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Series televisivas, adicciones y otras ‘stranger things’ de la dopamina

Nada menos que 8,4 millones de personas devoran su serie favorita el día del estreno de cada nueva temporada. De un tirón. Detrás de estos atracones audiovisuales está el placer que nos causan las series y, por tanto, la dopamina. 

El día del estreno de la segunda temporada de ‘Stranger Things’, 361.000 personas vieron los nueve episodios de golpe.
El día del estreno de la segunda temporada de ‘Stranger Things’, 361.000 personas vieron los nueve episodios de golpe.
Netflix / 21 Laps Entertainment

Cada vez hay más gente –y hablamos de millones de personas, según una encuesta de Netflix– que acomete maratones de series. Es decir, que no se levantan del sofá hasta que se ve todos los capítulos de un tirón. Un estudio de la Universitat Oberta de Catalunya que trata de explicar estos atracones señala que el consumo obsesivo de series genera dopamina. Si se me disculpa el guiño, una afirmación en la que hay un par de ‘stranger things’. La primera de ellas, dar por sentado que todo el mundo está de lo más puesto –sí, otro prescindible juego de palabras que se entenderá más adelante– en la dopamina. Pero, ¿de verdad todo el mundo sabe qué es exactamente, cómo actúa y cuál es su función en el organismo?

Mensajero químico

 La dopamina es un mensajero químico. Esto es, una molécula, un compuesto químico –una catecolamina para más señas–, que transmite una señal. Más concretamente, es un neurotransmisor, es decir, un mensajero químico que transmite un mensaje entre neuronas vecinas. Porque, aunque la información viaje por el cerebro como un impulso eléctrico, la realidad es que las neuronas no están fusionadas entre sí, sino que existe un pequeño espacio entre ellas. Se denomina sinapsis y se encarga de salvar o cubrir los neurotransmisores.

En esencia, cuando el impulso eléctrico que recorre la neurona alcanza su extremo, provoca la liberación de uno de estos mensajeros químicos, que atraviesa el espacio sináptico y se ensambla a un receptor específico presente en la otra neurona que, a su vez, lo traduce en un impulso eléctrico para que el mensaje siga avanzando. Hay muchos tipos de neurotransmisores y no todas las neuronas son capaces de producir o de recibir todos. En el caso de la dopamina, hay dos pequeñas regiones del cerebro donde se concentran las neuronas que la producen: la sustantia nigra y el área ventral tegmental. A pesar de ello, la dopamina está implicada en muchas funciones y procesos fundamentales: memorización, adquisición de conocimientos, aprendizaje, atención; el movimiento, el habla y los estímulos sensoriales; pero también, y sobre todo, la sensación de placer y bienestar. O, dicho de otro modo la liberación de dopamina es la responsable de que haya situaciones, estímulos y actividades que nos resulten placenteras. O, en un lenguaje más académico, del mecanismo de recompensa y refuerzo o consolidación.

El cerebro nos recompensa liberando dopamina, que nos produce una sensación de placer

Este mecanismo implica que una sensación de placer o bienestar vinculada a una acción determinada es la recompensa que el cerebro nos brinda por haberla ejecutado. Por lo tanto, un estímulo, una motivación –la anticipación del placer o la recompensa que vamos a recibir–, que refuerza la ejecución de una tarea y nos impulsa o motiva a repetirla y no dejar de hacerla (lo que, a nivel neuronal, se traduce en la consolidación del circuito neuronal por el que viaja la señal, el impulso que transmite la información para ejecutarla).

El placer de sobrevivir

En realidad, si uno se para a pensarlo, al menos desde un punto de vista evolutivo y a fin de asegurar la supervivencia del individuo, tiene todo el sentido que sea así: el placer y el bienestar asociado a identificar y conseguir los alimentos que nos sacian más (más contenido energético); a recordar la ruta hacia el manantial o el refugio; a ser capaces de tirar correctamente una lanza; a cómo frotar dos piedras para encender un fuego…

El mecanismo sigue muy vigente: recordar la lección nos reporta una gran satisfacción o bienestar; como colgar una foto en Instagram y recibir un ‘me gusta’; o comer una patata frita. Ejemplos que ya anticipan que la dopamina también tiene su ‘lado oscuro’ pues puede llegar a producir adicción a algo.

Repetimos las acciones que nos hacen sentir bien, con el riesgo de volvernos adictos

Y aquí llegamos al quid de nuestra, por lo visto, creciente adicción a los maratones de series. Cuando una serie nos gusta, el cerebro libera dopamina, que produce una sensación placentera que refuerza la acción, que invita a repetirla, en este caso concreto a ver otro episodio más, anticipando que con ello recibiremos otra buena dosis de placer. Así pues, no es exactamente que el consumo obsesivo de series aumente los niveles de dopamina. Sino, más bien, al revés –o, en todo caso, es una retroalimentación o, dicho en plan coloquial, un círculo vicioso–: la liberación de dopamina nos empuja a ver otro episodio, y otro, y luego otro más, hasta acometer una maratón seriéfila. O, si se prefiere, nos genera un comportamiento obsesivo. Nos vuelve adictos.

Lo que a su vez nos lleva a introducir un interesante matiz: no estamos –o no deberíamos estar– cada vez más enganchados a las series. Al menos no a todas. Solo a las que nos hacen disfrutar, a las que nos producen placer. Por cierto, el mismo mecanismo que a los de la generación EGB nos hacía ansiar –anticipando el buen rato que íbamos a pasar– que llegase el día y la hora de emisión de un nuevo episodio de nuestra serie favorita cuando la posibilidad de verlas de tirón y las plataformas como Netflix aún eran ‘Stranger things’.

Enganchados a los atracones de series

"¿Aún sigues ahí?", consulta Netflix a sus usuarios después de unos cuantos capítulos. Al otro lado, hay espectadores dormidos y muchos usuarios sedientos de más. Son los ‘binge racers’ y consumen capítulos de forma casi obsesiva. Según Netflix, en el mundo hay 8,4 millones de personas con este perfil, individuos que devoran una serie el mismo día de su estreno, de un solo golpe. Y cada vez son más: entre 2013 y 2016 se han multiplicado por 20. ¿Por qué este consumo audiovisual casi obsesivo?

Investigadores de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) han estudiado las múltiples razones que hay detrás. "La primera es que, a diferencia de la emisión semanal tradicional propia de la televisión, la mayoría de las plataformas apuesta por subir todos los capítulos de una temporada de golpe, dejando en manos del espectador el ritmo de su consumo", afirma Elena Neira, profesora de los Estudios de Ciencias de la Información y de la Comunicación de la UOC. "Esta disponibilidad inmediata ayuda a que nuestro sistema nervioso del refuerzo, que tolera mal la demora, se active, y que la persona pueda ‘engancharse’ con mayor facilidad", explica Diego Redolar, neurocientífico y profesor de los Estudios de Ciencias de la Salud de la UOC.

"Además, ante una maratón de series, el cerebro genera dopamina, una señal química relacionada con el placer", afirma Redolar. Aporta una recompensa natural e interna de placer que refuerza la relación con esa actividad, y el cerebro envía sensaciones positivas al cuerpo para que continúe con esa tarea. Según una encuesta de Netflix, el 73% de los participantes afirmó haber tenido sentimientos positivos asociados con un atracón de series. Pero algunos informes sugieren que, después, las personas pueden sentirse físicamente exhaustas y con un estado de ánimo emocionalmente bajo. «Se podría asimilar en cierta medida a las consecuencias conductuales del consumo de algunas sustancias de abuso", alerta Redolar.

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