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Aragón

coronavirus

Bricolaje, lectura y observación del clima: así es estar confinado a 2.200 metros

Los refugios de montaña aragoneses están cerrados, pero sus guardas se afanan en el mantenimiento para reabrir sin contratiempos cuando sea posible.

José Ángel, delante de 'su' refugio, en una soleada y solitaria mañana.
José Ángel, delante de 'su' refugio, en una soleada y solitaria mañana.
HERALDO

Algún zorro estampa su huella en la nieve que abraza el refugio de Bachimaña. Las condiciones no son todavía las mejores para que los hervíboros se dejen ver en este enclave del Alto Gállego, a 2.200 metros de altura, pero las aves sí llevan un buen trajín. Sus vuelos se dibujan sobre un cielo más limpio que de costumbre. “Normalmente vemos las estelas de los aviones, se aprecian perfectamente. Estos últimos días apenas hay, por razones obvias. El cielo está tan parado como todo lo demás”, cuenta José Ángel Sánchez, uno de los guardas del albergue. La conversación telefónica transcurre sin una interrupción: de fondo no se oye ni el vuelo de una mosca.

A José Ángel le esperan dos semanas del que, tal vez, sea el confinamiento más riguroso de todo Aragón. Se asoma a la terraza, claro, como muchos están haciendo en sus casas de Jaca, Alfamén o Alcañiz. Pero, aunque ante él se abre una estampa idílica, no pasa de ahí. “Me encantaría salir a pasear por el monte, hacer las revisiones periódicas del terreno, saber dónde será bueno el tránsito para un montañero y dónde habrá demasiada nieve. Comprobar que todo está en orden, lo que viene siendo la labor que se espera de un guarda, vaya. Pero sé que no debo, que podría sufrir un percance y hacer venir a la Guardia Civil, lo que en estos momentos, en plena pandemia, sería una irresponsabilidad”.

Lo normal para estas fechas sería que un buen número de esquiadores de travesía pernoctasen junto a los ibones de Bachimaña. “Habría mucho francés, ya que hay combinación con otros refugios de Francia, y los fines de semana esto estaría muy lleno. Pero las circunstancias han querido que esté aquí solo, sin nadie alrededor. Pero haciendo de todo y sin aburrirme. No tengo tiempo ni capacidad de aburrirme”, relata el guarda, natural de Ejea de los Caballeros, donde vive la mitad del mes junto a su mujer y su hijo, de 11 años. Las otras dos semanas las pasa, desde hace más de dos décadas, en altura.

La labor del cincovillés combina la rutina con las necesidades que van surgiendo. Por la mañana, a eso de las 9.00, termina de desayunar y sale... a recoger datos. “Hacemos las anotaciones para la Aemet. Damos parámetros como la temperatura o las nubes, y ahí entran también las estelas de los aviones, que son cirros, y que estos días han desaparecido”. Después viene el trabajo físico. “Me busco alguna tarea. Siempre hay algo que hacer, la instalación se degrada si no la mantienes. Ayer arreglé el condensador de un congelador y una contraventana, ahora me pillas apañando un tubo de la calefacción que se había descolgado. Para llegar aquí hay que andar una hora y media o dos horas, así que no solemos llamar a electricistas o fontaneros. Nos toca hacer de todo y lo hacemos con gusto”.

José Ángel, como el resto de sus compañeros, está acostumbrado a pasar algunas jornadas solo, especialmente durante el invierno, cuando el tránsito pirineísta se frena en seco. Pero nunca había experimentado un aislamiento tan implacable como el presente. “Cuando llevas ya mucho tiempo solo acabas hablando en voz alta. Cuando te respondes es cuando ves que lo estás llevando mal”, comenta entre risas.

Pese a que miles de metros por debajo de su ubicación se pueda pensar que la situación puede tornarse aburrida, la verdad es que el tiempo libre que saca entre una tarea y otra lo ocupa sin esfuerzo. Por las tardes, después de comer (la despensa está bien surtida), se entretiene gracias a la pequeña biblioteca habilitada en una de las salas comunes, a los discos duros con películas y a una “más que decente” conexión a internet. Lo cierto, reconoce, es que el guarda posee una rara virtud: “Me puedo sentar dos horas en una piedra y no me aburriré, ya me encontraré un entretenimiento”.

Corzos en la Casa de Piedra

El ejeano gestiona junto a otros tres trabajadores autónomos tanto el alojamiento de Bachimaña como la Casa de Piedra, cerca del balneario de Panticosa. Mientras dos descansan, la otra pareja se reparte entre las dos casas durante una quincena. En este segundo refugio, la ausencia de actividad humana ha favorecido el avistamiento de corzos, un bonito cuadro que contrasta con el golpe económico de la pandemia de coronavirus. “La plantilla que nos acompaña está de ERTE, mientras nosotros llevamos trabajando sin facturar desde hace un mes, todo por mantener en buenas condiciones las casas -lamenta-. Es un momento delicado que esperamos que pase pronto”.

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