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etcétera de verano

La atracción de los valientes

Los primitivos ‘ferrocarriles escénicos’ del siglo XIX han evolucionado hacia pistas extremas concebidas para hacernos gritar de miedo.

Las caídas a toda velocidad, los giros imposibles y la sensación de ingravidez provocan un chute de adrenalina.
Las caídas a toda velocidad, los giros imposibles y la sensación de ingravidez provocan un chute de adrenalina.
R.C.

En el siglo XVIII se puso de moda entre la clase alta de San Petersburgo una atracción que consistía en acondicionar en los jardines pistas pendientes cubiertas de hielo para deslizarse por ellas montados en trineos o carros con ruedas, salvando un desnivel de unos 20 metros hasta aterrizar en una pila de arena para no hacerse daño. La propia emperatriz Catalina de Rusia tenía una en su palacio de Oranienbaum. De ahí que esta atracción sea conocida como ‘montaña rusa’ en español y sus correspondientes en francés e italiano. Es irónico, en cambio, que en Rusia sea conocida como ‘montaña americana’.

Al parecer, los soldados rusos que invadieron París tras la derrota de Napoleón en 1814 propiciaron la difusión de este entretenimiento y poco después se inauguraba la montaña rusa de Belleville y los Paseos Aéreos de los Campos Elíseos. En los jardines Tívoli de Copenhague abrió en 1843 el primer parque de atracciones pensado para entretener a la clase media a precios asequibles.

Pero fue en América donde la montaña rusa adquirió su máximo desarrollo. Una de las primeras atracciones que se puso en marcha fue, a mediados del siglo XIX, un trenecito de transporte de carbón que aprovechaba una pendiente de 14 kilómetros desde las montañas dePensilvania hasta la población de Mauch Chunk. Cuando el negocio declinó, el propietario descubrió que su medio de transporte podía tener una vertiente lúdica para los amantes del riesgo.

Otro hito en la historia de los ‘rollercoaster’ fue la construcción de uno de estos circuitos en Coney Island, Brooklyn, Nueva York, posiblemente el parque de atracciones más famoso del mundo. Entre ocho y diez pasajeros, según su peso, montaban en un vagón que se deslizaba por un raíl de 180 metros a 9 kilómetros por hora hacia el mar e, impulsados por la inercia de la bajada, llegaban a una torre donde cogían otro vagón para regresar al punto de partida. Muchos pensaron que su impulsor, LaMarcus Adna Thompson, estaba loco y que nadie se atrevería a subirse, pero abrió el 15 de junio de 1884 y, cobrando el billete a 5 centavos, tardó apenas tres semanas en recuperar su inversión.

En los años siguientes los diseños lineales de los ‘ferrocarriles escénicos’ fueron sustituidos por circuitos con curvas, subidas, bajadas, túneles y tirabuzones. Los avances tecnológicos en los materiales –las estructuras pasaron de la madera al acero–, así como en la tracción, la sujeción y la frenada, permitieron aumentar la velocidad, trazar pendientes más pronunciadas y curvas más cerradas con menos accidentes.

En las décadas siguientes los parques de atracciones se extendieron por todo Estados Unidos y a finales de los años 20 del siglo XX había más de 2.000 por todo el país. Sin embargo, entraron en decadencia con la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial y no volvieron a recuperar su esplendor hasta los años setenta.

La Montaña Suiza

En España, el primero de estos trazados se inauguró en 1928 en San Sebastián, donde sus viajeros aún siguen disfrutando de las espectaculares vistas de la ciudad y del mar desde el monte Igueldo. La atracción diseñada por el ingeniero alemán Erich Heidrich, la más antigua construida en acero que aún se encuentra en funcionamiento, recibió el nombre de Montaña Suiza porque durante la dictadura de Primo de Rivera, como más tarde en el franquismo, cualquier alusión a los comunistas –y ‘rusa’ lo era– estaba prohibida. Otros frutos surrealistas de esa norma no escrita fueron el ‘filete alemán’ y la ‘ensaladilla nacional’.

Hoy en día los diseñadores de montañas rusas buscan extremar la emoción, poner a sus clientes patas arriba, con el corazón en la boca y el estómago en los pies. Hay atracciones con agua, invertidas, sin suelo, giratorias o con caída libre, velocidades de hasta 200 kilómetros por hora y alturas de más de cien metros. De vértigo.

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