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Zahara: "Era una yonki, me drogaba del afecto y del aplauso del público"

Acaba de lanzar al mercado 'Puta', su álbum más electrónico, un disco confesional donde relata episodios de bullying y maltrato psicológico.

Zahara
Zahara
Polifonik Sound 2019

Con 'Puta', Zahara (Úbeda, 1983) ha decidido hablar alto y claro. La cantautora ya sorprendió en 'Astronauta' (2018) abrazando los sintetizadores, pero en su última referencia es la música electrónica la que vertebra toda la propuesta. El resultado es un álbum dolorosamente confesional, confeccionado durante el confinamiento, en el que relata episodios de bullying y maltrato para redescubrirse, sobreponerse y hacerse más fuerte. Tan distinta fue la génesis de este disco, que acaba de lanzar un podcast en Podimo para contar la historia de la grabación.

-Han pasado un mes desde el lanzamiento de 'Puta'. Siendo un disco tan confesional, ¿cómo se encuentra ahora?

-Mira, ahora estoy súper bien. Igual mañana no, ¿eh? (ríe)... Estos días estoy muy bien. Justo en el momento previo a la salida, con tanta entrevista de golpe, sí que tuve un poco de mareo, de pensar que cada entrevista era volver a mi sesión de terapia. Una terapia en la que en lugar de las paredes acolchadas que hay en mi imaginación cuando estoy hablando con mi psicóloga, me veía en una pecera, con la gente observando, entonces sí es verdad que tuve un poco de choque con la realidad, pero me duró unos pocos días porque me protegí bastante bien. Era como si ya no quisiera saber nada más. No pude leer las entrevistas y me mantuve al margen de las redes. Subía mis cosas, para hablar de mi equipo y de mis sensaciones, pero prácticamente no leí nada. Pero ahora sí que siento que ha pasado esa vorágine de ahondar en todo, lo he reposado, y las entrevistas son diferentes, aunque hablemos de lo mismo. Estoy en un sitio de mucha tranquilidad mental porque ya se sabe todo, la gente sabe las cosas que viví y siento que me he quitado un peso enorme de encima, ¿sabes? Estoy súper feliz porque pienso que empieza mi renacer y que esto no implica que no vaya a cagarla o que no me vayan a pasar cosas terribles, pero estoy con la cuenta a cero.

-O sea que está dando sus frutos como catarsis y terapia.

-Sí. Y eso que hacer estas canciones, por sí mismas, no sé si fue muy terapéutico porque, y esto es algo que voy descubriendo mientras hablo de ellas, las hacía precisamente porque necesitaba la euforia y ese algo que me venía cuando terminaba la canción, pero los días siguientes estaba mucho peor porque cada vez ahondaba y profundizaba más. Así que es verdad que se producía una especie de liberación, iba como muy rápido y esa velocidad me producía placer, pero estaba cayendo. Si no hubiese tenido el apoyo psicológico de mi terapeuta, que estuvo durante todo el proceso, creo que no se habría producido esto del todo. La catarsis verdadera para mí ha sucedido al compartirlo. Creo que a pesar de ser un disco que habla de la necesidad de que nos quieran y de que hay que aprender a quererse a uno mismo, necesitaba compartirlo. Vamos, que estoy hablando de que tengo que quererme mucho, ¡pero que me quieran! (ríe). O sea me da igual si no me queréis, ¡pero queredme!

-Apunta a esa necesidad de que te quieran en uno de los cortes del álbum, 'Taylor'. En un año en el que la pandemia le ha impedido salir al escenario, ¿cómo se supera esa?

