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Heraldo del Campo

La agricultura, pieza de museo

Aragón cuenta con casi un centenar de museos agrarios que buscan preservar las tradiciones de las zonas donde se ubican y ser polo de atracción de visitantes y de impulso de los productos y territorios.

Las piezas de la colección que se puede visitar en Aguagraria permiten recorrer la historia del hombre a través de la agricultura.
Las piezas de la colección que se puede visitar en Aguagraria permiten recorrer la historia del hombre a través de la agricultura.
AQUAGRARIA

Preservar los aperos utilizados en el campo desde hace siglos, conocer cómo se realizaban las labores agrícolas y homenajear y mantener vivas las tradiciones de muchos de los pueblos aragoneses son algunas de las razones de ser de los múltiples museos, centros de interpretación dedicados tanto a la agricultura en general como a diversos productos agroalimentarios que han sido, son, o se pretende que sean básicos en las economías de las diversas zonas. Por ello, estos lugares son mucho más que rincones en los que albergar recuerdos o memorias de antaño. Sus promotores buscan convertirlos en auténticos tractores de actividad económica, principalmente turismo y comercio.

El territorio aragonés está salpicado de este tipo de espacios. Según los datos del Gobierno de Aragón, recogidos en la web www.turismodearagon.com, en la Comunidad existen un total de 92 museos, centros de interpretación o zonas expositivas en torno a la agricultura o a la alimentación, sin incluir aquellos centros etnológicos que, por su carácter general, puedan tener algún espacio dedicado a estas materias.

La actividad agraria en general, con siete museos; el vino y el aceite, con seis; o el pan, con cuatro espacios dedicados, son las temáticas más comunes. Asimismo, existen centros que buscan dar a conocer otras actividades y cultivos como la vida pastoril, en la localidad de Caldearenas (Huesca); el porcino, en la localidad turolense de Peñarroya de Tastavins, o el Museo de la Remolacha Azucarera en Alfambra, también en la provincia bajoaragonesa. Los dedicados a la cerveza, al queso, a las setas, a la pastelería y a la harina completan el abanico de museos y centros de interpretación enfocados a la agricultura que podemos encontrar en Aragón.

A todos ellos hay que añadir la casa natal de un personaje capital por su aportación al desarrollismo de la agricultura en la transición entre los siglos XIX y XX: Joaquín Costa. Su Museo, ubicado en Monzón, ocupa la planta calle y el sótano de su casa natal, también sede del Centro de Estudios de Monzón y Cinca Medio (Cehimo). En ambos espacios se distribuyen paneles informativos, fotografías y vitrinas en las que se exponen ejemplares de sus libros y de sus artículos de prensa. Además, se trabaja para restaurar la casa de la localidad oscense de Graus en la que Costa vivió y falleció en 1911.

Algunos de estos museos superan los diez mil visitantes al año. Estar ubicados en localidades de mayor tamaño, o verse respaldados por organizaciones con gran peso económico en sus comarcas, son elementos que facilitan su desarrollo, su difusión y, por lo tanto, el número de visitas. Sin embargo, también en pueblos más pequeños, hasta en localidades de alrededor de un centenar de habitantes, de menos incluso, se encuentran personas que con un encomiable esfuerzo y, sobre todo, con un inmenso cariño por sus tradiciones, mantienen estos espacios y hacen que la memoria y el legado del campo aragonés perdure en el tiempo.

Un sinfín de actividades

Subir y poner en marcha un tractor americano de principios del siglo XIX, ver una prensa de vino de casi cinco siglos de antigüedad, conocer el proceso de elaboración artesanal de productos básicos que hoy en día se adquieren de forma sencilla y cómoda en los comercios, como el pan, el aceite o la cerveza y, en algunos casos catarlos e incluso elaborarlos con las propias manos, son algunas de las actividades que permiten estos lugares.

