Despliega el menú
Sociedad

Tercer Milenio

Tercer Milenio

Tercer Milenio

Por qué en mi adolescencia nada me parecía peligroso

Recuerda tus 15 años. ¿Saltaste al agua desde un acantilado al que ahora ni te asomarías? ¿Probaste alguna sustancia peligrosa? La neurociencia explica la imprudencia adolescente.

¿Qué nos hace ser impulsivos y asumir riesgos en la adolescencia?
¿Qué nos hace ser impulsivos y asumir riesgos en la adolescencia?
Shinobu Sugiyama

Echa la vista atrás y repasa tu adolescencia. ¿Saltaste alguna vez al agua desde un acantilado al que ahora ni te asomarías? ¿Subiste a una vertiginosa atracción de feria de esas que ahora te ponen los pelos de punta? ¿Probaste alguna sustancia peligrosa? ¿Apretaste el acelerador de la moto haciendo oídos sordos a las advertencias de tus padres sobre lo peligroso que era?

Hasta hace poco se pensaba que, cuando tenemos 13, 14 o 15 años, somos impetuosos porque nuestra corteza prefrontal, la que debería llevar las riendas, es aún demasiado inmadura y tiene conexiones demasiado débiles con los centros de recompensa cerebrales. Pero ahora un equipo de neurocientíficos estadounidenses ha desmentido esa explicación. No es cuestión de una sesera inacabada, dicen. Porque más que una falta de control, lo que nos hace ser impulsivos y asumir riesgos en la adolescencia es el deseo irrefrenable de aprender cosas sobre el mundo que nos rodea. Por eso se dispara también la dopamina a estas edades.

"Lo que sucede en la adolescencia es que no tenemos experiencia, y por eso empezamos a probar cosas nuevas, se acumulan las 'primeras veces' de todo", asegura Daniel Romer, al frente del estudio. "No es falta de control, es exploración", añade.

También convendría dejar de culpar a las hormonas de las excentricidades de la edad del pavo. De acuerdo con un estudio de la Universidad de Buffalo (EE. UU.), los cambios en el comportamiento propios de la adolescencia no están directamente relacionados con la efervescencia de las hormonas sexuales propia de la pubertad. De hecho, según explicaba el investigador Matthew Paul en la revista 'Current Biology', la pubertad -el proceso por el cual un individuo adquiere capacidad reproductiva- y la adolescencia coinciden en el tiempo, pero son procesos biológicamente distintos.

Para demostrarlo diseñó un experimento con hámsteres siberianos, aprovechando que a los individuos de esta especie se les puede retrasar la llegada de la pubertad más de dos meses exponiéndolos a menos horas de luz. Paul creó dos grupos de hámsteres: unos que alcanzaban la pubertad 30 días después de nacer y otros que la alcanzaban con 100 días de edad. Y se quedó observando si eso suponía también un retraso en la 'adolescencia', que en estos mamíferos se detecta por una transición de una etapa de continuos juegos y peleas a otra en la que impera la dominancia social. Para su sorpresa, todos los hámsteres hicieron esa transición a la vez, independientemente de cuándo experimentaban la pubertad.

-Ir al suplemento Tercer Milenio

Etiquetas
Comentarios