-En mi caso ha sido entender un poco de dónde venía ese síndrome de abstinencia. Cuando empieza la pandemia, digo: "¡Qué bien, parar, qué oportunidad!". Dos días me duró. Comienzo a estar muy triste y es cuando entiendo que no tengo mi chute de amor propio, y no lo tengo porque yo no sé cómo dármelo a mí misma. En los últimos años he tenido una serie de conciertos, de vida social pública, de estar en eventos, en presentaciones, mis propias giras, mis proyectos y al final nunca me he prestado atención a mí misma porque nunca estaba sola y eso es necesario. Me doy cuenta de que voy tirando de la felicidad que me produce el estar en un bolo y que cojo esa energía, ese subidón, la euforia, y la aguanto tres o cuatro días y cuando está a punto de venir la bajona tengo otro chute y soy una yonki literal, que me voy drogando del afecto, del aplauso, del "eres divina", "diosa", "te amo", de gente que no conozco. Así es como comienza el documental de Taylor Swift, 'Miss Americana', que vi durante el confinamiento. Empieza cuestionándose quién es cuando toda su vida, su felicidad ha dependido de que la quisieran y la admiraran personas que ella no conocía. Y caigo en la cuenta de que es lo que me está pasando a mí. Cuando descubro que el amor del público lo que hace es sustituir el mío propio es cuando llega esta canción, 'Taylor', donde hablo del odio porque de repente veo que el amor es una mierda, que cuando amas siempre implica una correspondencia, que el amor como nos lo han enseñado no va solo en una dirección sino que exige que sea recíproco, exige una determinada manera de amar, y entonces pienso en que a mi público, que es el que me ha hecho sentir bien, también lo odio porque su amor me está provocando esta ansiedad. Entro en este bucle de autodestrucción y del odio como única respuesta. Obviamente, esto es un momento dentro del confinamiento, es una explosión irreal de una realidad. Yo lo expreso así, pero al final lo que digo es que a quien odio realmente es a mí cuando digo que los odio a todos por igual. Y ahí empiezo a entender que tengo que vivir sin el aplauso porque el aplauso solo está supliendo una carencia que tiene que nacer de mí. Los demás no sé cómo lo harán (ríe).

-El primer sencillo que lanzó fue 'Merichane', en referencia al apodo que le pusieron sus compañeros en el colegio, que era como llamaban a la puta del pueblo. El aluvión de mensajes de "tía, he estado ahí" o "gracias por darnos voz" ha sido constante. Debe de ser muy reconfortante ver que contar estas experiencias tan personales ayuda a otras personas en situaciones similares. ¿Se lo esperaba?

-Lo imaginaba, sobre todo con 'Merichane', porque aunque hablaba de mí, contaba cosas de las que había hablado con mis amigas, a las que también les había pasado. No era tan ingenua como para pensar que esto solo me había pasado a mí, pero al final como cuento algo tan autobiográfico y tan concreto, mientras lo estoy haciendo se me olvida la universalidad de lo que estoy diciendo. Y solo me doy cuenta cuando lo comparto y empiezo a recibir estos mensajes de "yo también soy Merichane"», con historias similares, desde bullying, hasta acoso, abusos, maltratos... Todas se parecen tantísimo a la mía, y no te hablo de decenas sino de miles de historias que he recibido en estos meses. Ahí se me pasan dos cosas por la cabeza: por un lado, siento un acompañamiento brutal, que es ahí donde se produce la catarsis de la que hablábamos. Me están entendiendo, no me están juzgando y esto hace que yo deje de juzgarme y es cuando de verdad siento autocompasión y empiezo a acompañarme en lugar de decirme: "Tía, te mereces todo lo que te ha pasado". Por fin reacciono, porque cuando hago el disco lo hago aún sumergida en la culpa y me la empiezo a quitar cuando lo comparto. Por eso, lo que quiero que quede es la importancia de contar las cosas negativas que nos pasan, porque solo al soltarlo empiezan a producirse cosas y cambios. Por otro lado, está la tristeza tan brutal que me produce leer estas historias. Me tiro llorando semanas. A día de hoy me pasa porque pienso ¿de verdad seguimos así? Porque es que lo que a mí me pasó, me pasó en los noventa. Erróneamente se normalizaron ciertas violencias, no había tanta información, el bullying pasaba pero no se nombraba, pero ahora los relatos que recibo son de gente de mi edad pero también de gente joven. Me escriben niñas de 16 años a las que les pasan unas burradas. Yo hablo de maltrato cuando tenía veintitantos y ellas tienen 16 y tienen novios maltratadores y me pregunto qué está pasando aquí.

-Como si no hubiera habido una evolución.

