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Andrés Trapiello: "El arte siempre necesita una pizca de mala leche"

Junto a su mujer y sus dos hijos, el escritor leonés acaba de crear una editorial "sostenible" para seguir con la gran aventura de sus diarios.

Andrés Trapiello "traduce" 'El Quijote' al castellano de actual
Andrés Trapiello

Andrés Trapiello (Manzaneda de Torío, León, 68 años) se siente cómodo y libre en los márgenes de la literatura. Y marginal, en el mejor sentido del término, es la editorial "familiar y sostenible" que el escritor ha constituido con Miriam, su mujer, y sus dos hijos, Rafael y Guillermo, para avanzar en su aventura narrativa más ambiciosa: los diarios que con el título de 'Salón de pasos perdidos' lleva publicando a lo largo de 30 años y que ya alcanzan 23 volúmenes y 12.000 páginas. Con el nuevo sello, 'Ediciones del Arrabal', la serie seguirá creciendo mientras a su autor le quede humor y esa pizca de mala leche "imprescindible" para el arte y para una hazaña como esta. Empezó por entregas en 1989 en 'Citas', el suplemento del 'Diario de Cádiz', que dirigían Juan Bonilla y José Mateo. El primer volumen 'El gato encerrado', fue rechazado por cinco editoriales. Manuel Borrás, amigo de Trapiello y editor de Pre-Textos, lo aceptó y publicó todos los demás.

-Bautizar 'Ediciones del Arrabal' su editorial es una declaración de intenciones. ¿Se siente en el arrabal de la literatura?

-Las cosas importantes suelen pasar en los márgenes, sí. En literatura desde luego. Hay que dejar el carril, ir por el campo a través. Sin libertad todo es más difícil.

-Toda una paradoja que sus hijos y su mujer, 'personajes' de los diarios, sean ahora sus editores, como el autor de los diarios.

-Tiene su gracia, sí. La idea fue de Rafael, mi hijo mayor. Guillermo la respaldó. Ellos han crecido con los diarios, y conocen mejor que nadie cómo, con el paso del tiempo, se transforman en una novela. Saben distinguir perfectamente lo que es realidad y ficción. Y por eso han decidido hacer que la ficción sea viable, o sea, real.

-¿Qué hace con el pudor un diarista compulsivo?

-La intimidad, la de verdad, no es nunca indiscreta. La intimidad no es más que la parte silenciosa de la naturalidad.

-¿Hay más humor, ironía o mala leche en sus diarios?

-Mala leche siempre hay que tener una pizca, por aquello que decía el limpiabotas del café Varela a propósito de Concha Piquer: sin mala leche no hay arte. Pero solo eso, muy poca. Lo demás hay que dejarlo a la jurisdicción del humor, y este, sea negro o blanco, siempre de cara.

-¿Le han dado estos diarios más disgustos o satisfacciones?

-Disgustos ninguno, que yo recuerde. Satisfacciones bastantes. Sobre todo lectores que no conocía y que han resultado providenciales en mi vida.

-¿Escribe todo como lo piensa u omite y dulcifica algo?

-No, por favor. Si hiciera eso sería un infierno, para mí en primer lugar, pero sobre todo para los demás.

-El que acaba de aparecer, 'Quasi una fantasía', es el volumen número 23 de la serie. ¿Cuándo acabará?

-Mientras tenga humor, seguiré.

-Jorge Herralde, editor de Anagrama, rechazó publicarlos y dice que es una garantía, una prueba de que iba por el buen camino.

-Herralde fue el primero en rechazarlos, es verdad. Pero fue también el primero, pasados quince o veinte años, en decir que los lee todos porque le gustan mucho. La vida tiene eso: poder leer lo que no queremos editar y editar lo que no se puede ni leer. Los rechazaron otros cuatro editores, la mayoría con cartas en las que me daban a entender, alguna con patente irritación, que había sido muy presuntuoso por mi parte hacerles perder el tiempo con semejante nadería.

-Cada entrega tiene una media de 3.000 lectores muy fieles y sus cálculos dicen que necesitan 5.000 lectores para que las cuentas salgan.

-Así es. Está claro que no se trata de un negocio. Tampoco podría editar más de cinco mil ejemplares. No disponemos de logística y, además, todos nosotros tenemos nuestros trabajos: mi hijo el mayor es fotógrafo e ingeniero; el menor arquitecto y diseñador, ha hecho el logo y las portadas; Miriam está centrada en sus ensayos y yo escribo muchas otras cosas que publican otros editores. 'Salón de pasos perdidos' tiene que llegar a una cifra aceptable, pero sobre todo asumible por nosotros.

-Uno de sus hijos dice que ser editor es la forma más lenta de arruinarse ¿Está de acuerdo?

-En términos generales, sí, sí que estoy de acuerdo. Nuestra obligación está en hacer que suceda lo más tarde posible. Con la literatura es muy difícil hacerse rico. Desde luego a mí no me ha sucedido, ni como escritor ni parece presumible que ocurra editando estos diarios.

-No es la primera vez que se convierte en editor. Ya lo hizo con 'Trieste', 'La Veleta' y 'La Ventura'. ¿Qué diferencia esta aventura de aquellas?

-En aquellas el editor propiamente dicho, o sea el que paga las facturas, era o es (porque sigo con 'La Veleta') otro. Aquí las facturas las pagamos nosotros. Esto nos ayudará a valorar mucho más el trabajo de quienes como Pre-Textos o Comares han sufragado tantos libros míos.

-¿Publicará en este sello otras cosas además de los diarios?

-Sí, pero solo de la familia. Este otoño, un libro de fotografías de Rafael y Jonás Bel. Y un ensayo de mi mujer sobre los propios diarios y su papel en ellos.

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