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La mayoría de las conversaciones no acaban cuando la gente quiere… y eso está bien

Cuando los participantes en el estudio hablaban con alguien cercano, pensaban que la otra persona deseaba hablar más tiempo; cuando era extraña, sentían que el interlocutor quería finalizar la conversación antes que ellos.

Cuando hablamos, tenemos muy poca idea de cuándo quieren finalizar nuestros interlocutores la conversación
Cuando hablamos, tenemos muy poca idea de cuándo quieren finalizar nuestros interlocutores la conversación
Alessandro Prada

“Ninguna conversación se completa”, decía la escritora Carmen Martín Gaite en su novela 'Ritmo lento'. Ella, que no hacía sino escribir cuando no podía hablar. Ahora, dos trabajos científicos publicados simultáneamente han tratado de averiguar si, al menos, acaban cuando los interlocutores quieren.

Las conclusiones, al principio. Esto dicen los investigadores: “En nuestros estudios, las conversaciones casi nunca terminaron cuando las dos personas querían que acabaran, y pocas veces terminaron cuando al menos una de ellas quería”. Y luego, una pizca de percha promocional: “En un momento de la historia en el que miles de millones de personas se han visto obligadas a recortar sus actividades sociales, una comprensión científica de la conversación difícilmente podría ser más oportuna”.

Los asuntos más habituales y cercanos no son siempre los más estudiados. La psicóloga Elizabeth Stokoe ha escrito sobre estos dos últimos trabajos en la revista 'Nature', y dice: “La conversación se diferencia realmente de otros temas de escrutinio científico. Por ejemplo, los agujeros negros no existen para ser entendidos por la gente, mientras que la conversación existe solo para ser entendida y para ayudarnos a entendernos entre nosotros”. Y justo antes: “Pero como la conversación es algo que sabemos hacer implícitamente, los intentos científicos por entenderla han sido a menudo relegados”.

Los dos últimos intentos le han dado protagonismo. Esto es lo que han hecho y lo que han visto. Y por qué no es necesariamente una mala noticia.

“Un problema de coordinación”

En el primer estudio analizaron mediante encuestas a más de 800 voluntarios a los que les preguntaron por su última conversación, generalmente mantenida con algún familiar o persona cercana. En el segundo, llamaron a 252 personas a su laboratorio para que conversaran en parejas -que no se conocían entre sí- en una situación controlada, sin circunstancias externas que podrían obligar a interrumpir la conversación.

A pesar de las diferencias, en aquello que se podía comparar las dos situaciones dieron resultados muy similares. El segundo estudio permitió además precisar datos, que fueron tal que así:

El 98% de las conversaciones no terminó cuando ambas personas querían, y solo el 30% lo hizo cuando una de ellas lo deseaba. Casi la mitad de las situaciones se alargaron más de lo que ambos interlocutores habrían querido, y un 10% de las parejas hubieran preferido continuarlas durante más tiempo. En global, el tiempo de las conversaciones real difirió por encima o por debajo de lo deseado en un 50% de la duración real. Curiosamente -aunque los experimentos eran diferentes-, cuando los participantes hablaban con alguien cercano pensaban que la otra persona deseaba hablar más tiempo; cuando era extraña, sentían que el interlocutor quería finalizarla antes que ellos.

“Quienes hablan tienen muy poca idea de cuándo quieren finalizar sus interlocutores la conversación”, dicen los autores. “Estos estudios sugieren que acabar una conversación es un clásico problema de coordinación que los humanos no pueden resolver, porque hacerlo requeriría tener una información que normalmente se ocultan uno al otro”. Es, en cierto modo, un dilema del prisionero.

Porque conversar está lejos de ser una negociación fría y neutra. Y, por educación, importancia y empatía, muchas veces está lejos también de ser honesta. En general, no vamos por la vida diciéndonos “ya no me interesa esta conversación”, diciéndonos “has empezado a aburrirme”, diciéndonos, “ya está bien ahora de ti”.

Aunque nos damos pistas.

Los rituales, el baile y la celebración

La sensación y el momento final de las conversaciones apenas estaban estudiados, pero algo de sus formas sí. Los diálogos suelen ser conducidos hacia un fin mediante 'rituales de cierre', expresiones que toman muy diversas formas y que suelen acabar en un 'intercambio terminal' como este:

A: De acuerdo.
B: De acuerdo.
A: Adiós.
B: Adiós.