-Claro, claro y obviamente hay evolución, coño. Si hablas con la madre de mi amiga que para hacerse una cuenta en el banco tenía que pedir permiso a su marido, pues imagínate si hemos cambiado. Pero claro, como hemos cambiado, como yo soy mi jefa, como hago un disco que se llama 'Puta', nos creemos que todo está hecho ya y la realidad es que hay un sufrimiento escondido. Y el hecho de que hayamos evolucionado no ayuda a esto porque hace que tu te sientas aún peor porque te crees que eres una excepción. A mí me daba más vergüenza comunicar lo que me había pasado a amigas que no habían sufrido acoso porque pensaba que me había pasado a mí porque lo mío es una mierda y a lo mejor ellas también sufrieron acoso, pero no lo cuentan porque también tenían vergüenza. Vivir en el silencio permite que se perpetúen estos comportamientos.

-¿Cuándo y por qué decide que este es el disco en el que se va a abrir en canal?

-Es que creo que no lo decido yo (ríe), el disco me elige a mí. Yo quería hacer un disco que hablara de las mujeres, que se llamara 'Puta', que contará la historia de las músicas, de lo que les ha costado y de cómo, a pesar todo, ahí estaban y ahí están, y quería hacer una obra coral donde yo no fuera la protagonista. Pero mucho antes de crearlo, iba contándole mis cosas a Martí Perarnau, el productor del disco. Él es mi amigo y creo que ha sido la primera persona que ha sabido toda mi historia y me decía: "Zahara, lo que tienes que hacer es contar tu historia". Él me alentó y me empujó muchísimo, pero me lo dejó en el subconsciente, dando tumbos. Y pensaba hacerlo, pero quizá no de la manera en la que ha pasado. Lo que pasa es que cuando llega el confinamiento y empiezo a hacer canciones, estas canciones hablan de esto. Por eso digo que a mí 'Puta' me encontró, que yo no tomé la decisión activa de sacarlo todo en una canción. Sí que es verdad que todo surge de un impulso y de un primer vómito del que luego salen muchas canciones.

-¿Ese primer impulso cuál es?

-Es la historia de 'Taylor'. Llevo un mes y medio sin moverme del sofá, súper triste, compadeciéndome de mí misma y el documental me anima y me siento reconfortada porque siento que alguien me entiende y si esa alguien es Taylor Swift, que es una diosa y una diva y es increíble, es que es mi colega, mi alter ego con dinero, fama y muchísimo más talento (ríe). Mi yo americana. Ella me anima a bailar, a moverme y empiezo a hacer canciones ahí. El primer texto que escribo es un vómito del que luego salen las letras de 'Merichane', 'Flotante', 'Médula', 'Taylor'... Pero una vez tengo las tres primeras canciones en el confinamiento, que son las tres primeras que se escuchan en el disco, 'Flotante', 'Merichane' y 'Canción de muerte y salvación', me doy cuenta de que lo que estoy haciendo es contar mi historia y ahí sí que tomó la decisión de hacerlo narrativamente. A partir de ahí, mi disco se convierte en una obra narrativa completa, donde entiendo que tiene unas partes que tengo que completar. Ya visualizo que la siguiente canción va a ser 'Taylor', que aún no he compuesto, ya entiendo que tengo que hacer una canción como 'Sansa', que va a hablar del maltrato psicológico; tengo que hacer la canción que hable de mí desde la aceptación, que es 'Negronis y martinis', y lo visualizo todo, hasta 'Joker'. Y luego, más tarde, entiendo que tengo que hacer la copla para cerrar y 'Berlín U5' para separar ambas partes y aliviar un poco la carga emocional que voy creando a lo largo de las canciones. Es ahí cuando tomo el control y digo ahora tengo que hacer esto. Pero primero surge, me doy de bruces con mi disco y digo: "Hostia, Maricarmen, que estás contado que querías suicidarte con doce años". Pues a muerte. No me quedaba otra.

-El disco se ha hecho durante la pandemia. ¿Ha cambiado mucho la metodología? ¿Cómo se las ingeniaron usted y Martí para llevarlo a buen puerto?

