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Ricardo Lladosa, el pintor y la fotógrafa entre fantasmas

El autor de 'Madagascar' publica su segunda novela: 'Un amor de Redon' (Fórcola), d0nde le inventa una historia de amor y deseo al pintor simbolista con una mujer de origen español

Ricardo Lladosa.
Ricardo Lladosa ha dado un paso hacia la novela histórica, la novela de arte y de fantasmas.
Alberto Casas

Quizá lo primero que haya que decir de Ricardo Lladosa (Zaragoza, 1972) es que siente desde hace mucho tiempo la llamada de la literatura. Se ha curtido en reseñas, en numerosas lecturas, en búsquedas de una voz; la ensayó en críticas literarias, en diarios, en reportajes o entrevistas, en Andalan.es y en estas páginas, sobre todo. Un día, casi anteayer, se atrevió a dar el paso a la ficción, con elementos autobiográficos.

Así nació ‘Madagascar’ (Anorak, 2018), un volumen abierto, híbrido, donde Lladosa mostraba los caminos que había recorrido, sus lecturas, los pilares de su estética. Ahora, en Fórcola, publica ‘Un amor de Redon’, una novela que contiene un abanico de géneros: es una novela de arte, una novela psicológica, una novela sensual y de amor, una novela inquietante y, también, una novela histórica de atmósferas góticas con ribetes fantásticos.

Ricardo Lladosa es una enamorado de Francia. 

El protagonista de su novela es el artista y escritor, e interesante cuentista, Odilon Redon (1840-1916), uno de los grandes pintores simbolistas franceses con Gustave Moreau, fascinado por la obra y los viajes de Delacroix. Fue también el maestro de un grupo, que aparece en el libro, los nabis, un movimiento que lo reconoció como su maestro por la fuerza y la evocación de su cromatismo y por la creación de atmósferas o ámbitos oníricos, que tendrían su correspondencia en la poesía parnasiana –Verlaine, Baudelaire, Rimbaud y Mallarmé, sobre todo– y en el modernismo de Rubén Darío, autor de ‘Los raros’, que es su gran homenaje a un tejido cultural inagotable, que se atropella de estéticas, de sensibilidades y de caminos inciertos.

A Ricardo Lladosa todo ello le interesa y arma una novela llena de erudición, de guiños. Una novela pictórica y literaria. A Odilon Redon le encargan realizar tres óleos que representen a tres criaturas voluptuosas y bíblicas: Betsabé, Judith y Salomé. El encargo debe realizarlo en un castillo, donde sucederán muchas cosas: el ocioso dueño, Levy, tiene un hijo más bien estrafalario y una esposa sorprendente. Ainhoa. Es fotógrafa y asiste a cursos de fotografía. Y ella, curiosa, atractiva, probablemente alejada en los afectos de su marido, quiere fotografiarlo. A partir de ahí suceden cosas.

Ricardo Lladosa intenta huir de la plantilla histórica. Del acartonamiento. Ambienta bien su mundo, teje relaciones, explora esa suerte de ‘Arriba y abajo’ visible en la novela, acota situaciones, despliega su imaginación narrativa en el mundo, informa, alecciona, seduce, y antes de que el lector se haya dado cuenta le da un giro a su relato.

El amor es importante, el deseo, el sueño; la tentación del adulterio ronda y ronda, el anhelo de los besos, la cercanía de Ainhoa y Odilon, a quien le espera su esposa. Pero hay otros elementos: la maldición del castillo, un jesuita turbador, los fantasmas que parecen volver. En cierto modo, Ricardo Lladosa ha creado una trama que se ajusta a la perfección a la complejidad de su personaje: Odilon Redon pintaba y dibujaba, pintaba mucho mejor que dibujaba, le atraía el ocultismo y pensaba que la realidad tiene oquedades mágicas.

‘Un amor de Redon’ funciona, ilustra, nos lleva de paseo por aquella Francia que era como un territorio inagotable de arte y de experiencias creativas de libertada. 

Es la novela de la implicación y del compromiso estético y documentado de un novelista que crece.

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