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Industria intranquila

OPINIÓNACTUALIZADA 20/01/2020 A LAS 05:00
Un operario, en la planta de Schindler en el polígono zaragozano Empresarium.
Un operario, en la planta de Schindler en el polígono zaragozano Empresarium.
Guillermo Mestre

Las multinacionales no tienen corazón. Puede sonar a frase hecha, manida, acaso no siempre bien enfocada porque no todas las empresas son iguales, aunque todas estén obligadas a ganar dinero para sobrevivir. Pero quizás debamos ser menos ingenuos y darnos cuenta, especialmente en el caso de las compañías extranjeras que se instalan entre nosotros, que igual que en un momento deciden invertir aquí, cuando las cosas van mal dadas pueden decidir marcharse.

Viene esta introducción a cuento de la decisión del grupo suizo Schindler de abandonar la fabricación de componentes para ascensores en su planta zaragozana de Empresarium, en La Cartuja, por cuestiones «productivas, tecnológicas y organizativas». Esta se traduce en el despido de 119 de los cerca de 400 empleados de esas instalaciones, donde seguirán trabajando los que están en los centros de formación de montaje, ingeniería, asistencia técnica, seguridad de producto, calidad, compras o el departamento de sistemas de información, donde se registra «un constante crecimiento de plantilla», afirma la empresa.

Argumenta la multinacional suiza, a modo de justificación de los despidos, que la demanda en los mercados de ascensores en el sur de Europa «ha disminuido significativamente en los últimos años y se prevé que se mantenga baja en el futuro» y avanza que la evolución tecnológica determinará el cambio del 60% de los componentes de los ascensores en 2020 y que las piezas que se fabrican en Zaragoza «sean obsoletas en el futuro». Insuficiente explicación en el anuncio de una decisión a la que se suma –no lo dijo en su comunicado– la de llevar la fabricación de Empresarium a alguna de las otras tres plantas que Schindler tiene en Europa, dos en Suiza y una en Eslovaquia.

Es decir, que aunque la Schindler que compró Giesa en 1986 no se va de Zaragoza, estamos ante una deslocalización de libro, la misma que amenaza a cualquiera de las factorías de multinacionales existentes en Aragón, como bien sabemos por numerosas experiencias en el territorio, entre ellas las muy sonadas de Delphi y Wrigley en Tarazona, Moulinex en Barbastro o Mildred en Huesca.

La mismísima fábrica de automóviles de Opel España en Figueruelas, desde 2017 integrada en el grupo francés PSA, ha sufrido episodios que bien hubiesen podido llevar a deslocalizaciones. Alguna parcial, como la del Meriva en su momento.

General Motors, como otros grandes grupos automovilísticos, decidió instalarse en España en su día entre otras cosas por los bajos costes laborales. En Zaragoza empezó a producir (el Corsa) en 1982 y desde entonces muchas cosas han cambiado pero la presión por la competitividad –y por no subir los salarios– ha existido siempre. Los números han cuadrado, lo que ha permitido a Figueruelas seguir en la brecha todos estos años mientras Opel cerraba sus plantas de Amberes, Azambuja (Portugal) y Bochum (Alemania).

La compra de la marca del rayo por PSA dio paso a un nuevo escenario, más estricto en el control de costes –marca de la casa en la gestión de Carlos Tavares– y, por tanto, con una nueva amenaza de deslocalización. Lo comprobaron en carne propia quienes negociaron el último convenio colectivo de la planta de Figueruelas, en el que los directivos del grupo francés dieron un puñetazo en la mesa y sugirieron la posibilidad de llevarse la producción de la sexta generación del Corsa si los sindicatos no rebajaban sus reivindicaciones. La sangre no llegó al río y, firmado el convenio (tras un ajustado apoyo de la plantilla), hoy en la factoría aragonesa se trabaja a tope para cumplir con los requerimientos de producción y todo indica que 2020 será un año de récord en el número de vehículos ensamblados. Al final, han salido los números. Pero cuando esto no ocurra, habrá amenaza de deslocalización. Hay que vivir con ello.

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