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entrevista

Eduardo Mendoza: "En cuanto termine el encierro, se olvidará la cultura"

El escritor cierra la serie ‘Las tres leyes del movimiento’ con ‘Transbordo en Moscú’, trasunto de su vida y de los afanes finiseculares. Quizás, su última novela.

Eduardo Mendoza despide a su ‘alter ego’ Rufo Batalla.
Eduardo Mendoza despide a su ‘alter ego’ Rufo Batalla.
Iván Giménez/Seix Barral

La Barcelona preolímpica de su nuevo libro, como la de gran parte de su narrativa, no nos es ajena. Pueden reconocerse en ella, por ejemplo, muchos aragoneses que salieron hacia esa ciudad o vieron partir a los suyos. ¿Qué queda de ella?

Queda lo que va dejando la historia. Todas las ciudades evolucionan mucho. El que conoce bien una ciudad porque ha vivido en ella y se va durante unos años y vuelve, no la reconoce, o la reconoce con dificultad. Quedan los monumentos, pero la ciudad cambia, el centro se desplaza, la gente cambia también. Con lo cual, bueno, de Barcelona queda lo que queda. Hizo una operación, justamente en la época que describo en el libro, de modernización, de convertirse de una ciudad industrial a una de servicios, y fue una operación con éxito. Y eso le ha llevado a ser una ciudad turística. Hay otros casos, por ejemplo Bilbao.

Con usted, otros autores muy populares se han ocupado de narrar qué fue de esa ciudad en el siglo XX (como los desaparecidos Marsé y Vázquez Montalbán, también el zaragozano Ignacio Martínez de Pisón). ¿Y de la de ahora?

Hay gente que está escribiendo ahora. Sin duda alguna. Algo he leído de esta Barcelona que se ha desplazado a barrios que yo apenas conozco, donde ahora viven la gente joven o los inmigrantes. Las ciudades generan siempre mucha literatura.

‘Transbordo en Moscú’ cierra una trilogía con el mismo protagonista, su ‘alter ego’ Rufo Batalla. ¿Se lo imagina en tiempos más recientes?

No. Yo concebí esta trilogía desde la primera juventud de este personaje hasta que se despide del siglo, y me parece que está bien que ahí se quede, no es una novela que tenga continuación.

El humor sigue distinguiéndole entre los escritores que se expresan en lengua castellana. No juegan muchos en su liga.

Primero, el humor es difícil de practicar porque es una apuesta a ganar. Es decir, si uno hace humor y no divierte, ya puede escribir bien o hacer lo que sea, que es igual, eso no funciona. Es un mecanismo complicado. Hay que trabajar mucho. Y luego, hasta hace relativamente poco, estaba un poco considerado literatura de segunda, de baja condición. Quizás por eso hay menos practicantes, pero los hay, y algunos muy buenos.

Los escritores han dado mucha compañía estos meses y la siguen dando. Se han revelado ‘esenciales’, como otras gentes de la cultura. ¿La renovada consideración debiera plasmarse en mejores condiciones de vida?

No creo que nadie escarmiente. Sí debería todo el mundo darse cuenta de que hay que tener unos ahorros culturales, un fondo del que echar mano cuando las cosas se ponen mal dadas. Yo lo sabía porque cuando uno está enfermo, cuando uno tiene que esperar, cuando a uno, no sé, lo meten en la cárcel, tiene que buscarse entretenimientos que no sean la discoteca, y ahora eso se ha puesto muy de manifiesto. Leer, ver cine, leer los periódicos, era poco menos que la única escapatoria que teníamos. Pero en cuanto se termine el encierro, se olvidará la cultura.

Usted, ¿cómo ha llevado, cómo está llevando, este tiempo tan extraño?

Bien, personalmente, porque ya tengo una edad y estoy en un momento en el que no necesito la juerga continua, ya no soy noctámbulo, y estoy muy bien en casa con mis cosas. Claro que he sufrido como todo el mundo pérdidas, he visto cosas muy poco placenteras, y en este sentido no me ha gustado nada, pero esta especie de cartuja en la que hemos vivido todos a mí me ha venido bien.

Ha habido mucho tiempo para la fabulación. ¿Cabe esperar que llegarán buenas novelas en los próximos tiempos?

Es posible. Es verdad que ha habido una mayor producción literaria en este año y pico de encierro forzoso. Ha sido muy bueno a corto plazo, es decir que han sido unos ejercicios espirituales saludables, pero no se pueden prolongar porque la ficción se nutre de una realidad muy variada: hay que volver a salir de casa, hay que volver a tener contacto con la gente, hay que viajar. Si no, vamos a acabar mirándonos el ombligo todos.

Con la perspectiva de una carrera larga (18 novelas publicadas), el ganar oficio ¿qué ha aportado a su narrativa, en que la ha modulado?

Cualquier oficio se alimenta a sí mismo Sobre todo en las actividades que se basan en la invención, se va ganando técnica, se van puliendo errores, y también se va perdiendo la frescura de los primeros tiempos. Antes me parecía que tenía muchísimas cosas que contar, ahora pienso que tengo ya muy pocas. Pero, a cambio, sí que creo que se ganan los trucos del oficio, si has estado muy pendiente y has sido respetuoso con la crítica. Ahora todo el mundo dice que no le interesa nada la crítica; yo creo que hay que leerla y leerla con atención, porque es la que nos enseña.

Ha hablado de ‘Transbordo en Moscú’ como su última novela. ¿Se mantiene en esta posición?¿Cultivará otros géneros?

Otro tipo de cosas, sí, no digo que renuncie a la escritura, pero sí he dicho y por ahora mantengo que estoy considerando muy seriamente no volver ya al género de la novela.

¿Por qué?

Creo que todo tiene un tope y hay un límite, y estoy un poco saturado de ficción.

Creo que todo tiene un tope y hay un límite y estoy un poco saturado de ficción.

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