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NARRATIVA ESPAÑOLA

Marsé, el narrador clásico, moderno e intemporal que contó la vida de Barcelona

El narrador barcelonés, Premio Cervantes de 2008 y muerto a los 87 años, abordó el crimen de la altoaragonesesa Carmen Broto en ‘Si te dicen que caí’

Fallece el novelista Juan Marsé.
Juan Marsé, en un viaje a Zaragoza, en el año 2003.
José Miguel Marco.

“El por qué escribe uno tiene cincuenta mil respuestas. Yo, porque no sé hacer otra cosa... O porque estoy en desacuerdo con un mundo que no está bien parido: la ficción ofrece alternativas a esa realidad que no gusta”. Así explicó a Sergi Doria para la revista ‘Turia’ Juan Marsé, que ha fallecido en Barcelona a los 87 años, su poética de narrador, que fue esencialmente su vocación y profesión: contador de historias, creador de personajes y cronista, en clave objetiva, de la sociedad de su época y, muy especialmente, de Barcelona.

En aquella sección que publicaba en ‘El País’, ‘Señoras y señores’, que le trajo elogios y disgustos, se autorretrató así: “El tipo es bajo, desmañado poco hablador, taciturno y burlón. No se considera un intelectual, y soporta mal que lo traten como si lo fuera. Ama las tabernas y las papelerías de barrio y los flancos luminosos de los quioscos que exhiben tebeos y novelas baratas de aventuras. Las banderas le producen auténtico terror. Come ensaladas y escribe a mano”.

El aprendiz de joyero, bohemio a su modo, se hizo novelista y y también cinéfilo, y amigo de los cafés, de la noche, de aguzar el oído a las buenas historias. Así, como quien no quiere la cosa, percibió que la realidad, en su cotidianidad sin estridencias, dicta los sucesos más extraordinarios. Relatos como el de Carmen Broto, aquella mujer de Guaso que se convirtió en la reina del amor y fue asesinada en un crimen chapucero, alimenta una de sus mejores novelas: ‘Si te dicen que caí’ (1973), que llevó al cine Vicente Aranda.

Marsé era un hombre directo, sin pelos en la lengua, irónico y con mordiente, y no solía ahorrar críticas ni calificativos para compañeros, enemigos u otros creadores: aludió a la “prosa sonajero” de Umbral, se las tuvo y retuvo con Baltasar Porcel, que lo llamaba desdeñosamente Juanito Marés, criticó todas las adaptaciones de sus novelas de Aranda, y fueron bastantes, y sintió nostalgia de que Víctor Erice no hubiese hecho ‘El embrujo de Shangai’.

Su obra tuvo lectores, ejerció influencia en escritores tan distintos a él como Enrique Vila-Matas y Antonio Muñoz Molina, pongamos por caso, y fue galardonada en diversas ocasiones: fue Premio Planeta con ‘La muchacha de las bragas de oro’ (1978), Premio de la Crítica, premio Nacional de narrativa y en 2008 mereció el Premio Cervantes; venció en la votación final a Ana María Matute, que lo ganaría más tarde. Marsé fue periodista, sobre todo de cine y de la Barcelona más secreta y fascinante. Empezó publicando cuentos, con ‘Nada para morir’ obtuvo el premio Sésamo, y poco más tarde debutó en la novela con un título espléndido: ‘Encerrados en un solo juguete’ (1960). Luego aparecería ‘Últimas tardes con Teresa’ (1963), una novela de las fiestas, de la playa, de los sueños en un franquismo ya fatigoso con un personaje que busca su sitio como el Pijoaparte, cuya atmósfera hace pensar en algunas fotos de Oriol Maspons. Gonzalo Herralde llevó esa novela al cine con sobriedad y dos estupendas actrices: Maribel Martín y Patricia Adriani.

Luego publicó la perturbadora ‘La oscura historia de la prima Montse’. A esos títulos sucedieron ‘Si te dicen que caí’, donde se mezclan muchas cosas, el eco de la guerra Civil, el mundo del maquis, la exploración de la sexualidad, y ‘Un día volveré’ (1982). No paró de publicar y de acrecentar su mirada, su capacidad de contar, la complejidad de su mundo y de sus estructuras narrativas, y a la vez retornaba a su infancia y juventud. Configuró en clave verista, pero también con aroma intemporal y onírico, la mitología de la Barcelona de posguerra y la atmósfera del barrio, la Ronda del Guinardó, como se ve en ‘Rabos de lagartija’ (2000), pongamos por caso.

Además de sus novelas, ‘El amante bilingüe’ (1990), donde se acercó a problemas muy vinculados con la Cataluña actual, firmó títulos como ‘Canciones de amor en Lolita’s Club’ (2005), ‘Caligrafía de los sueños’ (2011) o ‘Esa puta tan distinguida’ (2016). Cada uno de sus libros, para los que se tomaba tiempo, era un pequeño acontecimiento para los lectores.

También fue un excelente cuentista, autor de piezas tan magistrales como ‘El fantama del cine Roxy’, el retrato de su cinefilia, que le inspiró un libro-juego, como ‘Paseo por las estrellas’ (2001), o de ‘Teniente bravo’, entre otros. Juan Marsé (Juan Faneca Roca en realidad) se inscribe en la generación de los 50, fue un gran lector de clásico contemporáneos españoles, hispanoamericanos y norteamericanos, adoró a Juan Rulfo y Luis Buñuel, perteneció a la denominada Escuela de Barcelona -donde figuran algunos amigos entrañables suyos como Carlos Barral, Jaime Gil de Biedma, Pere Gimferrer, hasta Eduardo Mendoza y Terenci Moix-, y creó un mundo plural, versátil, violento y melancólico, donde había un poco de todo: ecos de la historias, pasiones, crímenes, prostitutas y esos relatos orales, o ‘aventis’, que se oían en cualquier instante, mejor de noche, en la Ronda del Guinardó de labios de un empresario, de un thaúr, de un contrabandista, de un enamorado hasta las cachas, de las mujeres de la noche o de un boxeador. ‘Caligrafía de los sueños’ (2011) es uno de esos libros donde un autor se cita con su memoria. Todo ello le interesaba a Juan Marsé (Barcelona, 1933-2020).

Fallece el novelista Juan Marsé.
Juan Marsé era un gran contador de historias, creador de personajes y sabía crear ambientes.
José Miguel Marco.

Ignacio Martínez de Pisón, buen amigo suyo y narrador esencialmente realista, dice desde Barcelona para HERALDO.ES. “Juan Marsé mantuvo encendida la llama del realismo en una época en la que éste estaba muy desprestigiado. Su literatura actualiza la tradición realista y la conecta con la modernidad”.

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