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La vida de las piedras

Superar el vértigo del tiempo

Para recuperar la memoria de la Tierra es preciso leer el tiempo en el paisaje. Un tiempo que no entiende de escalas humanas, sino que nos obliga a asomarnos a un abismo casi insondable, el del tiempo profundo. No hay otra alternativa si queremos viajar al pasado y situar en la historia los acontecimientos que han modelado nuestro planeta.

Ánchel Belmonte Ribas 05/04/2018 a las 05:00
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Macizo de Lardana (3.375 metros), en el valle de ChistauGeoparque Sobrarbe-Pirineos

La fotografía que acompaña a estas líneas muestra uno de los lugares más asombrosos del Pirineo. Se trata de la cara oeste del macizo de Lardana, en Sobrarbe, con sus violentos pliegues afectando a rocas muy antiguas. Si no nos quedamos en la estética, si nos proponemos ir más allá de la superficie, tarde o temprano aparecerá una pregunta: ¿cuánto tiempo se ha necesitado para que se forme todo eso?

El ritmo al que acontece la mayor parte de los procesos geológicos hace imprescindible enormes cantidades de tiempo para justificar el resultado. Formación de cordilleras, erosión, sedimentación, extinciones masivas y nuevas irradiaciones de vida… Esa es la razón por la que los geólogos manejamos los millones de años sin el más mínimo complejo. Necesitamos tiempo para explicar el mundo.

¿Cómo hemos llegado a este concepto de tiempo? ¿Cuándo nos planteamos por primera vez este dilema? Durante siglos, la existencia de la Tierra estuvo ligada a la del ser humano. Uno de los primeros intentos de establecer la edad de nuestro planeta se hizo utilizando la Biblia y el calendario astronómico. Pero los 6.000 años de antigüedad que se obtuvieron no eran suficientes para justificar la profundidad de los valles, la altitud de las montañas, la deformación de las rocas. Tampoco le servía a Darwin, que necesitaba de ese tiempo para que su teoría de la Evolución pudiera desarrollarse plenamente. Desde el siglo XVIII, algunas de las mejores mentes trataron de resolver el enigma, una vez aceptada la existencia de lo que Cuvier llamó ‘mundos previos’, poblados por seres ya extinguidos que reposaban fosilizados entre estratos de roca. Esa sensación de vértigo intelectual, de asomarse a un insondable vacío, afectó incluso a eminentes geólogos como James Hutton, que pronunció una frase memorable sobre la edad de la Tierra: "No encontramos huellas de un principio ni perspectiva de un final".

La historia del descubrimiento encierra lo más característico de la condición humana: infundada rivalidad entre religión y ciencia, orgullo y vanidad, trabajo colaborativo (poco)… Y una evolución del pensamiento al ritmo de las sociedades y las épocas. Hubo que esperar al descubrimiento de la radiactividad, en 1896, para por fin disponer de un método capaz de datar las rocas y asignar una edad a la Tierra y a los acontecimientos que en su historia han sucedido. Su perfeccionamiento a lo largo del siglo XX ha permitido datar la formación del Sistema Solar, y por ende la de la Tierra, y también delimitar cronológicamente las eras y periodos en que dividimos la historia de nuestro planeta.

¿Qué edad tienes?

El método se basa en la existencia de isótopos (átomos con mismo número atómico pero diferente masa) que son inestables y, a un ritmo constante y conocido, se transforman en otro isótopo estable. La medida en un mineral de las cantidades del isótopo inicial (padre) y el final estable (hijo) permite calcular la edad de formación del mineral. Las rocas más antiguas del planeta arrojan edades de 3.800 millones de años, pero meteoritos caídos en nuestra superficie que consideramos coetáneos con la formación de la Tierra nos remontan a unos venerables 4.600 millones de años.

Cualquier observación atenta del paisaje sugiere la necesidad de tiempo. Conviene de vez en cuando buscarlo con la mirada cuando estemos en la naturaleza. La geología nos incita a viajar a lo largo de la historia más larga jamás contada. Larga, no infinita. Pero eso ya es otra historia…

Ánchel Belmonte Ribas Geoparque Mundial de la UNESCO Sobrarbe-Pirineos

 





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