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'Gracias por venir', de Soledad García Garrido, ganador del XIII Concurso de relatos de Heraldo.es

El jurado ha decidido conceder un accésit a otros dos títulos.

XIII Concurso de relatos de Heraldo.es
XIII Concurso de relatos de Heraldo.es
Heraldo.es

El relato titulado 'Gracias por venir', de Soledad García Garrido, ha sido el elegido por el jurado como ganador del XIII Concurso de relato breve de HERALDO. En esta ocasión el jurado ha otorgado dos accésits, que corresponden a 'Cuerdas', de Fernando Vicente Galve; y 'La fotografía', de Cristina Ortega Peirona.

En su acta, el jurado argumenta la elección de 'Gracias por venir' por su "sorprendente dominio de la mecánica del microcuento que encierra una historia más amplia de lo que a priori se lee. El relato responde de manera perfecta a la unidad de efecto final del canon clásico".

En cuanto a los accésits, de 'Cuerdas' el fallo destaca que el texto "posee una poética muy cuidada y de bellas imágenes, con un final espectacular y un trato acertado del tema amoroso".

El jurado también destaca “la exaltación y evocación de la memoria a través de una historia muy abierta donde lo que parecer ser el final no es sino el principio de un cuento esperanzador" en el relato titulado 'La fotografía’.

En total se han presentado más de 260 relatos, con predominio de temas como el amor, la muerte, la soledad, la nostalgia del pasado o el mundo rural, entre otros. Los autores participantes proceden en su mayoría de Aragón, aunque también se han recibido relatos de distintos lugares de España y de países como Alemania, Cuba, México, Colombia o Argentina.

El jurado, compuesto por la poeta y narradora Olga Bernad, la librera y crítica literaria Eva Cosculluela, el escritor y periodista de HERALDO Antón Castro y el periodista de Heraldo.es Pedro Zapater, ha querido destacar la calidad de los relatos participantes.

Ganador: 'Gracias por venir', de Soledad García Garrido
Gracias por venir
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Mamá desaparecía cuando menos lo esperábamos, estábamos acostumbrados a ello. Papá decía que tenía una naturaleza variable, como una nube de primavera. Nada nos extrañaba porque la habíamos visto hacerlo desde que teníamos uso de razón.

Lo bueno era que acababa regresando, aunque, a veces, amenazara con lo contrario. En cambio, papá se mostraba metódico como una fórmula matemática. Se encargaba de lo principal: por algo era quien llevaba la batuta.

Por mi parte, procuraba comportarme como lo hace una familia unida. Ese era el truco, a pesar de que en ocasiones me dolía la barriga solo de pensar en la posibilidad de que ella no volviera.

Mamá se esfumaba y era cuando papá se concentraba en tenerlo todo bajo control. Su mayor ilusión era que fuésemos felices. Nuestros nervios crecían en el momento clave, el que más miedo nos producía, que era mientras yo sujetaba el paño negro y papá, con un golpe de varita, encandilaba al público con sus habilidades de mago.

Accésit: Cuerdas, de Fernando Vicente Galve
Tender la ropa es una tarea cotidiana que se realiza en cualquier hogar.
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Las cuerdas verdes y blancas cruzan el patio de luna de tendedero a tendedero y a Maite se le figuran los hilos de un telégrafo que transmite los secretos de cada casa. La discusión de un matrimonio mientras la mujer descuelga con fiereza la ropa escolar. El disimulo de alguien que esconde ropa interior bonita bajo sábanas de poliéster. A veces, durante la siestas de verano, las cuerdas vibran furiosas y resuenan los chirridos de las poleas, gemidos por todo el patio.

A Maite le gusta escuchar esos secretos, aunque teme que el telégrafo difunda sus propias pulsiones. Pero hoy, en la cuerda que llega hasta la galería de su cocina, solo hay una prenda, una camisa azul de su vecino, y Maite siente la tentación de atraerla hacia sí, de oler el cuello, de dejar una mancha de carmín, de confesarse, de desatarse de una vez por todas.

Accésit: La fotografía, de Cristina Ortega Peirona
La fotografía
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En la fotografía aparecían dos mujeres, una de ellas con un libro bajo el brazo. En el reverso de ésta se podía leer la fecha en la que fue tomada: 23 de abril de 1952, tres días antes de que partiesen en el tren rumbo a Nantes. Este libro fue el único que habían podido salvar de su modesta librería, que ardía por culpa del cigarrillo de aquel militar. En sus rostros se podía leer la esperanza de escribir juntas una nueva historia, pero al mismo tiempo la decepción de tener que emprender un viaje para conseguirlo. Ahora tengo entre mis manos ese mismo libro, el que me regalaron entre besos y lágrimas justo antes de partir. El tacto de sus páginas, que son suaves pero que amenazan siempre con cortar, me recuerda a los momentos vividos junto a ellas. Nunca sabré si todo aquello fue el comienzo o el final de una larga historia.

Lea todos los relatos del XIII Concurso de relato breve de Heraldo.

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