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Los alquileres a trabajadores salvan el año de la casa rural Tere, en Codo

Marta Aínsa regenta este y otro alojamiento turístico en la localidad. Sus principales huéspedes en 2020 no han sido ni turistas ni grupos de amigos o familias.

Eva (a la izquierda) y Marta Aínsa son las hermanas que han heredado el negocio familiar de casas rurales en Codo.
Eva (a la izquierda) y Marta Aínsa son las hermanas que han heredado el negocio familiar de casas rurales en Codo.
Heraldo.es

En un 2020 fuera de lo común y lleno de cambios, el alojamiento rural Casa Tere, situado en la localidad zaragozana de Codo, también ha visto cómo su tipo de huéspedes no tenía nada que ver con la clientela de un año normal.

Desde que se inauguró hace ya 14 años, este alojamiento turístico ha sido refugio de grupos de amigos y familias que encuentran en él el lugar perfecto para sus reuniones de fin de semana. Esta tendencia se mantuvo especialmente durante la primera época, cuando en la zona, la comarca de Campo de Belchite, apenas había turismo.

Con el tiempo, comenzaron a organizarse las visitas guiadas al Pueblo Viejo de Belchite y en Casa Tere empezaron a alojarse turistas que estaban conociendo el entorno. Los grupos y familias seguían siendo el cliente potencial y, de forma muy residual, algunas empresas alquilaban el inmueble para sus trabajadores.

Una realidad que cambió radicalmente a raíz de la pandemia, ya no solo por las restricciones de movilidad sino sobre todo por las limitaciones en el número de personas que se podían reunir. Y es que la casa tiene capacidad para doce personas y solo se puede reservar completa, no por habitaciones. Con estas condiciones, los grandes grupos de amigos y las familias quedaron prácticamente descartados como posibles huéspedes durante la mayor parte del año.

Pero, para sorpresa de Marta Aínsa, dueña de la casa y gestora del negocio, ya desde el mes de abril se empezaron a recibir muchas llamadas de trabajadores que no encontraban alojamiento en hoteles (muchos estaban cerrados) y que buscaban tener su espacio y poder, por ejemplo, cocinar su propia comida. Unos requisitos que este alojamiento rural cumplía a la perfección. Así, prácticamente durante todo el año, Casa Tere ha estado recibiendo a huéspedes que vivían allí mientras trabajaban en la construcción de parques solares y eólicos en la zona.

“No es el tipo de cliente al que nos queremos dirigir, nunca lo ha sido. Pero en esta situación, no nos ha quedado otra. Gracias a ellos hemos podido salvar más o menos el año, trabajando a un 60% del volumen habitual”, reconoce Marta.

Pero, pese a haber capeado el temporal de 2020, su preocupación está puesta ahora en este 2021 que, por el momento, ha arrancado sin ninguna reserva. “En un año normal, la temporada de otoño-invierno está a un 95% de ocupación, con la casa reservada prácticamente todos los fines de semana”, dice. Nada que ver con esta temporada.

De hecho, el alojamiento está de momento cerrado y no se ofrecen reservas porque alquilarlo para cuatro personas, el máximo permitido actualmente para reuniones, no sale rentable. Además, en Casa Tere cuentan con otra desventaja, y es que sus principales clientes no son aragoneses. “Vienen sobre todo de Cataluña y también de Madrid o País Vasco”, explica Marta. Por eso, aunque se permitiera de nuevo la movilidad dentro de Aragón y se ampliara el número de personas, no cree que se fuera a notar en su establecimiento.

De la reforma de una casa a un negocio turístico

La historia de Casa Tere es la historia de Alfonso y Tere, un matrimonio de Codo, él agricultor, que un buen día del año 2006 decidieron rehabilitar la casa familiar contigua a la suya. Todo comenzó con la reforma de las dos primeras plantas de un edificio de tres, sin pensar que, años después, se convertiría en un alojamiento turístico del que podrían vivir. Con el tiempo, los huéspedes iban en aumento y el volumen de trabajo era cada vez mayor.

Tanto Marta como su hermana Eva colaboraban en la gestión del negocio, con una empleada que se encargaba de las tareas de limpieza. Ellas llevaban el mantenimiento, la contabilidad, las reservas… Pero, al mismo tiempo, tenían sus propios trabajos, la primera en Huesca y la segunda en Zaragoza, donde residen respectivamente.

Las reservas iban tan bien que, en 2010, la familia Aínsa se lanzó con la apertura de un segundo alojamiento, Casa Altero. En este caso, se ideó desde el principio con este fin, el de ser un establecimiento turístico.

Casa Tere en Codo
Casa Tere en Codo
 

Con los dos alojamientos en marcha y tras la ampliación hace tres años de Casa Tere, el negocio fue adquiriendo mayor volumen. Tanto que Marta, empleada de banca de 40 años, decidió dejar su trabajo para centrarse exclusivamente en los establecimientos. “Después de varios años de no parar y de quitarme tiempo de estar con mi familia por atender el negocio tomé la decisión”, explica.

Decisión que, tal y como ha ido 2020, es complicado no cuestionarse. “Cuando lo decidí no sabía que nos tocaría vivir una pandemia”, lamenta. En cualquier caso, aunque en los malos momentos le preocupa la situación, sabe que es algo temporal y que, tarde o temprano, pasará.

Por el momento, las expectativas para los próximos meses no son demasiado buenas y, con un préstamo que pagar, las facturas e impuestos, entre otros gastos fijos, las cuentas van saliendo cada vez más justas. “En el sector se habla de que este verano será similar al pasado”, dice, al tiempo que tiene puestas sus esperanzas en un proyecto de placas solares previsto en Herrera de los Navarros. “A ver si notamos la llegada de esos trabajadores”, comenta, entre la resignación y el alivio de que, al menos, su casa volverá a tener huéspedes.

 

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