Pero los rituales previos a veces se malinterpretan o se alargan. Otras, aun siendo muy evidentes, es necesario pasar por encima de ellos. Este es un ejemplo de conversación telefónica entre un paciente y la recepción de una consulta médica que recoge Stokoe. Entre corchetes, los fragmentos en que se solapan y hablan a la vez:

Recepcionista: De acuerdo entonces.
(pausa de 0,5 segundos)
Paciente: [Entonces es e-]
Recepcionista: [Gracias]
Paciente: ¿Eso es el dieciséis?
Recepcionista: El dieciséis.
[A las on]ce y diez.
Paciente: [De acuerdo entonces.]
(pausa de 0,3 segundos)
Paciente: Once y diez, gracias.
Recepcionista: Gracias,
(pausa de 0,2 segundos)
Paciente: G[racias],
Recepcionista: [Adiós].
Paciente: Adiós.

Para Stokoe, este tipo de diálogo crea insatisfacción. En este caso, el paciente tuvo que superar el intento desde la consulta de llevar la conversación a su final para conseguir que le confirmaran la cita.

Otras veces no pasa nada por abrir y cerrar los rituales, las veces que haga falta. Toda conversación implica un equilibrio de momentos, jerarquías y necesidades. Y de oportunidades. Este es otro ejemplo recogido por Stokoe, ahora entre una chica joven con problemas de aprendizaje que vive en una residencia y su padre. La chica le pide que le traiga algo más de dinero suelto cuando la visite, y justo después el padre inicia el ritual de cierre.

Padre: Bien, bueno, voy a seguir ahora.
Estaré allí hacia las nueve y media pasado mañana por la mañana.
(Pero la conversación continúa 45 segundos más antes de que otro ritual de cierre se inicie)
Padre: Vale, me voy a ir a ahora, querida.
Chica: Sí, yo tengo que acabar mis cartas.
(Y solo después de tres rituales más, incluyendo algunos expresando amor, como:
Padre: ¿de acuerdo, cariño? Chica: Sí. Padre: Te quiero. Chica: Te quiero,
la conversación llega al final).

Para Stokoe, una de las formas de mostrar cariño es mantener una conversación más tiempo del que permiten las restricciones externas (y a veces internas). Los autores de los dos últimos estudios concluyen que la inmensa mayoría de las conversaciones terminan cuando nadie quiere, y muchos titulares han subrayado esa desconexión. Sin embargo, para Stokoe (y para los propios autores), la conversación es algo esencial en nuestra salud psicológica e incluso física. Si en el caso del padre y la hija la reducimos a un “qué quería quién”, entonces hacemos en buena medida que pierda su propósito.

Para las psicólogas Alessandra Fasulo e Iris Nomikou, ese 98% de desconexión es incluso un “motivo de celebración”. Para ellas, el final de una conversación tiene una parte de baile o de crescendo musical, y en él “se llega a un compromiso que quizás no convenga a ninguna de las partes, pero que de manera crucial y admirable evita la ofensa”. En realidad, significa que la mayoría de las conversaciones “se están adaptando al ritmo del baile conversacional: cooperando y respondiendo a las señales e indicaciones hasta que pueden separarse, todo sin pisarse demasiado los dedos de los pies”.

Por cierto, la llamada de la consulta médica forma parte de una investigación de la propia Stokoe. El trabajo permitió comprobar que, si desde la recepción se hacía una confirmación proactiva, la satisfacción del paciente mejoraba. Y el hallazgo sirvió para entrenar a los trabajadores a hacerlo.

De ahí también que tanto el artículo de Stokoe como el que presenta los dos últimos estudios acaben así: “Cuando más aprendamos sobre la conversación -sobre cómo empieza y termina, avanza y se detiene, deleita y decepciona-, mejor situados estaremos para maximizar sus beneficios”.

Carmen Martín Gaite, en su novela 'Nubosidad variable': “Comprendí que hay que mirar las cosas desde fuera para que el orden se convierta en orden y tenga un sentido”.

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