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verano. leyendas y personajes

Bronchales, un pueblo con dragón

Según su copiosa literatura, vivía en una cueva un tanto inabordable cerca de la Fuente del Hierro 

Una de las fuentes de Bronchales, vinculadas a la historia del dragón.
Una de las fuentes de Bronchales, vinculadas a la historia del dragón.
Laura Uranga.

En aquella época lejana de encantamientos, cuando se pensaba que los animales hablaban, algunos creían que en Aragón había dragones y que muchos pueblos tenían el suyo. Algunos eran famosos como el de Bronchales, en la Sierra de Albarracín. El escritor Javier Sebastián, a pie y a lomos de su bicicleta, intenta encontrarlo en la umbría de los bosques. El dragón, según su copiosa literatura, vivía en una cueva un tanto inabordable cerca de la Fuente del Hierro. Sanguinario y pícaro, su gran poder era que podía hipnotizar a cualquiera.  

El dragón de Bronchales asustaba a los vecinos con su larga cola, sus ojos relucientes y la piel rugosa y pétrea de su cuerpo inmenso. Dejaba rastros de destrucción allá por donde iba: podía matar a un paisano, sorprendido en las eras o en el planico de la iglesia, y arrasaba los huertos. Si estaba de buen ánimo, con solo mirar a los pastores los sometía, les arrebataba el zurrón y comía lo que había dentro. Y si se cruzaba con una mujer, lavando, tendiendo o cuidando a su criatura, se le acercaba y la narcotizaba al instante. Como ya se ha visto lo goloso que era, después aplicaba su boca a los pechos de la madre con absoluto placer hasta que los vaciaba. Daba el extremo de su cola al bebé si no estaba dormido. Humor tampoco le faltaba.

 Esta cadena de hechos y rumores aumentó la animadversión contra el dragón. Así que los paisanos decidieron organizar un ejército popular, armado con espadas y lanzas que les fabricaron los herreros de Orihuela del Tremedal. La ira del dragón fue tan intensa que desarmó a los soldados en la boca de la gruta, los dispersó por el monte y a más de uno lo empujó al abismo.  

El alcalde consultó con el sabio ermitaño de las montañas. Le dijo que nada mejor que el fuego. Cuando el dragón se retiró para descansar, los vecinos durante la noche sellaron la salida de la cueva con troncos y ramas, y no tardaron en prender la lumbre. El dragón lanzó alaridos y pareció convulsionar. Se estremecieron la tierra y los bosques con todos sus árboles. Se sospecha que su sangre se derramó por toda la zona y que contaminó con sabor amargo y ferruginoso el agua de las fuentes, en particular la Fuente del Hierro.  

Al alba ya, algunos entraron en la cueva con antorchas, recorrieron sus casi siete kilómetros, y hallaron otra salida en Orihuela, casi enfrente de la herrería. Algunos vecinos de Bronchales creen que el dragón salvó su vida y que sobrevive en la maleza del monte más allá de los meandros de la imaginación. Por eso el citado Javier Sebastián, que tituló un libro ‘La casa del calor’, lo sigue buscando.

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