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"La gente no se puede imaginar lo que hay detrás de un club de alterne", dice una exprostituta

Jenny (nombre ficticio) cuenta que en el burdel tenía que pagar a la encargada el 60% del dinero que generaba, además del alquiler de la habitación y muchos otros servicios.

Jenny, nombre ficticio, en el piso donde vive actualmente.
Jenny, nombre ficticio, en el piso donde vive actualmente.
Toni Galán

Jenny (nombre ficticio) lleva desde los 20 años en España. Ahora tiene 33 y lleva tres alejada de la prostitución. No siempre ha sido así. Dice que llegó desde su país “engañada” por una amiga de la familia que, tras cobrarle 5.000 euros, le prometió un contrato para trabajar de forma estable. “Al mes, me echó de casa. No había ni contrato ni había nada”, cuenta.

Sin dinero para volver, se tuvo que buscar la vida aquí sin conocer a nadie. Entró en un piso y conoció a una chica con la que acabó en un club de alterne de la provincia de Zaragoza. Entró para estar 21 días, porque ese es “el tiempo que te dan para quedarte, luego ya van cambiando las chicas para que el cliente vea gente nueva”.

Sin embargo, pidió irse a los 17 días tras sufrir una agresión de un cliente. “Con una puta parece que vale todo, parece que puede ser violada o agredida sin que pase nada”, cuenta. “Me encaré con la encargada, le dije que me iba y me contestó que tenía que cumplir los 21 días, pero yo no podía trabajar. Me dijo que iba a llamar para denunciarme a Inmigración, pero ella no sabía que yo estaba legalmente aquí”, explica.

Esta exprostituta relata cómo funcionaba el club de alterne: “El dinero que generábamos entre los servicios y las copas iban el 60% para la encargada y el 40% para nosotras. Era todo dinero negro”. De la parte que le quedaba a ella, “unos 800 euros a la semana”, aún tenía que pagar al burdel “60 euros a la semana de alojamiento”, además de los desayunos, las comidas, las cenas… “Nos cobraban hasta el agua”, dice.

El puticlub, en el que vivían una veintena de chicas -casi todas sin papeles-, incorporaba también servicios como peluquería y maquillaje “para que no gastáramos fuera”. “Era un negocio redondo”, advierte. Según vio, “lo tienen muy bien organizado”, se trata de “un mundo muy sólido, pero muy pervertido, con alcoholismo, drogadicción… La gente no se puede imaginar lo que hay detrás de un club”.

Con todo lo que vivió allí, agresión incluida, salió “muy mal” y cayó en las adicciones que van en paralelo a la prostitución. “Te traen la droga, la cocaína, y acabas cayendo para poder llevar la situación”, dice.

Una temporada después, entró en una “casa de citas” en Zaragoza. “Es diferente a un club. Te metes en un piso y lo que trabajas lo trabajas para ti, no nos mandaba nadie. Fue una idea que nos generamos nosotras mismas”, explica. No obstante, la sensación es la misma: “Pierdes la dignidad y la vergüenza. Te pagan y tienes que hacer lo que te digan. Salía a la calle y parecía que todo el mundo me miraba como si supiera a qué me dedicaba”, cuenta.

Según su experiencia, “se puede salir de todo esto”, aunque ella lo tuvo “más fácil” porque tiene los papeles en regla. Ahora, con la ayuda de Médicos del Mundo, trata de integrarse en la sociedad, buscar un trabajo… “Ahora estoy bien, pero aunque me duela, si no tengo para vivir tendré que recurrir a la prostitución”, lamenta.

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