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Sociedad

Tercer Milenio

Aquellos maravillosos inventores

Precisión + obstinación = la máquina calculadora de Burroughs

Harto de sumar en su trabajo como contable, se animó a inventar una máquina calculadora que resolviera de forma automatizada largas series de sumas. La obstinación y la constancia de William Seward Burroughs pudieron más que las dificultades y la frustración hasta diseñar y mejorar un prototipo que funcionara correctamente. Una vez logrado, las ventas se multiplicaron.

Máquina calculadora de Burroughs datada en 1890.
Máquina calculadora de Burroughs datada en 1890.
Trekphiler

William Seward Burroughs nació el 28 de enero de 1857 en Rochester, Nueva York, donde su padre, mecánico de profesión e inventor por vocación y afición, poseía un próspero taller y tienda de maquinaria. Cabe suponer que fue allí –y de la mano de su progenitor– donde el joven William adquirió los conocimientos, destreza y perseverancia para la fabricación de equipos mecánicos que años que resultaría decisiva en su carrera.

Fue durante sus años en la escuela superior de Auburn, y en concreto tras asistir a una conferencia sobre matemáticas, cuando alumbró la idea de inventar una máquina calculadora o sumatoria que permitiese realizar largas series de sumas de forma automática.

Tras finalizar sus estudios, y atendiendo a los deseos de su padre, que aspiraba a que su hijo se convirtiese en un caballero, comenzó a trabajar como contable en el Cayuga County National Bank de Auburn donde su jornada laboral se consumía realizando incontables sumas durante horas. Una tarea tan tediosa como insufrible que provocó que su viejo anhelo de inventar una máquina sumatoria se convirtiese en verdadera obsesión. Una obsesión que acabó por consumir el ánimo y la salud –ya de por sí precaria desde su infancia- de William, hasta el punto de que, al cabo de cinco años, se veía obligado a renunciar al puesto y, por consejo médico, instalarse en un lugar con un clima más cálido y, sobre todo, donde pudiese desempeñar un trabajo más activo.

Un taller donde inventar

Tras mudarse a San Luis, encontró trabajo en una tienda de maquinaria como la que regentaba su padre, lo que le llevó a recuperar el ánimo y, asimismo, su proyecto de máquina calculadora. De tal forma que, al poco tiempo, renunció a su nuevo trabajo para buscar un taller donde alquilar un banco de trabajo y asistencia para materializarlo. En el establecimiento de Joseph Boyer comenzó a trabajar en el diseño de su máquina.

Pero en el taller de Boyer encontró mucho más: a su principal apoyo y socio. Así, cuando los escasos ahorros de Burroughs se agotaron, Joseph Boyer, persuadido por el ambicioso proyecto de su inquilino, decidió apostar por él y financiarlo, convirtiéndose en accionista de la futura compañía que Burroughs proyectaba crear.

Gracias a Boyer, Burroughs pudo concentrarse en el diseño y fabricación de su prototipo. Una labor que para el inventor exigía una máxima precisión, lo que le llevó a dibujar sus planos en placas metálicas y a trabajar solo con las herramientas más afiladas y afinadas, y efectuar medidas y marcas bajo el aumento de un microscopio. Todo ello con el objetivo de alcanzar una máquina que no cometiese ningún error.

Por fin, a finales de 1884, Burroughs completaba el primer modelo de su máquina calculadora y poco después solicitaba la patente sobre la misma, que le sería concedida en 1888. Tras lo cual, Burroughs y Boyer fundaban una sociedad con unos pocos accionistas y comenzaban a fabricar las primeras máquinas para ponerlas a la venta. Sin embargo, aquello resultó un fracaso: el teclado resultaba tan sensible que los resultados variaban en función de quién la manejase y lo fuerte que pulsase las teclas, hasta el punto de que solo funcionaba correctamente cuando la manejaba el propio Burroughs. Los potenciales compradores consideraron que no funcionaba y algunos accionistas desistieron. Esta situación llevó de nuevo al inventor al borde la desesperación y puso a prueba su salud mental hasta el extremo de que un día se personó en el almacén donde guardaban los equipos ya fabricados y, furioso, comenzó a tirarlos uno por uno por la ventana.

