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"A la primera persona que le dije que quería entrar al seminario fue a mi hijo"

En Zaragoza se forman doce seminaristas, unos entraron tras el bachiller, en otros casos accedieron del seminario menor, aunque la mayoría ingresaron en su etapa adulta.

Los seminaristas actualmente en formación.
Los seminaristas actualmente en formación.
Archidiócesis de Zaragoza

Canelones y conejo guisado; croquetas de aperitivo y fruta de postre. A la mesa se sientan David, Alfonso, Jorge, Daniel, Manuel, Isaí, Luis, Giovanny o Pepe. Se escucha algo de un examen, hablan de la cena del día anterior y de sus aficiones, la música para la mayoría de ellos. Son los nombres y vidas de algunos de los doce seminaristas que hay en Aragón.

"Cuando entré, en 2017, estábamos 30. Lo de estar así es de ahora"

Ocho proceden de la diócesis de Zaragoza, dos de Teruel-Albarracín, uno de la de Tarazona y ninguno de Huesca, Jaca ni Barbastro-Monzón. En la misa de antes de la comida han pedido por el descanso de un par de sacerdotes. "Ya has visto, hoy dos", lamentan. También recuerdan las cifras de hace unos años: "Cuando entré, en 2017, estábamos 30. Lo de estar así es de ahora", apunta Daniel, de 23 años. Calculan que de media al año fallecen 30 sacerdotes y sobre la mesa también ponen otro dato más, en Aragón hay 1.136 parroquias.

Existen cuatro escenarios por los que los seminaristas acceden a esta formación: seminario menor –hasta los 18 años-, estudios normales, vocación adulta o título universitario. "Cuando estaba a mitad de carrera sentí esa inquietud. Al final lo vi más claro, así que defendí el trabajo fin de grado (TFG) y entré. Mi familia no es practicante, yo hice la primera comunión y dejé de ir de ir a la iglesia. Pero claro, te acercas a Dios gracias a determinadas personas, momentos…", relata David, un joven de 24 años que es ingeniero agrónomo.

Luis e Isaí se conocieron con sotana blanca y roquete rojo, fueron infanticos. También ingresaron en el seminario zaragozano tras su etapa universitaria, no obstante, para Isaí es la "segunda intentona", ya que ya había estado en el seminario menor. Luis, criado en un ambiente cristiano y con varios familiares religiosos, estudió Periodismo, mientras que Isaí se decantó por Historia del Arte.

Una visita a Roma fue la chispa que volvió a encender la llama vocacional de Alfonso. "Con ese viaje vi que había algo que no está solucionado y que la pregunta de la vocación se vuelve a hacer fuerte. Lo dejé pasar por si era resaca romana, pero después de un curso pido ayuda”, relata este seminarista que procede de Teruel. Trabajaba en una óptica y unos tres años después de caminar por las calles romanas ingresó por tercera vez en el seminario.

-A la tercera va la vencida
-Aunque no hay quinta mala…
-… Ni santo que la aguante

Hablan de la famosa 'llamada'. "Hay momentos significativos pero no extraordinarios. En el salir, en el comprar… en lo cotidiano", señala Alfonso. Daniel apoya esa idea: "Esto no es una cosa de que se te aparezca la Virgen, te llame por teléfono y te diga que tienes un cuarto esperándote. Lo vas viendo con el tiempo. Vas preguntando, madurando, tienes miedos… seguridades, pocas". Daniel dice que se va "lidiando con la duda" y Luis responde que "la certeza 100% no existe, ni en esto ni en nada, es un sí diario". "Sobre todo en época de exámenes", dice alguien y todos explotan en un mar de risas.

Los cursos son como en un grado universitario, son dos cuatrimestres, y en su caso se trata de unos estudios vinculados a la Universidad Pontificia de Salamanca, que expide el título oficial. Dedican un año a la preparación, cuatro de estudios y un último de formación. Sin embargo, mientras están en este proceso, ya acuden a parroquias. José Manuel es otro seminarista, ingresó con 30 años, y también el profesor de latín, una faceta que ya desempeñaba antes de vivir aquí. Comparte vida con sus propios alumnos, con los que bromea.

-¿Qué tal es cómo profesor?
-En junio te contestaremos.
-O no, todo dependerá.

Después del proceso de formación les dan los ministerios laicales y por último la ordenación, primero de diácono y después de presbítero. "Hacemos promesa, promesa de obediencia a nuestro obispo, de celibato y rezas la liturgia de las horas", explican. No todo es estudiar. En sus ratos libres cultivan 'hobbies' compartidos, les gusta estar de cháchara en los sofás, ven películas, se van a tomar una caña, de conciertos o de excursión.

El primer día

Pepe dice que "18 años camino de 60", en realidad tiene 59 y es el mayor de todos ellos. Se acercó a Dios en 1976, gracias a su hermano y al baloncesto. Era entrenador en su parroquia, el Perpetuo Socorro, donde los equipos se convirtieron en grupos de catequesis. Décadas después, cuando tenía 57 años dio el paso. "Además de decírselo al entorno, a familiares, amigos, conocidos… A la primera persona que le dije que quería entrar al seminario fue a mi hijo. 'papá, lo que tú quieras, voy a estar aquí siempre', me dijo".

Giovanny el segundo más veterano, ha cumplido los 42. Trabajó en ayuntamientos de su Nicaragua natal hasta los 35 años. Tras un retiro se planteó dedicar su vida al Señor. “Pensaba en la vida monástica, la vida contemplativa, por lo que vine a España. Pero sentí que el Señor me necesitaba en otros lados”.

Alfonso recuerda ahora entre risas su primer día: "Me vino a traer un amigo y en un semáforo de Salvador Allende le dije 'gírate que nos vamos, gírate que nos vamos a casa'. Y llegando al seminario, ya bajando la cuesta, me giraba, miraba hacia atrás". Cada historia es diferente, en unos casos los padres se "rasgaron las vestiduras" o "entraron en cólera", aunque ahora ya estén "felices como perdices". En otros fue un apoyo incondicional.

Cuando se les pregunta por esa típica frase, "vives como un cura" tienen la respuesta ya en la punta de la lengua: "Un cura que trabaja acaba tan cansado que no puede ni con el pelo. Cuando alguno me lo dice les digo que se vengan a probar que hay sitio libre", les propone Luis.

-¿Cuándo vais a terminar en el seminario?
-Cuando Dios quiera (risas)
-Uy, yo espero que al año que viene.
-Ya puedes rezar por nosotros.

Afrontan el futuro con esperanza, pero lleno de retos, uno de los que plantean es que en la sociedad "se vuelva a hablar de Cristo con normalidad". Jorge, que entró en el seminario menor con 16 años, también menciona el modelo de África, en el que los laicos se encargan de la vida litúrgica y el sacerdote va una o dos veces al mes. "Cada uno tiene su camino, y cada uno necesita su tiempo. Puedes terminar y que tú digas o la Iglesia diga que no", sostienen. En cualquier tienen claro que su destino estará donde se les necesite, que estarán para servir. 

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