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HUMOR

Germán Redondo: "El chiste está ya en desuso"

El decano de los payasos aragoneses (cumple 80 este año), símbolo de una época que desaparece en el circo, cree que su trabajo es el mismo que el de cualquier actor y defiende la vigencia de un arte cada vez más complicado

Germán Redondo
El payaso Germán Redondo, el pasado miércoles, poco antes de recoger el Premio Honorífico en la Gala del Teatro aragonés.
Raquel Labodía

Usted empezó de actor...

En el Teatro Principal, como meritorio. El Sindicato del Espectáculo te mandaba allí para que las compañías que llegaban a la ciudad te dieran algún papelito.

Y acabó haciéndose payaso.

Siempre tuve esa ilusión, aunque al principio me parecía lo más difícil del mundo. Fui a varios circos pero me mandaron a paseo.

¿Y entonces?

Conocía a Txomin, un chico que luego fue utillero del Real Zaragoza y que entonces hacía actuaciones en colegios, y me dijo si quería hacer de ‘cara blanca’ con él. Así empecé.

Con Enrique Benedí creó en 1959 un dúo histórico de payasos, Los Opelli. Uno trabajaba en Giesa y otro en la Tudor. Y lo dejaron todo y recorrieron medio mundo.

En 1961 o 1962, el empresario taurino Francisco Santos nos contrató para un espectáculo veraniego en plazas de toros. Había cuatro números de circo y uno de ellos éramos nosotros. Después, toreaban Paco Camino y el novillero Chiquito de Aragón. Aquello fue nuestra mejor escuela porque no hay sitio más difícil para actuar que una plaza de toros, y nosotros hicimos casi 50 en un verano.

Y de ahí, a las carpas.

Unas fiestas del Pilar vino a la ciudad el circo Coliseum, y un locutor de Radio Zaragoza, Eduardo Vijil, le hizo una entrevista al domador Angelo Alessandrini en la jaula con todos los leones. Se organizó un fin de fiesta, nos llamaron, contamos varios chistes sobre los americanos, que entonces estaban de moda, caímos en gracia y el empresario nos invitó a continuar la temporada con ellos. Poco después fuimos a actuar a un teatro en Melilla, que no pudo ser, pero allí cayó el circo Amar de Francia. Quería pasar a la Península, se lo impidieron y acabamos tres años con ellos de gira: Argelia, Marruecos, Túnez, Libia, Egipto, Italia, Francia... Era uno de los mejores circos de la época. Entonces se llevaban los payasos habladores y nosotros no sabíamos francés. Lo aprendimos en bares y cafeterías, preguntando.

Con el Amar se produjo el famoso incidente en Argelia.

Era el año 63 y el país estaba muy revuelto, con los ‘pieds-noirs’, la OAS... Nos pararon en una carretera varios hombres con metralletas. Buscaban «a un moro» que nosotros no sabíamos que viajaba con nosotros en los camiones, escondido, y, cuando lo descubrieron, lo mataron allí mismo. A nosotros nos dejaron.

¿Qué cualidades debe tener un buen payaso augusto?

Ser espontáneo, tener un gran repertorio, entregarse y no alzar la voz. No por gritar mucho haces más gracia. El público capta enseguida si tienes ganas de trabajar y, si se desconecta, ya no lo recuperas. Un buen payaso toca varios instrumentos y es un poco acróbata. Y debe saber caerse.

¿Cómo?

Un día, en el Parque de Atracciones de Zaragoza, haciendo el número de ‘La barbería’, en el que me caigo al suelo tras meter el pie en un cubo de agua, no pude quitarme el cubo a tiempo y me volví a caer. Luego me resbalé en el agua jabonosa y caí por tercera vez. La gente se partía de la risa creyendo que todo formaba parte del número, aunque en realidad yo estaba roto de tantos trompazos. Y, al acabar, el gerente del parque me dijo: «Este número ha sido fabuloso, lo tienes que hacer en todas las funciones». Y yo le contesté: «Lo siento, pero lo ha visto por primera y última vez». Por eso digo que hay que saber caerse.

El circo tiene una magia especial pero es muy duro.

Es otro mundo. En mis tiempos dormías en camiones con carrocería de metal: mucho calor en verano y frío en invierno. Hoy ya tienes ‘roulottes’ superequipadas y muy cómodas. Entonces dabas tres funciones al día y muchas noches, al acabar la última, había que salir deprisa en busca de la próxima ciudad para no perder un día de actuación. El circo es difícil también porque no ves al público.

Tampoco en muchos teatros.

Pero es bueno verlo. Parece increíble pero, si estás a la puerta cuando entra el público, todo cambia, te lo metes aquí (se señala a la cabeza). Si estás encerrado en tu caravana hasta la actuación, te enfrentas a algo que no conoces, y es peor.

Y si el número no hace gracia...

Es lo más duro. Los payasos son la columna vertebral del circo, y a veces hay públicos apáticos, que no dicen nada, y te sientes fatal. En Santiago de Compostela, que es ciudad de estudiantes, hubo una época en la que, si no gustaba la actuación, no decían nada pero se daban la vuelta y se quedaban el resto de la función dando la espalda a los artistas. Se lo hicieron incluso a los Tonetti. Ahora el público no es así.

¿Desaparece el circo tradicional?

Va de capa caída. El rechazo a los números de animales ha hecho mucho daño, pero el problema es muy anterior, se remonta a los años 70, cuando sufrió un bajón tremendo y empezó a incorporar a artistas ajenos, como Torrebruno o Los Panchos. Se dice que mientras haya niños habrá circo pero yo lo empiezo ya a dudar. Si a un niño de ahora le das a elegir entre un videojuego y una pareja de payasos... va a elegir el videojuego. Los niños han perdido la inocencia y solo se implican con lo que les interesa.

Nos reímos menos.

De cosas distintas. Las gracias de hace 20 años ya no funcionan. El chiste, por ejemplo, antes era imprescindible y hoy está en desuso. El público no lo admite ya.

En la crisis quizá influya que el ‘más difícil todavía’ es imposible.

En el circo está todo inventado. Yo siempre digo que Codona (un mítico trapecista mexicano) dio el triple salto mortal demasiado pronto. Nadie ha hecho ya cuatro saltos mortales. Paoli hizo malabares con nueve mazas y nadie los ha podido hacer con 10. Los Raluy renovaron el número del hombre bala lanzando simultáneamente a un hombre y una mujer, pero ya nadie puede ir más allá. En muchos números se ha alcanzado el límite. Las artes circenses tienen futuro en formatos como el Circo del Sol o fuera del propio circo. En otros contextos aún causan admiración.

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