Del arado romano al tractor con GPS. De las prensas manuales a las embotelladoras de última generación, atravesar las puertas de cualquiera de estos lugares, supone realizar un recorrido de gran interés por los usos y costumbres de antaño y no tan antaño, que contrastan enormemente con los actuales.

Visitar estos museos y centros de interpretación puede ser una magnífica actividad para conocer los lugares en los que se hace turismo. Puede ser el complemento ideal o, por qué no, la razón por la que acercarse a conocer infinidad de poblaciones y parajes naturales de gran belleza y de llevarse en el recuerdo un fragmento de la memoria y tradiciones de esos lugares. Solo así se conseguirá que no caigan en el olvido y desaparezcan.

Reivindicar la importancia de la agricultura y, principalmente, la transformación y el progreso económico y social que supuso la llegada del regadío procedente de Yesa a través del Canal de Bardenas, para las Cinco Villas, es el eje en torno al que gira Aquagraria, un museo ubicado en la localidad de Ejea de los Caballeros. «Lo que somos ahora en la comarca no se hubiera podido entender sin la agricultura y sin el regadío», explica Samuel Sánchez, director de Aquagraria.

El espacio se divide en tres ejes fundamentales. El primero de ellos, denominado ‘El poder del agua’, analiza la gran influencia que tiene este recurso en el desarrollo del progreso humano, un bien escaso que resulta imprescindible para la existencia de la vida. En segundo lugar, el museo se centra en la importancia del agua para la población. Las características geográficas y climáticas del territorio propiciaron la búsqueda de fórmulas eficientes para la gestión y aprovechamiento de este tesoro líquido, destacando entre ellas la extensión del regadío del Canal de las Bardenas, cuyo resultado fue un aumento de la productividad agraria y el surgimiento de industrias relacionadas con el sector.

Todo ello queda reflejado en el espacio expositivo de Aquagraria, que se completa con un tercer ámbito dedicado al paso de la tradición a la mecanización agrícola. Se trata de una colección de maquinaria agrícola antigua, única en España, que permite el análisis de su evolución, desde la invención del arado hasta la tecnología digital actual. Sus más de 80 piezas suponen un recorrido por la historia del hombre a través de la agricultura, desde diferentes arados romanos de finales del siglo XVIII, pasando por un tractor emblemático de 1914, hasta la más revolucionaria maquinaria contemporánea. «Todas las piezas están perfectamente restauradas, no solo en su aspecto, sino que también funcionan», detalla Sánchez. «A los visitantes les dejamos tocar, subirse a las máquinas y ponerlas en marcha para que disfruten plenamente la experiencia de visitar el museo», añade.

El Guggenheim agrario

Pero Aquagraria quiere ser algo más que un mero espacio expositivo y de visitas. La instalación cuenta con espacios destinados a la organización de eventos de diversa tipología, por lo que se convierte en un factor dinamizador de la región en la que está ubicado. «Tratamos de comercializar el territorio de las Cinco Villas y dar a conocer sus atractivos», detalla Sánchez.

Por Aquagraria pasan alrededor de 12.000 visitas al año de diversos perfiles. Cada cual lo disfruta a su modo. «Aquellos que son más urbanitas se vuelven más conscientes de la importancia de la agricultura y descubren piezas y máquinas que no conocían. Sin embargo, para los agricultores o las personas con conocimientos de agricultura este museo es su Guggenheim particular», afirma el director de Aquagraria.

En una Comunidad con hasta cuatro denominaciones de origen de vino no podían faltar los museos dedicados a este producto. Uno de los más destacados es el Museo del Vino de la Denominación de Origen de Cariñena. Ubicado en la sede del Consejo Regulador de la D. O., este centro nació para ser un punto de encuentro y reunión entre los diversos bodegueros y agentes sociales de la zona de Cariñena de cara a poner en marcha acciones conjuntas.

