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En el adiós de Joaquín Carbonell, figura clave de la cultura popular aragonesa

El músico de Alloza, de 73 años, llevaba 47 días en la uci por la covid. La capilla ardiente se instala hoy en el museo Pablo Serrano

Muere el escritor y cantautor Joaquín Carbonell a los 73 años.
Joaquín Carbonell celebró sus 50 años en la música el dos de diciembre de 2019 en el Principal.
Guillermo Mestre.

ZARAGOZA. "Las canciones deben recoger los sonidos de la calle; las alegrías, las iras, las tristezas. Deben ser estimulantes. Son píldoras de tres minutos contra la mediocridad y la monotonía de nuestras vidas. Una gran canción tiene un poder mágico, logra inyectarnos una dosis de ilusión que nos impulsa a seguir caminando", decía Joaquín Carbonell (Alloza, Teruel, 1947-Zaragoza, 2020), que ayer murió, víctima del coronavirus, tras 47 días en la uci del Hospital Clínico. La DGA instala hoy su capilla ardiente en el vestíbulo del museo Pablo Serrano, donde sus restos serán recibidos por familiares y autoridades a las 10.30. A partir de las 11.00 se abrirá para todos aquellos que quieran darle un último adiós.

Joaquín Carbonell, que había celebrado a finales de 2019 en el Teatro Principal sus 50 años en el mundo de la música, tuvo tres maestros esenciales: José Antonio Labordeta, que le reveló un sinfín de cosas en el colegio San Pablo en Teruel, y luego fue su amigo y compañero de viaje; Georges Brassens, que usaba un humor narrativo y socarrón, no exento de maestría y erudición, y le empujó de nuevo hacia la canción tras un parón de 13 años, y Kurt Vonnegut, al que reivindicó durante un tiempo, igual que hizo con Adolfo Bioy Casares y Nicanor Parra. Y aún hubo otro gran maestro y lo tuvo en casa: su padre, profesor republicano, que le enseñó la libertad y le dio lecciones de vida, sensibilidad y curiosidad. Le regaló su primer libro: ‘Corazón’, de Edmundo de Amicis.

Carbonell se hizo a sí mismo todo el tiempo. Cuando se fue de casa a Sitges, experiencia que recrearía en su novela ‘El artista’, cuando empezó a ensayar con orquestas, cuando veía la dura existencia de los mineros en Alloza. Y luego, en aquel Teruel de ‘la generación paulina’, como escribió Javier Lacruz, se convirtió en una esponja: fue actor, escritor e intérprete de canciones, y aprendió un buen número de nombres propios de la cultura (Dylan, Lorca, Valle-Inclán, Brel, Atahualpa Yupanqui), a la luz de maestros y amigos: Eloy Fernández Clemente y José Sanchís Sinisterra, Eduardo Valdivia, Carmen Magallón o Federico Jiménez Losantos. Y la escritora Pilar Navarrete, su primera mujer.

Y aún hubo otro gran maestro y lo tuvo en casa: su padre, profesor republicano, que le enseñó la libertad y le dio lecciones de vida, sensibilidad y curiosidad. Le regaló su primer libro:‘Corazón’, de Edmundo de Amicis.

Debutó con el disco ‘Con la ayuda de todos’ (1976) y siguió publicando álbumes hasta ‘Carbonell 50 años’, un libro-disco doble (2020). Tras el largo desierto que vivió la canción de autor en España, cuando se impusieron otras estéticas, probó en TVE-Aragón, con ‘Tres asaltos’, que le dio nueva popularidad, y con 'Musicaire', entre otros programas; y en los últimos años colaboró en RNE con Pepa Fernández en ‘Hoy no es un día cualquiera’. A mediados de los 80 entró en ‘El Día’, donde fue feliz haciendo crítica de televisión, entrevistas, y escribiendo en el suplemento ‘Los aragoneses’, humorístico y serio, delirante e imaginativo, que redactaba con Roberto Miranda y Mariano Gistaín.