No obstante, pesaron más su obstinación y constancia que la frustración y Burroughs retomó las extenuantes jornadas de trabajo en su prototipo hasta conseguir eliminar aquella limitación al incorporar un mecanismo regulador de la fuerza aplicada sobre las teclas y cuya introducción permitía que cualquiera pudiese manejar con éxito la máquina sumatoria.

En 1888 se creaba la American Arithmometer Company con un capital de 100.000 dólares y se firmaba un acuerdo con la Boyer Machine Company para la fabricación de la máquina. Dos años después, comenzaban las demostraciones en bancos de Nueva York y San Luis y surgían los primeros encargos y ventas. Para 1895 las ventas ascendían a 284 máquinas y, por primera vez, los accionistas recibían dividendos. Ese mismo año, la compañía abría una sucursal en Inglaterra.

Durante el siguiente lustro las ventas se multiplicaron. Y en 1900 el ingenio era distinguido con la medalla de oro en la Exposición Universal de París. Un premio del que no pudo disfrutar Burroughs, quien había fallecido dos años antes a consecuencia de sus problemas de salud crónicos.

La compañía

Tras la muerte del inventor, Boyer asumió la presidencia de una compañía cuyas ventas no paraban de ascender, lo que motivó que en 1904 se trasladase a una fábrica mucho mayor en Detroit y adoptase el nombre de Burroughs Adding Machine Company. Al año siguiente las ventas de disparaban por encima de 7.000 unidades y la compañía empleaba 1.200 trabajadores. Durante los siguientes 50 años, la Burroughs Adding Machine Company se iba a convertir en la mayor compañía productora de máquinas calculadoras del mundo, con una amplia oferta de diseños y modelos, solo una parte de los cuales se basaban en el original de Burroughs. Y es que el éxito de la compañía se cimentó en gran medida en una ‘monopolizadora’ política consistente en adquirir los derechos de cualquier máquina o ingenio de cálculo que pudiese llegar a resultar una competencia e incorporarla a su propia gama de productos. Esta política les permitía al mismo tiempo ampliar su línea de producción a otros equipos de oficina como máquinas de escribir y tiqueteras. En 1953 la compañía era renombrada como Burroughs Corporation, nombre que resultaba más acorde con la cada vez mayor gama de productos que comercializaba. Finalmente, en 1986 la compañía se fusionaba como Sperry Corporation para formar la Unysis Corporation.

La máquina

El modelo original –que luego daría lugar a la ‘Clase 1’– consistía en una caja o armazón de hierro pintado de negro y con los laterales y el frontal de madera de arce. El teclado instalado sobre una tela verde consistía en nueve columnas de nueve teclas fabricadas en plástico negro y con muelles extensibles que actuaban como marcadores decimales entre las columnas. Solo permitía realizar sumas pero no restas, ni de forma directa ni por adición de complementarios. En la parte trasera la máquina alojaba un juego de nueve ruedas dentadas con forma de estrella que movían el registrador situado en la cara frontal. El teclado también incorporaba dos teclas de mayor tamaño para los totales y subtotales y tres más pequeñas para las funciones ‘no sumar’, ‘repetir’ y ‘error’. Y en la parte superior de cada columna presentaba un botón rojo que ponía el resultado de cada columna individual a cero. En su interior, la máquina cobijaba un sistema de impresión para que los resultados saliesen registrados en cinta de papel por la parte trasera, única forma de visualizarlos en este modelo.

Miguel Barral Técnico del Muncyt

Esta sección se realiza en colaboración con el Museo Nacional de Ciencia y Tecnología

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