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¿Seguro que esta báscula pesa bien?

Los instrumentos de pesaje deberían pasar su propia ITV cada dos años, pero muchas balanzas del pequeño comercio no se someten a excesivos controles.

El Mercado Central de Zaragoza expone algunas antiguas balanzas con las que se pesaban los productos hace más de 100 años.

En el mercado, sí, pero también en las tiendas de frutos secos, en las de compra-venta de oro e, incluso, en las oficinas de Correos. Vivimos rodeados de básculas, de balanzas y de la eterna sospecha de si un kilo pesa siempre mil gramos. No, no es el chiste del kilo de paja y el de kilo de hierro, sino una preocupación de los consumidores habida cuenta, por ejemplo, de la picaresca de algunos comerciantes o de que en muchos supermercados ya no dejan pesar la fruta a los propios clientes.

Los instrumentos de pesaje empleados en transacciones comerciales se someten, porque así lo establece la legislación, a controles periódicos y verificaciones. Al menos, es lo que deberían hacer pero muchas veces depende de la iniciativa del propio titular y también hay innumerables básculas y balanzas de los pequeños comercios que ni siquiera están registradas. Las que sí, véase de grandes almacenes o mercados municipales, deberían pasar una suerte de ITV cada dos años: comprobar que están correctamente calibradas es un arte al que no se presta excesiva atención y que, por desconocimiento o por picaresca, puede fomentar algunos timos. 

“Hasta 1999 se ocupaban de estos controles los organismos públicos, pero por el año 2006 se liberalizó el mercado y surgieron las empresas verificadoras, de las que hay una decena a nivel nacional”, explica Javier Moreno, de la delegación para Aragón, Rioja, Navarra y Cataluña de Agroibérica Ingenieros, empresa dedicada a las verificaciones técnicas de todo este tipo de instrumentos de pesaje, desde las plataformas de gran tonelaje que pesan camiones hasta las básculas del comercio que registran un máximo de 15 kilos. En Aragón es el Laboratorio de Metrología Legal el encargado de reunir los datos de las balanzas existentes y son las citadas empresas las que pueden apuntalar la confianza de los consumidores repartiendo, por ejemplo, precintos y pegatinas como las que se entregaron la semana pasada en la lonja de Valdespartera.

Algunas de las pruebas a las que se somete a las balanzas antiguas.
                              Algunas de las pruebas a las que se somete a las balanzas antiguas.
Heraldo

Pero, ¿cómo saber si la merluza que compramos pesa realmente dos kilos y el pescadero no tiene la balanza estropeada? Explican los expertos que para obtener el certificado de calidad es necesario que las básculas pasen pruebas de carga, excentricidad (se pone el peso en las cuatro esquinas del plato) y de repetibilidad (se hacen varias pruebas de precisión con el mismo producto). Los precintos electrónicos suponen una garantía contra cualquier antigua triquiñuela como la de poner un plato más pesado para el comprador o manipular los contrapesos.

 “Solamente pueden realizar los controles los organismos autorizados de Verificación Metrológica. La cualificación técnica de estos organismos se presumirá para quienes sean acreditados por la Entidad Nacional de Acreditación (ENAC)”, explica Moreno, que informa también de que las multas pueden oscilar desde los 5.000 euros por infracción leve a los más 600.000 en el caso de que sean muy graves. Eso sí, para evidenciar que no siempre hay mala fe, los técnicos cuentan que más de una vez se han encontrado balanzas desajustadas pero a favor del cliente, con lo que el vendedor debe estar aún dándose de cabezazos por vender rodaballo a precio de panga.

Uno de los distintivos que garantizan que la balanza ha sido verificada.
Uno de los distintivos que garantizan que la balanza ha sido verificada.
Heraldo

“Cuando empecé aún teníamos una balanza de poner el pesico en los platos, pero ahora toda la máquina es electrónica y tiene un sistema perfecto”, explica Julio Artigas, de la frutería Furruchaga del Mercado Central. En la lonja se ven muchas de estas balanzas nuevas que “son táctiles, intuitivas, te dan la factura y hasta suma los puntos de la tarjeta de fidelización del cliente”, dice Ana María Calleja, de Carnes Paco ‘el Riojano’. Sí es cierto que hay consumidores muy recelosos y que, incluso, dudan de estas básculas reconvertidas en ordenador. Hay quienes se quejan de que les envuelvan los productos con papeles muy recios e, incluso, los que buscan una ‘segunda opinión’ en un puesto distinto al de donde han comprado.

Al fin y al cabo, como se puede leer en la restaurada balanza original de 1903 que se expone en el Mercado Central, esta herramienta es un “fiel instrumento de defensa de los consumidores, símbolo de la equidad entre las partes”.

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