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Tercer Milenio

La vida de las piedras

La montaña y el mar

Ver cómo una cordillera sucumbe ante el embate del océano siempre es un espectáculo. También el Pirineo lo hace cuando, ya en forma de relieves modestos, se introduce bajo un Atlántico que acostumbra a castigar la costa duramente. Montes suaves y vestidos de verde parecen rendirse a la erosión sin oponer resistencia, pero la rendición tiene truco…

Rocas turbidíticas plegadas siendo erosionadas por el mar. Les Deux Jumelles, en la Corniche Basque.
Rocas turbidíticas plegadas siendo erosionadas por el mar. Les Deux Jumelles, en la Corniche Basque.
Ánchel Belmonte Ribas

Un paisaje amable y vegetado define al Pirineo más occidental. El ambiente de alta montaña deja de olerse cuando uno abandona la confluencia de tres viejos reinos: Aragón, Bearn y Navarra. A partir de allí la montaña se torna monte y, sin merma de belleza, el paisaje habla un lenguaje distinto. Los dos últimos grandes relieves que se asoman al Cantábrico se emparentan, no obstante, con la zona más agreste del Pirineo: la Zona Axial.

La peña de Trois Coronnes, conocida en el lado español como Peñas de Aia, es una mole de granito formado hace unos 300 millones de años, en el Carbonífero. Es hermano del que también da cuerpo al Aneto y, de alguna manera, conserva algo del orgullo de su hermano mayor. Su perfil escarpado, propio de una roca resistente rodeada de otras que no lo son tanto, es una silueta característica desde la costa de Socoa o San Juan de Luz. El granito pirenaico formó parte de lo que fue una de las mayores cordilleras que ha visto nuestro planeta: la Varisca. El Pirineo les ha dado una segunda oportunidad a estas viejas rocas para respirar el aire fino de la altura.

Pero es la mole de La Rhune la que más atrae las miradas. A solo once kilómetros del mar, sus más de 900 metros de altitud la erigen en el último gran balcón pirenaico. Que el tren que profana su cima y las numerosas ventas y antenas no te disuadan de su ascensión. Sobran los motivos. Caminarás entre rocas rojas, areniscas y conglomerados, similares a las de Oza, Canal Roya o Bielsa. Son las rocas rojas que provienen de la erosión de la cordillera Varisca, las que hablan de antiguos desiertos y la gran extinción que castigó la vida a finales del Pérmico hace ya más de 250 millones de años.

Y de allí, un paseo por la espléndida Corniche Basque nos permitirá ver de primera mano cómo las rocas pirenaicas plegadas son arrasadas por el mar. El espectacular litoral que une Hendaya y Biarritz nos conducirá sobre distintas unidades de turbiditas, rocas originadas en fondos marinos muy profundos hace entre unos 90 y 50 millones de años, traídas a la superficie a medida que la cordillera pirenaica relevaba al mar pirenaico. Pero mientras las turbiditas se formaron fueron testigo y archivo de lo que pasaba en el planeta. Así, eventos catastróficos como erupciones volcánicas masivas y el impacto de un gran meteorito, sucedidos hace 66 millones de años, se pueden apreciar allí en forma de una fina capa de ceniza: el célebre límite K/Pg (Cretácico-Paleógeno), que indica otra de las grandes extinciones en la historia de la Tierra, la que se llevó por delante a los dinosaurios. Las blandas turbiditas se desmoronan ante nuestra mirada a medida que el oleaje las golpea temporal tras temporal.

Pero, como dice la canción, la muerte no es el final. Y el Pirineo se guarda un as en la manga. Las perturbaciones tectónicas que levantaron sus montañas se pueden seguir bajo el mar hasta una zona perdida en el Atlántico llamada anomalía magnética número 13. De este modo, y en un estricto sentido geológico, unos 1.500 kilómetros de longitud pueden en justicia llevar el nombre de los Pirineos. La cordillera guarda aún muchas más sorpresas, a veces incluso en su parte ya erosionada. Pero eso ya es otra historia…

Ánchel Belmonte Ribas Geoparque Mundial de la Unesco Sobrarbe-Pirineos

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