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Literatura

Picadillo: el gastrónomo más gordo del mundo vino a Zaragoza en 1913

El autor de ‘La cocina práctica’ (1905), con sus 275 kilos de humanidad y humor, amigo de Emilia Pardo Bazán y Wenceslao Fernández Flórez, dos veces alcalde de La Coruña, estuvo en la Seo, el Pilar, el Mercado Central y el Museo Provincial.

02/06/2018 a las 05:00
política. El alcalde posa con elegancia; abajo, en su particular carro en el pazo de Anzobre.Archivo Purga/Maceiras

Si en La Coruña impactó mucho el gigante aragonés Fermín Arrudi, ocurrió otro tanto en Zaragoza con la presencia de Manuel María Vázquez Puga (1874-1918), columnista de ‘El Noroeste’ y ‘El Orzán’, abogado, escritor, gastrónomo y político; sería en dos ocasiones alcalde de la capital herculina, entre octubre y diciembre de 1915, y de julio a agosto de 1917. Estuvo en Zaragoza en mayo de 1913, y para entonces ya había publicado algunos de sus libros más famosos: ‘36 maneras de guisar el bacalao’ (1901) y ‘La cocina práctica’ (1905), que se habían convertido en todo un éxito popular; llevaba un prólogo de su gran amiga Emilia Pardo Bazán, amante secreta de Galdós y especialista en cocina, además de la gran narradora del naturalismo en España. Era contertulio de Wenceslao Fernández Flórez.

Picadillo vivía cargado de anécdotas. En 1892, decidió recorrer mundo y se fue a Cuba en el vapor ‘Alfonso XII’. Allí tuvo un desencuentro con un joven cubano y se desafiaron a un duelo; no llegó a celebrarse porque Picadillo era tan obeso (275 kilos) que no podía moverse. El escritor Luis Antón del Olmet contó que un circo que se instaló en La Coruña presentó a un alemán como el hombre más grueso del mundo. No debía serlo; más de uno, contrariado, dijo: "Manolo Puga es más gordo y se le puede ver por la calle". Tenía asiento doble en el cine Rosalía de Castro.

Picadillo tenía claro que el humor empieza por uno mismo. Por eso escribió un artículo que se titulaba: ‘Quiero ser concejal’. En ‘El Noroeste’, en primera página, publicó su artículo ‘De viaje. Por fin te veo’, el 15 de mayo de 1913. Así arranca: "El tren se ha detenido en una estación amplia, y de un vagón muy alto, tan alto que me obliga a hacer unos pinitos gimnásticos de la más elevada elegancia, desciendo yo. Pero no creáis que soy yo aquel Picadillo que veis por vuestras calles un tanto ‘deshabillé’, a veces con el pantalón algo corto, otras acaso portador de tal o cual lámpara que la sartén freidora o la cazuela efervescente tuvo el nada piadoso empeño de colocar en mi americana. No; soy el Picadillo viajero, de lentes negros, guardapolvo, botines y guantes grises, toilette completada por una amplia gorra de plato, un saco de viaje y una guía de ferrocarriles, mucho más difícil de consultar que el Alcubilla. Un ¡¡¡ah!!! de admiración me acoge en aquellos andenes, y ante aquel ¡¡¡ah!!! se encrespa el Ebro y tiemblan al unísono la torre de la eso y las cúpulas del Pilar. Estoy en Zaragoza".

Se trasladó al Gobierno Civil y le dijeron que el gobernador estaba en la plaza de toros solucionando un conflicto; no tarda el volver y recibe al visitante "con exquisita amabilidad poniéndose incondicionalmente a mi disposición".

Los tesoros de la Seo y el Pilar

Se citaron para el día siguiente para visitar los monumentos. Empezaron por la Seo, y ahí la prosa de Picadillo se enjoya: "Monumental, estupenda, colosal, grandiosa, magnífica, soberbia. Escoged el calificativo que mejor os dé idea de lo suntuoso y aplicadlo a esta catedral aragonesa. Un cicerone de sotana y babero (...) va delante de nosotros explicándonos todas aquellas maravillas. “En este sepulcro yacen los restos de tal rey; en aquel otro los de tal arzobispo protector de Zaragoza”. En la sacristía nos enseña un trozo de granada incrustado en un muro y una reja torcida y una pared agrietada, todo ello recuerdo de la invasión francesa y del heroico sitio".

Un poco abrumado ante tanta opulencia, observa: "Describirlo todo sería tarde de muchos días y de mucho espacio". Y de allí se van al Pilar. "La Pilarica es una imagen pequeñita y sin lances artísticos ni escultóricos de ninguna clase. En varias ocasiones han tratado de sustituirla por otra grande y espléndida encargando de su construcción a los más afamados escultores, pero los aragoneses se han opuesto terminantemente y ya sabéis lo que es un aragonés oponiéndose".

El escritor y viajero coge carrerilla: "El templo es hermoso, pero más moderno que la Seo. Esto no quiere decir que no haya en él joyas, cuadros antiguos y ropas de gran valor, y sobre todo los mantos de la Virgen, regalados por reyes y príncipes, son de un mérito artístico enorme. Pero lo que deslumbra, lo que es verdaderamente suntuoso, es la corona que las damas españolas regalaron a la Pilarica. Es casi toda ella de brillantes. Solo la rodean algunas esmeraldas enormes y la remata una perla de gran tamaño en forma de pera, colocada en la parte superior. Ha costado ciento veinte mil pesetas. Tiene, además, millones de sortijas, pulseras, pendientes, imperdibles y toda clase de alhajas. En la vitrina de las joyas aparece en primer término un bastón de mando regalado por D. Alfonso XII y un arco de violín de Sarasate".

El señor del pazo de Anzobre

Desde allí se desplazó "a la puerta del mercado", el Mercado Central, quizá, y se quedó fuera: "Acababa de encender un cigarrillo, cuando oigo la siguiente exclamación: "Maño, maño, ¡¡¡mia tú qué hombre, ridiós!!!". Y el maño me miró y tras éste otro maño y después más maños y más mañas y más mañicos; y por último, el caos". Prosiguieron el paseo "por las afueras de Zaragoza". Se trasladaron al Museo Regional de pintura y escultura, "en donde perdí mi incógnito, puesto que la simpatiquísima señora del gobernador civil me llama Picadillo con sus nueve letras".

Alternó su residencia entre su pazo en Anzobre, en Arteixo (el pueblo de Arsenio Iglesias, de Amancio Ortega ahora), donde iba y venía en su carro campesino de vacas, con su casa de La Coruña. Murió en 1918 y no fue nada fácil trasladarlo a su mansión rural, donde yace ahora se celebra una romería, a pesar de que había ido a Alemania a una cura de adelgazamiento que redujo su peso de 275 a 225 kilos.

"Picadillo tenía la enorme capacidad de estar en mil frentes al mismo tiempo. Lo que más me está sorprendiendo es su humor tan personal, incluso fue presidente de su propio equipo de fútbol, el Picadillo C. F., ese humor tan necesario en los tiempos en que vivimos y seguramente en los que le tocó vivir a él. Ese humor queda muy patente en las 160 crónicas de Picadillo que editaré en breve", resume el escritor y periodista Xabier Maceiras desde Arteixo, precisamente.





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