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Los castillos humanos andantes de Ateca: fuerza, equilibrio y mucha emoción

La fiesta fue declarada de interés turístico de Aragón en 2018 y se cree que sus orígenes están en la procesión del Corpus del siglo XVII.

Torre humana de Ateca
Torre humana de Ateca
MACIPE

Fuerza, concentración, equilibrio y, sobre todo, mucha emoción es la fórmula mágica que sostiene los castillos humanos andantes de la localidad de Ateca. Es uno de los acontecimientos más importantes del pueblo y se celebra dos días al año, para la Ascensión, cuarenta días después de Semana Santa, y para San Lorenzo, en agosto. Desde 2018 cuenta con la declaración de Fiesta de Interés Turístico de Aragón.

La puesta en escena bien lo vale ya que, como su nombre indica, los castillos humanos andantes son torres formadas por diez personas que avanzan primero alrededor de las ermitas, la de la Ascensión y la de San Lorenzo, y después, por las calles del barrio de San Martín de Ateca.

La formación es en tres alturas. En la base hay seis mozos, a media altura, tres, y arriba del todo, una persona, habitualmente la más ágil ya que debe trepar hasta allí, y la más estable una vez arriba, ya que cualquiera de sus movimientos puede desestabilizar a la torre. Éste, además, es quien porta el pendón con la bandera bien de la cofradía de San Lorenzo o bien de la de la Ascensión, organizadoras de sendas fiestas.

Para mayor dificultad, la torre es ciega, ya que quienes están en la base forman un círculo y no ven hacia donde avanzan. Para ello, quien está arriba marca la dirección, empleando el mástil de la bandera como timón.

Alrededor, la gente se agolpa, no solo para ver la formación de cerca, sino también para amortiguar las posibles caídas, que las hay. Suceden, especialmente, cuando los integrantes de la torre no tienen mucha experiencia o son sus primeros años. Y es que, por imposible que parezca, esta hazaña no se ensaya, sino que se realiza el día de la fiesta, para muchos, por primera vez en la vida.

Nervios y emoción en una tradición familiar

Según los historiadores, se cree que los orígenes de esta tradición se remontan a los dances que se producían con motivo de la procesión del Corpus de los siglos XVI y XVII y la documentación que existe de la cofradía de la Ascensión sobre la celebración tal y como se conoce en la actualidad se remonta a finales del siglo XIX.

Como suele ocurrir con las tradiciones populares, participar en los castillos andantes de Ateca es un honor y, en muchas ocasiones, una herencia familiar que pasa de generación en generación. De hecho, es así como se suelen dar los relevos en los grupos, a veces incluso pasando de padres a hijos.

Formar parte de estas torres humanas es también una gran responsabilidad y el espectáculo no siempre sale como se espera. No es de extrañar, sobre todo con torres jóvenes y con menos veteranía, que alguno de los integrantes se caiga. Pero lo importante es terminar el recorrido, por lo que si se da algún percance, el castillo se recompone y continúa.

La dinámica es la misma en ambas celebraciones, la torre se forma por primera vez en la ermita, ya sea la de la Ascensión o la de San Lorenzo, para dar vueltas alrededor del templo. Es un día de fiesta en el que previamente el pueblo ha llegado hasta allí en romería para disfrutar de una comida popular. Después, la fiesta se traslada al barrio de San Martín, donde el castillo humano realiza un recorrido por las calles.

El circuito más largo es el de la torre de la cofradía de la Ascensión, que recorre alrededor de 500 metros, entre el arco del Arial, una antigua puerta medieval, y la plaza de España. Dependiendo de la experiencia de los miembros del castillo, la ronda se prolonga durante más o menos tiempo y los más rápidos lo hacen en algo más de media hora.

En el caso del castillo de San Lorenzo, el recorrido por el pueblo es más corto, de unos 150 metros que se recorren como mínimo en diez minutos. Para ellos, el punto de encuentro es la plaza de Costa, desde donde la formación se dirige hasta la de los Templarios, pasando por las calles del Horno, de la Bodeguilla y del Arenal.

Un año truncado por la covid

Este 2020 ninguno de los dos castillos humanos andantes de Ateca ha podido recorrer las calles durante las fiestas. Aunque esta no es la primera vez que la tradición no se celebra, ya que si las condiciones meteorológicas no acompañan, los actos de las torres se suspenden, por seguridad.

De la organización de esta tradición de arraigo en Ateca se encargan sendas cofradías, la de San Lorenzo, con más de 300 miembros, y la de la Ascensión, con unos 200. El presidente de ésta última es Ángel Yagüe quien, como la mayoría de mozos del pueblo, también pasó por la torre. “Empecé en la altura del medio pero pronto tuve que pasar a la de abajo porque cogí kilos”, comenta entre risas.

Y es que la complexión física de cada integrante es fundamental para escoger la posición adecuada y que la torre funcione. Sin embargo, por compañerismo, lo habitual es que los integrantes de un castillo se intercambien los papeles, así todos pueden estar en todas las posiciones. Además, tienen tiempo para probar, ya que por norma general, los grupos son los mismos durante varios años. Así es como se consigue el éxito en la puesta en escena, gracias a la confianza de un equipo consolidado y con experiencia que sabe lo que hace.

Pero para todo hay una primera por lo que tampoco es de extrañar que en una edición, los miembros de la torre sean los quintos de ese año, es decir, los que han cumplido o cumplen los 18 años. “Ha habido años en los que había demasiada gente para participar, mientras que otros casi no hemos podido sacar los castillos por falta de interesados”, explica Ángel.

En cualquier caso, la tradición de los castillos humanos andantes de Ateca ocupa ya un lugar señalado en el calendario de actos populares de la localidad. Una agenda bastante apretada, dicho sea de paso, para un pueblo de unos 1.700 habitantes. La Semana Santa se vive a lo grande, prueba de ello son las seis cofradías que hay en Ateca, y también se festeja por todo lo alto el carnaval.

Además, todos los años, en torno al día de San Blas (3 de febrero) la máscara, un personaje vestido con un traje característico, sale a recorrer las calles para repartir bendiciones, cascabeles y algún que otro toque de espada entre el público.

 

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