-Sí que ha cambiado mucho porque yo era una cantautora, aunque luego sonará a pop o a indie o como quieras llamarlo. Pero, como cantautora, seguía siendo una cantautora clásica, bastante presa de las estructuras, de la armonía, de la manera de cantar. Digamos que ya tenía mi sistema. Y en este disco, la manera de producir ya forma parte de la manera de componer. Ya con 'Ramona', que la hice justo un mes antes del confinamiento, que fue cuando me cambié de casa, le pido a Martí que me haga una base a lo Kae Tempest, que es un poeta que me fascina y que hace 'spoken words' con una base de rapero que me flipa y me alucina. Ya eso para mí es novedoso. Empiezo recitando, que nunca lo he hecho, porque creo que lo que estoy contando ahí no se puede cantar. Y veo que hay una serie de recursos a mi disposición que están ahí para ayudarme a contar mi historia. Pero a partir de ahí surge 'Flotante' o 'Merichane', donde, por ejemplo, yo hago los acordes con esta idea de la melodía, Martí graba la rueda de acordes, mete el 'beat', construye una siguiente rueda de acordes que luego acaba siendo el estribillo. Con eso grabado, que ya sonaba medio a disco, empiezo a terminar de pulir y encajar la letra, canto la melodía del estribillo, esto se lo devuelvo a Martí y el vuelve a trabajar sobre eso en la producción. Es decir que todo ha ido como ligado y quizá la parte de composición fue más corta, porque fueron dos meses, pero luego todo lo que ha sido la producción han sido nueve meses de dedicación absoluta y, para mí, hasta la mezcla es parte de la composición porque la forma en la que están integrados los sonidos, la saturación y la abrasión sónica ayudan a contar la historia.

-De hecho es su disco más experimental y se lanza a probar muchas cosas nuevas. ¿No le daba pánico que, contando cosas tan personales, la canción se escapara un poco a su control precisamente por esos nuevos palos que toca?

-Ya, ya (ríe). Es que creo que todo este disco se resume en despojarme del miedo a todos los niveles. Creo que con las letras lo he hecho y que entonces me di la mano para ir sin miedo a cualquier sitio. Como dices, tenía miedo a recitar, a rapear, siempre me ha dado vergüenza, miedo a cantar muy agresiva porque eso sí lo hago en directo pero en los discos no, al autotune... Tenía tantos miedos que dije: "Joder, estoy haciendo un disco en el que me estoy despelotando y me estoy quitando la vergüenza. ¿Por qué voy a tener miedo con esto?". Al final llegué a una sensación vital que era: "Me da igual". Y en ese sentido fue súper positivo el aislamiento porque no tenía ningún tipo de feedback de nadie salvo el de mi entorno y mi equipo. Solo tenía a Martí y a Guillermo Guerrero, que es el realizador de los vídeos y el cocreador de la parte artística, y ellos eran alentadores todo el rato. En ningún momento nadie me dijo que no podía hacerlo o que qué hacía rapeando, sino que Martí me decía: "Jo, qué guay, estás encontrando tu swag". Y yo no sabía ni lo que estaba diciendo. "Mi qué" (ríe). Y entonces algo que habla de la inseguridad con la que he vivido toda mi vida se convierte en un proceso artístico donde estoy completamente segura de todo lo que estoy haciendo porque creo que lo único que vale es que me guste en ese momento y que es lo que quiero y necesito hacer. Me libero de verdad y siento que surge, por primera vez, de la vergüenza, tanto a mostrar mis defectos como mis aprendizajes nuevos. Mira, esto es lo más tonto que te voy a contar de toda la charla, pero a mí me daba mucha vergüenza hacer una rima que finalmente está en el disco que es "Contempla este ejemplar, está defectuoso, lo he intentado cambiar, sin ver que así es precioso". Jamás pensé en mi vida que rimaría 'defectuoso' con 'precioso'. A mí, que la rima consonante me da urticaria, y dije: "¡Tía, es que es lo que quieres contar, déjate de gilipolleces! ¿Por qué no vas a decirlo si es lo que sientes?". Y todo el rato me enfrentaba a la vergüencita, mira la vergüencita no sirve para nada. Aun sabiendo que estaba haciendo un disco que iba a compartir, vivirlo como si nadie lo fuera a escuchar lo ha hecho posible. Aquí están todas las cosas que no se hacer. Se llama 'Puta', disfrútalo (ríe).

