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verano. leyendas y personajes

La campana que surcó el Ebro con dos velas

Una de las más subyugantes leyendas fantásticas que acompañan al río a través de los siglos

[[[HA ARCHIVO]]] Id: 2002-32135 Fecha: 10/04/2002 Propietario: Gabesa Autor: PARDOS, JAVIER descri: COMARCA DE LA RIBERA BAJA DEL EBRO: VISTA DE VELILLA DE EBRO
Una visión panorámica de la iglesia de San Nicolás de Bari, en Velilla de Ebro.
Javier Pardos/Heraldo.

El río Ebro, según sus biógrafos más pertinaces como José Ramón Marcuello, Arcadi Espada o Pedro Cases, entre otros, da mucho de sí. Su cauce abraza un inventario de hechos prodigiosos, algunos tan enigmáticos como el pozo de San Lázaro, los fabulosos hombres-peces, las vírgenes flotantes y los mártires decapitados. Y aun parece más sorprendente el relato de la campana de Velilla de Ebro. Dicen que su origen es anterior a los musulmanes. Se sabe que la campana había llegado desde el Mediterráneo y se internó por el Ebro, a contracorriente, y se iba parando en diversos pueblos. Iba de pie y llevaba dos velas encendidas, que desafiaban el chapaleo de las aves y la furia de los vientos. Los lugareños bajaban al río para sacarla del agua, en botes o nadando, sin suerte. Ni el pescador más diestro ni el barquero más audaz ni el forzudo del lugar podían con ella. Y la campana, indomable, seguía su curso aguas arriba.

Por fin llegó a Velilla. Volvió a suceder lo mismo, nadie la podía sacar ni mover siquiera. Y a alguien, ese audaz inesperado que siempre impulsa la historia con ingenio, se le ocurrió llamar a dos doncellas –otros dicen que a tres–, la acariciaron y la movieron sin esfuerzo alguno. Y ella sola salió de las aguas y se quedó en la orilla. Fue así como se trasladó a la ermita de San Nicolás de Bari.

No tardó en dar muestras de su excepcionalidad. Se ponía a tocar sola, a cualquier hora, de día y de noche, para anunciar desgracias y, rara vez, alguna ventura. Era lo que se llama una campana agorera o premonitoria. Son muchos, y muy famosos, los cronistas y mitólogos que han escrito sobre sus maleficios. Así se sabe que tocó sola para advertir de muertes célebres: la del rey Fernando de Aragón, la del inquisidor Pedro de Arbués en una capilla de la Seo, la de la bella Isabel de Portugal o la del propio Felipe II. Baltasar Gracián conoció de cerca el temor que desataba; tras oírla sonar el 29 de abril de 1646, le escribió a su mecenas y amigo Lastanosa: «Esta campana de Velilla ha ocho días que tañe poco o mucho cada día: nos tiene espantados. Van muchos a verla».

Consta que dejó de sonar en 1686. Se fue estropeando ya que los vecinos le arrebataban fragmentos de bronce porque pensaban que eran un antídoto contra los malos augurios. Sus restos se utilizaron para fundir otras dos nuevas campanas que tocaron a su antojo, hasta que enmudecieron para siempre. Se les llamó María Nicolasa y Águeda. Y aun siguen esperando el gesto del cura o de un monaguillo para llamar a misa. Algunos autores dicen que la campana Águeda fue donada a Velilla de Ebro por Fernando el Católico como muestra de gratitud porque en 1492 sonó tanto y tan fuerte que ahuyentó a los presuntos asesinos que querían poner fin a su vida.

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