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De los clubes a los pisos: la prostitución no para y se mueve con la pandemia

Cientos de mujeres siguen atrapadas en el negocio del sexo, en muchos casos bajo un régimen de "explotación sexual", según las entidades que las atienden.

Imagen de un prostíbulo camuflado como spa
Imagen de un prostíbulo camuflado como spa
EP

La prostitución no se para, ni siquiera en tiempos de pandemia. El coronavirus ha trastocado el negocio del sexo, como ha trastocado casi todo, pero ni mucho menos lo ha detenido. Aunque la mayoría de los clubes de Aragón siguen cerrados, la actividad se ha trasladado a los pisos. Cientos de mujeres continúan ejerciendo a diario en la Comunidad, en muchos casos bajo un régimen “de explotación sexual”, según denuncian las entidades que se dedican a ayudarlas.

Al ser una actividad alegal, no hay datos oficiales sobre el número de mujeres que se dedican a la prostitución en Aragón o sobre el fraude que supone este negocio, teniendo en cuenta que en gran parte se mueve con dinero negro. A nivel nacional, se calcula que genera unos cinco millones de euros al día, la mayoría sin declarar. En nuestra Comunidad, el último estudio, de hace más de diez años, cifró en 1.500 el número de personas -la inmensa mayoría, mujeres- que se dedicaban al sexo.

Solo en los últimos meses, tres de las entidades que ayudan a las prostitutas (Cruz Blanca, Médicos del Mundo y Fogaral) han atendido a 800 mujeres en Aragón. A esta cifra hay que sumar las que han pasado por otras oenegés y las que no han estado en ninguna de ellas. La actividad económica sumergida que generan anualmente en la Comunidad es, por tanto, multimillonaria.

La semana pasada, el gobierno Central anunció su intención de modificar el Código Penal para perseguir a los proxenetas y para volver a incluir la llamada ‘tercería locativa’, con la que se pretende perseguir a los dueños de los clubes. Las entidades sociales aplauden la medida, aunque dudan de que pueda alcanzar a la actividad de los pisos. “Si los cierras en un lado, abren en otro”, alerta Chus Martínez, de Cruz Blanca.

Por eso, piden una ley integral contra la trata de mujeres “que sea abolicionista” y que “no permita que se escape nada”, como apunta Erika Chueca, de Médicos del Mundo. Marta Jiménez, de Fogaral (Cáritas), aplaude la medida porque “la industria del sexo da muchísimo dinero, y los que están al mando se lucran con la explotación de las mujeres”.

El dueño de un local de Aragón, que prefiere permanecer en el anonimato, cree por el contrario se debería “legalizar la situación de las chicas” para que “sean autónomas”, porque ahora “no son nada”. Según su visión, “España ingresaría mucho dinero” con la medida. “Ellas se ofrecen a trabajar en el club, el dueño no tiene culpa de nada”, mantiene.

De los clubes a los pisos

Los clubes de alterne llevaban años en caída libre, pero el coronavirus ha sido la puntilla para muchos de ellos. Por eso, la actividad se ha trasladado a los pisos. Es el caso de María -nombre ficticio-, una española de 41 años que ejerce en un piso céntrico de Zaragoza, cerca de la plaza del Pilar. No paga alquiler, pero tiene que dar la mitad de lo que gana a la dueña del negocio. Tras divorciarse y quedarse sin trabajo, lo vio como un recurso para salir del paso. “No es dinero fácil, es dinero rápido”, aclara.

Marta (también prefiere ocultar su identidad), colombiana de 27 años, también ha acabado en un piso, en este caso en la zona de Universidad. Paga 180 euros a la semana por la habitación, aunque realmente vive en otro piso con su hijo. En este caso, no hay un dueño que regule la actividad, sino es una especie de autogestión en la que cada habitación se alquila a una chica. “Las que no son de aquí o están de paso, curran todo el día. Ahora hay menos competencia porque han cerrado muchos sitios”, apunta.

“Con la covid, hemos detectado muchas mujeres de paso, porque van cambiando y rotando de ciudades… Algunas se quedaron varadas en Zaragoza literalmente sin nada de comer”, cuenta Chus Martínez. Cruz Blanca, su organización, ha atendido a 416 chicas este año. Las que trabajan en piso son ya más del triple de las que lo hacen en un club. Por su experiencia, hay mucha prostitución africana, pero la latina va al alza y la española, también.

Marta Jiménez, de Fogaral, cree que el perfil “ha cambiado mucho” tras la pandemia, ya que ahora se encuentran con mujeres “que estaban en un nivel más alto de prostitución”, que desconocían por completo el funcionamiento de los servicios sociales públicos y privados “porque no los necesitaban”, que vivían en pisos “de 700 o 800 euros al mes” y que ahora “están sufriendo muchísimo”.

Erika Chueca, de Médicos del Mundo, opina que el hecho de que la prostitución se traslade a los pisos hace que estas mujeres “queden invisibilizadas”. Además, el hecho de que haya menos demanda por miedo a la covid ha hecho que ellas sean “más vulnerables” y los clientes, “más agresivos”. “Como saben que las chicas tienen más necesidad, ellos quieren imponer lo que quieren y pagar menos”, certifica Marta Jiménez.

Todas coinciden en “la explotación sexual” que sufren muchas de las prostitutas, que además tienen siempre el riesgo de contagio del sida y que se ven arrastradas “a otras adicciones”. “A veces son obligadas a drogarse por clientes y proxenetas, y otras lo hacen porque, si no, no podrían pasar por las situaciones que pasan”, apunta Chus Martínez, de Cruz Blanca. Martínez señala que “mientras haya demanda, habrá oferta”, y lamenta que “el cliente siempre quede disculpado” mientras que “la mujer siempre tiene que acabar defendiéndose”.

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