-'Astronauta' (2019) ya abrazaba los sintes y la electrónica, pero 'Puta' se vertebra en esas texturas. ¿Se ha cansado de la guitarra? Y sobre todo, ¿hay vuelta atrás?

-Es verdad que en los últimos años he descubierto el mundo de la electrónica y es que me parece inabarcable. Yo, que toda mi vida he tocado la guitarra española y la acústica, para hacer ciertas cosas con la guitarra me tendría que convertir en una mejor guitarrista. Creo que cada instrumento nuevo que aprendo tiene una serie de canciones escondidas dentro y en la guitarra ya me conozco tanto que creo que por ahora, y esto es algo temporal, ya he descubierto casi todas las que tiene. Sin embargo, el mundo de los sintetizadores me abre una oportunidad y en ese sentido me parece que estoy ante el infinito. Esto que he descubierto se va a quedar, de alguna manera, en el sentido de que me he liberado de las estructuras, de la melodía, de la guitarra, de una batería o de un bajo. De hecho, voy a intentar estar sola con estas máquinas maravillosas, llenas de sonidos, y buscando las canciones y la inspiración ahí porque me parece súper enriquecedor. Ahora, soy una persona cíclica, que va y vuelve, y no reniego de mis orígenes. En el directo hay una parte acústica porque sigo siendo una mujer que coge la guitarra y hace canciones y no pasa nada. Lo que sí es verdad es que es apasionante el mundo de la electrónica y que cuando vienes desde el pop, y desde el pop más cantautor, o desde el rock, que a mí me gustaba el metal.

-¿Sí?

-Sí, sí, yo tenía una banda de metal y Tool era de mis bandas favoritas. Maynard Keenan ha sido mi cantante favorito durante décadas (ríe). Y bueno creo que hay una cantidad de posibilidades... Ahora observo el futuro de mi música como si hubiese descubierto otra galaxia y me encanta, me parece brutal.

-¿Y no abruma?

-No, me fascina, me parece apasionante. Es como, ¿cuántos instrumentos puedo tocar mal? (ríe). Yo tengo 37 años y pienso, joder qué de cosas me quedan por aprender, qué maravilla. Ahora he aprendido a tocar la batería, para hacer mis beats y luego pasarlos a las cajas de ritmos. Está guay desconocer tanto un mundo que crece y evoluciona a la velocidad de un Ferrari.

-A pesar de la rabia y la tristeza que emana de gran parte de las canciones, hay también toques de humor, como ese final de 'Ramona'. ¿Es algo que hace conscientemente para aliviar la carga emocional o surge de forma espontánea?

-Creo que es mi manera de ser. Igual que la música me ha salvado la vida, el humor también. Mis padres me enseñaron Les Luthiers, que aúnan ambas cosas, y eso está ligado a mi ADN musical. Y al final acabo metiéndolo siempre que puedo porque yo me río de todo esto. O sea lloro, y podemos tener una conversación donde te cuento todo esto mismo pero a moco tendido, o donde te esté contando lo mismo riendo sin parar porque no se puede estar en un estado permanente de nada, ni de felicidad ni de drama, ni de comedia ni de euforia. Todo el rato vas pasando por sitios y este disco, que es tan reflejo de quien soy, también tiene de eso. Yo misma lo busco un poco para aligerar mi propia tensión porque es que si no, no me aguantaría ni yo (ríe).

-Por haber hay incluso una canción política, 'Joker'. ¿Le preocupa la crispación actual? ¿Hay culpables?

