Penguin Cafe Orchestra, la amorosa herencia de padre a hijo

Ya no es lo mismo; aunque los caminos, si no son convergentes, sí son paralelos y muy próximos. En 1997 murió Simon Jeffes, fundador y alma mater de la ensoñadora Penguin Cafe Orchestra, a la que tuvimos, por cierto, en dos ocasiones en Zaragoza, y una década después de su fallecimiento, su hijo Artur Jeffes decidió retomar el trabajo de su padre y con el nombre acortado a Penguin Café se lanzó a los discos y a la carretera. Ahora, precisamente, acaba de publicar su tercer disco,’The Imperfect Sea’, que es una hermosa colección de piezas sensibles…

Pero ineluctablemente, al menos en mi memoria, sigue pesando mucho el nombre del padre y aquellos preciosos ocho álbumes que sirvió desde 1976 a 1999, con parada especial, a mi gusto, en ‘When In Rome’, que reflejaba con un estilismo y una finura superiores lo que era aquella orquesta en directo. Una orquesta mágica, entre la realidad y la ficción, como los hombres pingüino que ilustraban las carpetas de sus discos, que fabricaba una música fascinante sin fronteras delimitantes que le permitían desbordarse lo mismo por las laderas del pop que por las de la música clásica, la latinoamericana, el jazz, el rock’n’roll, la new age o el minimalismo.

La Penguin vino por vez primera a Zaragoza en mayo de 1989, en aquel fecundo ciclo denominado ‘En la Frontera’ –sí, la música debe ser materia obligatoria para los ayuntamientos, tanto como llevar el agua a las casas -, actuando en el Teatro Principal. Un día antes, Simon Jeffes declaraba en Barcelona que su orquesta, radicada en Londres, nació de un sueño de opresión que dio lugar a la libertad de su música.

Y un servidor recogía en el Heraldo el eco fascinante de sus dos horas de actuación en el Principal con el título de ‘El taller de sueños de la Penguin Café Orchestra’, para en el texto realzar el papel de Jeffes a lo largo del recital: en agitación permanente, yendo y viniendo en busca de un montón de instrumentos y dirigiendo a su vez a la orquesta, sentada en semicírculo en el escenario. Agitación del ‘Jeffe’, pero quietud y música onírica a su alrededor. Y mucha imaginación: la transformación del sonido de un teléfono comunicando en un juguete sinfónico de cámara, es decir, ‘Telephone & Rubber Band’, cautivó a la audiencia. Y él se fue igualmente de cautivado, tomando fotos del público con una polaroid.

La segunda ocasión en que nos visitó fue el 22 de noviembre de 1994. Vino a la sala Mozart y el día anterior tuve la fortuna de realizar una de las entrevistas que con más admiración y cariño recuerdo y he realizado a lo largo de mi vida periodística. Pude ‘cazar’ a Jeffes en el hotel Romareda, y en el salón adjunto a la cafetería, rodeado de una tranquilidad masajeante, que él amplificaba con su charla pausada, me confesó que se había quedado prendado de la recién inaugurada sala Mozart nada más tomar contacto con ella: “Es como la cueva de Aladino”, dijo.

Luego me explicó que oiríamos a una orquesta con un color nuevo porque había añadido a dos chicas que tocaban trombón y oboe. Y así fue. La orquesta del café Pingüino, con su seriedad y rigor, pero con un fondo de humor finísmo, volvió a dejar en Zaragoza otra noche de magia, ante 1.200 personas, interpretando “nuestros hits más impactantes”, como en broma me decía el día anterior: ‘Air à danser’, ‘Souther Jukebox Music’, ‘Bean Fields’, ‘Air’ u ‘Oscar Tango’, amén, claro, entre otras, de varias piezas del nuevo disco que traía, ‘Union Café’, en el que había recuperado dos viejos temas, ‘Yodel’ y ‘Pythagoras’, como plasmación del concepto de música inacabada que para Jeffes tenían las canciones, en función de los instrumentos y de la técnica. La interpretación de ‘Bean Fields’, con la minifaldera Annie Whitehead al trombón, fue el signo distintivo más visible de la transformación anunciada.

También me habló en la entrevista del día anterior del porqué de las canciones basadas en simples sonidos cotidianos como el de un teléfono o una gota de agua. “Hasta un disparo tiene música en su interior”, me confesó, aunque nunca llegó a probar con él. Tampoco lo hizo con el sonido de una máquina de tren, con el que estaba obsesionado en hacerlo. No le dio tiempo. Murió tres años más tarde.

Su hijo continúa ahora su labor, en un trabajo de amor y admiración profesional al padre, inédito en el mundo de la música. No es lo mismo, claro, pero sigue siendo un inmenso placer tomarse un café al ritmo de la orquesta de los pingüinos.



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Una respuesta a Penguin Cafe Orchestra, la amorosa herencia de padre a hijo

  1. ufffff dijo:

    Les vi en la sala Mozart. ¡Bonito concierto! De los que se quedan en el recuerdo. Música en estado puro.

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