El espacio dedicado al museo, por el que pasaron en el año 2016 alrededor de 10.000 personas, corresponde al de una antigua bodega cuyos trujales han sido reaprovechados en esta zona superior como vitrinas en el suelo, donde se explican las características propias de la zona y los vinos de la misma. De forma paralela se encuentra el material histórico recopilado tras un arduo trabajo de arqueología industrial. Incluso cuenta con un par de prensas que datan de los siglos XV y XVI. «Tampoco nos olvidamos de la gente del vino. Por ello, hay una división del museo dedicado a los viticultores, enólogos y elaboradores, que son quienes lo hacen posible», señala el secretario del Consejo Regulador de la Denominación de Origen Cariñena, Claudio Herrero.

«Además de ser un centro transmisor de conocimientos y de reivindicación de la importancia del vino para la zona, queremos que el museo sea un epicentro estratégico de la actividad vitivinícola», añade el secretario del Consejo Regulador.

Aceite y pan

No solamente localidades de la envergadura de Ejea de los Caballeros o Cariñena albergan museos y centros de interpretación. La geografía aragonesa está salpicada de lugares de este tipo. Incluso en localidades de pequeño tamaño pueden encontrarse rincones en los que descubrir cómo se elaboraban diversos productos. Es el caso del Torno de Buera, una antigua almazara del siglo XVIII, restaurada como espacio museístico. Allí puede verse en funcionamiento y se proyecta un audiovisual que recoge la historia, la cultura y la tradición de un territorio como el Somontano vinculado a un producto como el aceite.

El espacio expositivo, por el que pasan alrededor de 3.000 visitantes al año -de los que casi la tercera parte son franceses-, muestra cómo han valorado desde la antigüedad todas las culturas mediterráneas el olivo y su fruto y el papel que han jugado y juegan estos magníficos árboles, que han permanecido vivos y productivos durante cientos y miles de años. «Aunque ahora el vino ha adquirido más fama, en esta tierra el olivo y el cultivo del aceite han sido capitales a lo largo de nuestra historia. De hecho en el entorno hay olivos de 500 o 1.000 años que no han sido arrancados», afirma el alcalde de Santa María de Dulcis, ayuntamiento al que pertenece Buera, Mariano Lisa.

Paneles expositivos, un audiovisual, leyendas y tradiciones, la antigua prensa de viga o quintal, y una muela configuran un recorrido que concluye con una cata-degustación de los aceites del Somontano.

«No solo queremos dar a conocer el aceite del Somontano, y preservar nuestras raíces para que no se pierdan. Además, buscamos que el museo transmita un mensaje divulgativo y ciertos conocimientos al consumidor de aceite».

Un producto como el pan, básico en la alimentación diaria, también tiene diversos espacios dedicados a su elaboración. Uno de ellos es el que gira en torno al horno comunal de la localidad turolense de La Hoz de la Vieja. «Este era el único horno del pueblo y aquí venían las mujeres a amasar su pan por turnos de dos horas», explica Elena Ezquerro, guía del museo, cuya tahona estuvo en uso hasta finales de los años 70. «Para establecer los turnos de trabajo cada mujer del pueblo cogía una chapa el día anterior», señala. Unas chapas que aún se conservan en el museo como una de las piezas más curiosas y preciadas, y que dejan huella de la laboriosa labor que allí se hacía. «El pan era la base de la alimentación de los agricultores en un pueblo en el que llegó a haber dos molinos», recuerda Ezquerro. En este espacio se pueden contemplar yugos, arados, un molino del neolítico, trillos, artesa, entre otras piezas empleadas para este trabajo artesanal. Además, se pueden observar imágenes del proceso de elaboración del pan y de la historia del lugar.

«Lo más bonito -evoca la guía del espacio- es cuando vienen familias completas. Porque este museo muestra labores que los propios abuelos han hecho, que sus hijos han visto en casa y que a los nietos les parecen casi alucinantes». «Es nuestra historia y nuestras tradiciones y es algo que no debemos dejar perder», asevera Elena Ezquerro.

Más información en el Suplemento Heraldo del Campo

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