-Me preocupa la crispación, pero sobre todo la voz y el protagonismo que le estamos dando y el que convirtamos en iconos pop a los líderes y a las mentalidades más retrógradas. Esto me parece preocupante porque ya teníamos el ejemplo con Trump y creo que lo estamos replicando y que nos da un poco igual y ya hemos visto cómo acabó la cosa. Me preocupa que vivimos una serie de problemas sociales que deberían ser las que nos crisparan de verdad y cómo la atención y la energía se las llevan otras crispaciones por temas que para mí son más absurdos. Por otro lado, hablar de culpa en un disco que va sobre quitarse la culpa es un poco complejo porque yo no sé de quién es la culpa. Solo puedo observar la realidad y puedo intentar entenderla. Creo que si la culpa es de alguien, es desde luego ancestral, es algo que venimos arrastrando y que no es nuevo. Igual que yo tengo miedo a la hora de contar ciertas cosas, creo que cuanto más poder tienes, más miedos tienes a seguir defendiendo unas ideas que antes defendías. Creo que hay que echar un vistazo a nuestros políticos y ver de dónde vienen nuestros partidos para entender un poco por qué nos pasan las cosas que nos pasan. No me corresponde a mí señalar culpables, yo solo puedo ver que dependemos de la sanidad pública y que cualquier cosa que no sea prestar atención a eso, en un momento como este, y que no se cuide y no se valore es cavar nuestra propia tumba.

-Ya ha comentado que 'Berlín U5', la canción más bailonga, era un poco el resuello que necesitaba el disco. Dígame la verdad, ¿cuántas ganas tiene de volver a un garito a darlo todo bailando?

-(Ríe). Todas. Echo de menos todo, la oscuridad, el volumen, el bombo reventándome el pecho, el bailar desinhibida, pero echo de menos que me pisen bailando, que haya alguien a mi alrededor que me dé un codazo sin querer. Porque yo en mi casa me pongo la música con mis auriculares, me pongo un tecnazo que lo flipas, me monto unas raves del copón con mis amigos, en mi local de ensayo, solo somos tres, pero abrimos ventanas y nos montamos una miniparty. ¡Pero es que quiero a un desconocido pidiéndome perdón por haberme pisado! Echo de menos no ya solo el fiestón, que es lo de menos, sino el bailar completamente libre y que alguien a tu alrededor se esté moviendo de la misma manera. Buah, ¿eso qué era tío?

-Ha contado en varias entrevistas que enseñar el disco a sus padres fue un proceso lento y cuidadoso. ¿Le preocupa cuál pueda ser la reacción de su hijo dentro de unos años?

-Me preocupa, pero para bien. Creo que el ejemplo que le puedo dar a mi hijo como madre es positivo. Él lo que verá es una mujer que sufrió y que decidió contarlo y no callarse. Ojalá eso le sirva de ejemplo para decir: "Uy, me está pasando esto, ¿a quién se lo puedo contar?". A mucha gente, pero que sepa que a su madre seguro que sí, que su madre nunca le va a juzgar y que siempre le va a intentar ayudar. Para mí el ejemplo de alguien que cuenta las cosas siempre es positivo, sobre todo en unos momentos en los que siempre se calla y que hacemos de la ocultación, el misterio y el silencio el día a día. Así que creo que de todo lo que pueda trascenderle de este disco lo que va a primar es lo positivo. Supongo que habrá un momento intermedio en el que me dirá: "Mamá, no entiendo esto". Y yo le diré: "Por suerte no, hijo mío" (ríe). Pero creo que habrá otro en el que dirá: "Joder mi madre, qué guay". Y si no dentro de quince años me entrevistas y te digo el psicólogo en el que está mi hijo intentando superar los traumas de su madre (ríe). También te digo que ojalá vaya al psicólogo, por lo que sea, que eso siempre está bien.

-Lanza además un podcast en Podimo contando el proceso de grabación del álbum, ¿por qué?

-Pues porque creía que todo lo que estábamos haciendo era tan diferente de lo que yo había hecho y tan especial que, aun sabiendo que iba a hacer muchas entrevistas, me apetecía contar la historia dirigida por mí. Quería también ahondar en cosas que a lo mejor en una entrevista no se puede, como la producción, con la vista puesta en los chaladillos como yo, aquellos freaks -lo castellaniza- a los que les gusta conocer ese proceso. Lo hago en realidad también por mí. A mí cuando Lana del Rey saca su disco me encanta verme los vídeos de Jack Antonov explicando el proceso de producción, viendo cómo se graba en el estudio, escuchando las maquetas. Por lo menos está ahí, si en un futuro se me olvida cómo hice este disco, lo tendré.

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