

Cuando llegué recorrí el país dos años, hasta que me quedé sin dinero. Me fui encontrando con españoles y me di cuenta de que todos hacían los mismos viajes. Yo había estado en sitios donde no iban las turistas y que eran más atractivos. En 2012 abrí Flexible Travel Consultants.

La pandemia de covid-19 le obligó a cerrar en marzo de 2020 y acaba de reabrir. ¿Hay turistas?

El turismo ha mejorado un poco. Han abierto Bangkok, Phuket y el norte. Empezamos a tener clientes para el año que viene. Ha sido un drama porque el turismo es el motor del país. Aquí no hay prestaciones sociales. Los tailandeses lo normal es que no tengan ahorros porque los salarios son muy bajos. Las mujeres suelen tener a los padres a su cargo porque no hay pensiones. Por eso, todo el equipo de la agencia se vino a vivir a mi casa 15 meses. En este tiempo hicimos de todo, desde mascarillas a dar de comer a 300 personas dos meses.

Y recauda dinero para los desplazados birmanos en la frontera.

Llevamos haciendo labor social desde que me asenté. En Tailandia, aun siendo un país más rico que sus vecinos Vietnam, Laos o Camboya, la riqueza está muy mal repartida. Todos los diciembres pido dinero a mi familia y amigos en Zaragoza para llevar mantas a las tribus asentadas en el monte Doi Inthanon. Ellos me hablaron de los desplazados birmanos por el golpe de estado en su país.

Usted no para. Ahora ha inaugurado un restaurante.

Sí. Llevamos tres meses, se llama Chicken Embassy. No es un restaurante español, pero tenemos croquetas y patatas bravas. Lo abrí para no despedir a las cinco empleadas de la agencia.

¿Se ve volviendo a Zaragoza?

De visita, sí, pero a vivir se me haría muy cuesta arriba (sonríe). 

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