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María Santos-Sainz: "Goya fue uno de los primeros ‘indignados’ de la Historia"

La profesora de la Universidad Bordeaux Montaigne acaba de publicar  ‘Le dernier Goya’ (Cairn Editions), donde sigue al pintor en sus últimos años

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María Santos-Sainz, ante la escultura de Goya en Madrid, ciudad donde realiza actualmente una estancia de investigación.
Enrique Cidoncha

Ha subtitulado su libro sobre Goya ‘De reportero de guerra a cronista de Burdeos’.

Quería resituar a Goya en Burdeos. No soy especialista en arte, sino profesora de Periodismo, y buscaba ofrecer una nueva mirada sobre él, desde su flanco político y periodístico, y demostrar que, si bien es cierto que tenía ojo de pintor, también lo es que poseía mano de reportero. Ahora que tanto se habla de un nuevo género, el cómic-reportaje, no hay que olvidar que sus series de grabados deben concebirse como el nacimiento del periodismo visual, por la forma en que están planteados, por su imparcialidad frente a los actos crueles y por los momentos dramáticos elegidos. En los ‘Desastres de la guerra’ Goya es pionero en mostrar los estragos de un bombardeo sobre la población civil o en denunciar la violación como arma de guerra.

Aún pervive la imagen de un Goya abatido en su exilio en Francia. Usted lo dibuja lleno de vida, hambriento de pintar.

El suyo fue un exilio voluntario y en Burdeos pudo por fin pintar para sí mismo, por puro placer. Hasta entonces gran parte de lo había hecho eran encargos. ¿Y qué es lo que hizo en Burdeos? Pues, en lugar de dejarse atraer por los salones de la buena sociedad, se interesó por los olvidados, por los invisibles, por los que no tienen voz y padecen la Historia. Exploró una dimensión que ya antes había vislumbrado. Su último cuadro, ‘La lechera de Burdeos’, está protagonizado por una mujer totalmente anónima.

Juliet Wilson atribuye esa obra a Rosario Weiss, ahijada y discípula del pintor. También se dice que pudieron pintarla a cuatro manos...

Aunque así fuera, hay mucho de Goya en esa pintura. Para el artista aragonés la mujer era una alegoría de la justicia, la libertad, la esperanza... Hay mucha serenidad en ese cuadro, que abre las puertas del impresionismo. Fue un testamento que dejó al mundo. Aunque cuando llegó a Burdeos Goya ya padecía serios achaques físicos, en la ciudad francesa mostró un increíble entusiasmo por aprender y experimentar nuevas técnicas: la litografía, la miniatura en marfil... "Pinta que se las pela", escribió Moratín.

¿Por qué no fue a París, que podía ofrecerle más?

Burdeos era la ciudad ideal. Por proximidad a España, pero sobre todo porque allí tenía familiares, como Manuel Goicoechea, y amigos, como Moratín y Silvela, que abrieron una escuela, o el banquero Juan Bautista Muguiro.

En su libro estudia el papel que desempeñó Leocadia Weiss en la vida de Goya.

Leocadia y sus hijos fueron su segunda familia. Goya llegó a mediados de 1824 a Burdeos y, aunque ese verano viajó a París, regresó en septiembre y se reunió en Burdeos con Leocadia y sus hijos, Rosario y Guillermo. La Historia, en general, ha sido siempre muy misógina, y por eso hasta hace relativamente poco apenas se la ha dado importancia a esta ‘familia invisible’, como yo la llamo. Y, si lees la correspondencia de Moratín, ves que en ella se refiere a «Goya, la señora y los chiquillos» (el pintor en aquel momento tenía 78 años, 42 más que su compañera). Yo creo que Leocadia fue más importante en su vida de lo que comúnmente se piensa. Era una liberal muy afirmada, muy comprometida. Tanto, que en Burdeos logró que las autoridades francesas le reconocieran el estatus de refugiada política. Incluso se tiene una visión negativa de ella, cuando fue una mujer muy comprometida políticamente.

¿Como era Burdeos en esa época?

La ciudad ha sido tradicionalmente anglófila, pero en aquel momento era muy, muy española. Era la principal capital del exilio español, en realidad confluían allí varios exilios, y de distinto signo, pero con el denominador común de que todos eran gente instruida, una élite intelectual. Moratín escribe que en las calles se oía hablar español, pero era mucho más que eso. Había librerías y salones de lectura en castellano, y era un idioma omnipresente, no solo por nuestros compatriotas: también llegaron familias mexicanas con fortunas colosales. Goya podía haberse introducido en los salones de la buena sociedad pero, aunque hizo algún retrato de la oligarquía bordelesa, lo cierto es que, quién sabe si por su sordera, su temperamento o su misantropía, lo cierto es que no fue muy activo en su vida social. Eso sí, se encontraba con otros españoles y acudía casi a diario a la chocolatería de otro aragonés, Braulio Poc. Le gustaba pasear, ir a ver los barcos y los espectáculos populares.

También dibuja a Goya en su libro como un ‘pensador’.

Porque en sus obras se pueden leer muchos mensajes de la Ilustración y del progreso. En ese sentido, fue también una figura intelectual, algo que hasta ahora en España no se ha valorado en su justa medida. En Francia siempre se le ha dado a su obra otra lectura, más política. Goya es un icono de la modernidad política en lo que tuvo de defensa de la justicia, la razón y la libertad. Fue algo más que un simple heredero de la Ilustración. En mi opinión, fue uno de los primeros ‘indignados’ de la Historia.

¿Qué pasó con el cráneo de Goya?

No era un tema que me interesara para el libro pero, obviamente, lo he tratado e investigado. En mi opinión, acabó en una facultad de medicina, o en Burdeos o en París, se traspapeló y quizá aún continúe allí.

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