Sus libros

Luego Joaquín Carbonell y Roberto Miranda firmarían varios libros en común: ‘Aragón a la brasa’, ‘El Estatuto de Autonomía de Aragón. Plan B’ y ‘Gran Enciclopedia de Aragón. Preta’. Era un humor suspenso en el ingenio, el desafuero, el buen oído, la intuición y la desinhibición verbal absoluta.

Joaquín publicó poemarios como ‘Misas separadas’ (1987) y ‘Laderas de ternero’ (1994) y le gustaban esos títulos porque tenían una detonación de sorpresa y provocación dentro. Publicó libros para jóvenes como ‘Las estrellas no beben agua del grifo’ (2000) y su continuación ‘Hola, soy Ángela y tengo un problema’ (2007). Publicó varias novelas para adultos, entre ellas ‘La mejor tarde de Goyo Letrinas’ (1995), que transcurría por la sátira y la picardía, y sus dos libros mayores: ‘El artista’ (2014), que explica su propia biografía y el rodaje de ‘Viridiana’ de Luis Buñuel, y ‘Un tango para Federico’ (2016), la novela donde une a García Lorca con Carlos Gardel y a Buenos Aires, ciudad que le encantaba por sus librerías, por sus locales para cantar, por el fútbol, por el amor a la música.

Gran amigo de Sabina, firmó ‘Pongamos que hablo de Joaquín’ (2011). Hizo el ensayo biográfico ‘Querido Labordeta’ (2012), a quien le había dedicado, con dirección de José Miguel Iranzo y fotografía de José Carlos Ruiz, un buen documental, ‘Labordeta, con la voz a cuestas’ (2007), algo que también hizo con José Iranzo, en 2009, al que siempre recordaba con inmenso cariño. También le dedicó el libro ‘El Pastor de Andorra, 90 años de jota’ (2005). Le vinculaba con sus raíces. Decía: "Me enamora la buena gente". Le rindió homenaje a él y a su nieto asesinado, y a Teruel Existe, el día que recibió la Medalla al Mérito Cultural de Aragón en 2019.

En algunos aspectos, fue un solitario, iba a su aire, pero en el fondo no le gustaba estar solo. Volvió a casarse con Marisa (Virginia, para él), y tenía dos hijos: Nicolás y Alejandro, de sus sendas parejas. Era solidario, comprometido, valiente, de nervio burlón y sarcástico, y siempre estaba dispuesto a componer una canción como ‘La canción de Dimitri’ o ‘El sonajero de Martín’. Le gustó juntarse con muchos músicos y en los últimos años, ya jubilado de ‘El Periódico de Aragón’, donde firmó la columna de televisión y una entrevista diaria (y en eso se parecía a Manuel del Arco: diálogo rápido, fresco, con ingenio y continuas sorpresas, que solía cerrar ante el propio entrevistado), se unió a David Giménez (que también fue su editor) y a Gran Bob en Los Tres Norteamericanos. Lo animaban todo, erizaban de alegría, desenfado y despiporre a la propia vida.

Le gustó juntarse con muchos músicos y en los últimos años, se unió a David Giménez (que también fue su editor) y a Gran Bob en Los Tres Norteamericanos. Lo animaban todo, erizaban de alegría, desenfado y despiporre a la propia vida.

Seguía cultivando sueños: poco antes del virus (vivió el confinamiento de una manera muy activa: componía temas constantemente y ofrecía versiones de temas queridos), había llamado a José Carlos Ruiz para hacer un documental sobre los 60, cuando Teruel era la ciudad más moderna de España, pero ni en España se sabía ni en Teruel tampoco, como escribió Jiménez Losantos. Joaquín sí lo sabía y decía que de allí había salido escopeteado de sueños, hambriento de imposibles. Decía que su misión era contar historias y lo hizo. Y, además, nos dio el mar a todos y para siempre.

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