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Aragón

Unamuno: el filósofo y narrador enamorado de las cumbres del Pirineo

Alejandro Amenábar ha iniciado, en Salamanca, el rodaje de su película ‘Mientras dure la guerra’, centrada en el autor de ‘San Manuel Bueno, mártir’ y ‘Niebla’, que estuvo por Zaragoza y por las montañas del Altoaragón al menos en 1918 y 1932.

09/06/2018 a las 05:00
En Jaca, 1932. Unamuno con sus alumnos de los Cursos de Verano.Unizar

El inicio del rodaje de la película ‘Mientras dure la guerra’ de Alejandro Amenábar ha devuelto a la actualidad a Miguel de Unamuno y a su confrontación con el general Millán Astray. El poeta, narrador, filósofo y ensayista,  nacido en Bilbao en 1864 y fallecido en Salamanca el último día del año 1936, es una de las grandes figuras de la Generación del 98, que formaron autores incuestionables como Ramón María del Valle-Inclán, Antonio Machado, Azorín y Pío Baroja. 

Unamuno es el filósofo del grupo y como todos ellos fue un gran viajero. Una de sus aficiones indisimuladas fueron los Pirineos oscenses, que visitó en agosto de 1918 por primera vez. A un amigo, por entonces, le escribió una carta en la que le decía: "Me siento cansado y anhelo que acabe el curso para descansar. Nada mejor en efecto para ello que una escapada por los riscos pirenaicos".

Ese primer viaje a Aragón lo historió el propio Miguel de Unamuno –que se escribía con Santiago Ramón y Cajal y con Ramón de Lacadena, que le envío su libro ‘Toros y toreros’–, primero a través de siete postales que remitió a su familia y luego en un artículo que publicó en ‘La Nación’ de Buenos Aires. En el epistolario íntimo y breve, el día 15 le escribió a su hijo Fernando desde Zaragoza y le mandó una tarjeta del Puente de Piedra. Le dijo que se quedaba a pernoctar en la ciudad y le pedía que le escribiese a la Fonda San Ramón de Barbastro. En otro lugar, Unamuno dirá que pasaba siempre de largo por Zaragoza, y vemos que en esa tarjeta parecía fundamentar con severidad esa decisión: "No me gusta nada Zaragoza. El Pilar parece una sesión de baile y la Seo está estropeada con desaforadas barroquerías". El texto da a entender que sí se detuvo en la ciudad y que paseó por la plaza de las catedrales. Lástima de su decepción. Se trasladó a Huesca y se enfrentó a las cumbres. Desde Benasque, durante una visita al lago de Renclusa, le escribió a su mujer Concha Lizárraga (con la que tuvo nueve hijos) y, además de elogiarle el paisaje que ve ante sus ojos, le recordaba que en Barbastro no pudo ver a una amiga de la familia, Mercedes. Y ese mismo día, 19 de agosto, también le envió otra postal a su hijo desde el santuario de Guayente.

La mirada del excursionista

Anduvo casi 15 días por las montañas y los ibones: a su esposa y a sus hijos Fernando, Ramón y Rafael les contaba sus excursiones por la Cabaña de la Renclusa o la falda de la Maladeta. Le decía a Rafael: "Vamos a hacer noche hoy en esta casa que ves a la vuelta, más de 500 metros más alta que la Peña de Francia, aunque menos que la de encima de Candelario". Parece que con el paso de los días convirtió a Benasque en su cuartel general, y desde allí le refirió a su esposa una excursión a Castejón de Sobrarbe, una visita a un catedrático aragonés de Medicina en Salamanca, Enrique Nogueras Coronas, y una descripción de Campalets. "Esto es una aldea de pocas casas. Llevo unos días con una fuerte indisposición de vientre. Por lo demás bien. Hace un calor terrible".

Miguel de Unamuno, "el ilustre e infatigable excursionista", como lo llamó lo llamó Manuel García Guatas, regresó a Aragón en agosto de 1932. El día 27 ofreció una conferencia en el Teatro Unión Jaquesa,  en los Cursos de Lengua y Cultura para Extranjeros de la Universidad de Zaragoza en Jaca. Lo acompañaron, además de alumnos y profesores, el rector de la Universidad, Gil Gil y Gil, y el director de los cursos Domingo Miral, que había sido compañero suyo en Salamanca.

Durmió en el hotel Mur y realizó una visita, "en privada romería", con el polígrafo Ricardo del Arco y profesor Vallejo, al monasterio de San Juan de la Peña. La excursión dará lugar a un artículo, ‘San Juan de la Peña’, que se publicó el 4 de septiembre de ese año en el diario ‘El Sol’ de Madrid y que se recogió en el libro póstumo ‘Paisajes del alma’ (1942).

Miguel de Unamuno se zambulle en el espíritu de San Juan de la Peña, en su historia, en su carácter legendario. "Cruzamos arboledas de leño, de madera, no de frutos, donde el acebo hacía brillar sus erizadas hojas, como un arma. Y bajamos al viejo y venerable santuario. En un socavón de las entrañas rocosas de la tierra, en una gran cueva abierta, una argamasa de pedruscos que se corona con cimera de pinos. Y allí, en aquella hendidura, remendado con sucesivos remiendos, el santuario medieval en que se recogieron monjes benedictinos".

Uno de los personajes, vinculados con el recinto, que más le impresiona es el Conde de Aranda: "Entre las tumbas, a su pie, en el suelo, rota la losa, la de aquel Don Pedro Abarca de Bolea, recio aragonés de rancio linaje, aquel conde de Aranda que llena el reinado de Borbón.  (…) Allí el conde de Aranda enciclopedista, gran maestre de la masonería española, amigo de Voltaire, el que primero expulsó a los jesuitas de España y consiguió, con Floridablanca, que el Romano Pontífice disolviera la Compañía de Jesús. Y allí, desterrado en su nativa tierra, rindió su espíritu el último año del siglo XVIII". Resume así su impresión del lugar: "San Juan de la Peña era la boca de un mundo de roca espiritual revestida de bosque de leyendas".

En la Jaca de Fermín Galán

El artículo se cierra con un homenaje a Fermín Galán (fusilado con García Hernández), a la insurrección de Jaca y al paisaje: "Sin detenernos en el monasterio de arriba, el del siglo XVIII, más que a tomar un tente en pie, nos volvimos a Jaca. Y luego, pasado Hecho y aquel rudo monasterio de Siresa (…) oímos a uno de los protagonistas de la última proeza legendaria, la de la sublevación de Fermín Galán, narrar lo que soñó que hizo mientras lo hacía y soñaba. Y todas las figuras legendarias, todas las que soñamos para poder vivir historia, se perdieron en el bosque augusto que nos ceñía y que soñaba la Tierra perdida en el cielo".

El bibliófilo y escritor José Luis Melero ha glosado la visita de Unamuno a través de un amigo, que tenía 15 o 16 años entonces: "Este amigo recordaba aquella conferencia con gran emoción y me la contaba con todo lujo de detalles a finales de los años 70 en Jaca. Siempre me decía: “Yo tuve el privilegio de asistir a un momento histórico: la visita de Unamuno a Jaca”. Y se enorgullecía mucho de ello".

 





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