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Malasaña: de estandarte de lo diferente a testigo de una agresión homófoba

Hoy los vecinos veían su tranquilidad perturbada por una multitud de medios de comunicación que se afanaban en indagar por la cruel agresión de la que muchos preferían no hablar.

An LGBT flag hangs near surveillance cameras in Malasana neighbourhood, site of a suspected homophobic assault on a 20-year-old Spaniard in central Madrid
Una bandera LGBT cuelga cerca de las cámaras de vigilancia en el barrio de Malasaña, donde se produjo la presunta agresión homófoba a un joven de 20 años en el centro de Madrid.
SUSANA VERA

El barrio madrileño de Malasaña lleva años siendo la viva imagen de la diversidad y la pluralidad. En pleno corazón de la capital y a escasos metros de Chueca, Malasaña inunda sus calles con el ambiente de sus terrazas, las tiendas de segunda mano, pequeñas pastelerías, estudios de tatuaje y galerías. Cubre sus fachadas de colores, llamativos estampados, grafitis, algunos de ellos ya descoloridos o tapados con carteles de conciertos y obras de teatro.

Hoy, sin embargo, los vecinos veían su tranquilidad perturbada por una multitud de medios de comunicación que se afanaban en indagar por la cruel agresión homófoba de la que muchos preferían no hablar.

El pasado sábado todo transcurría con normalidad en la calle de La Palma. Había poco tráfico, como suele ser habitual y el buen tiempo había invitado a muchos a pasear, aunque no en esa calle, menos concurrida que las que tienen terrazas y restaurantes.

Alrededor de las cinco de la tarde ocho encapuchados asaltaron a un joven de 20 años en su portal, le cortaron el labio y le desnudaron de cintura para abajo para grabar con una navaja la palabra "maricón" en su glúteo.

Cerca de allí, a las puertas de una pequeña tienda de ropa "vintage" estaban hoy Marta y Carla, dos estudiantes de Educación Social. Se enteraron de lo ocurrido por su chat de clase, como ellas mismas cuentan. "Sientes una impotencia increíble, es que le han escrito "maricón" como si a mí me escriben "rubia" y me estuvieran castigando por ser algo que yo no he escogido sino que soy así y punto", dice Marta."¿Dónde está la libertad?" -y eleva el tono de voz- "¿Dónde está si no puedo salir a la calle y ser quien soy?".

Marta apunta a que lo más "impactante" es que en apariencia es algo muy premeditado, "no es que estuvieran por la calle y ¡hale!, a pegar al maricón de turno y hacer el gorila como los machitos que somos, es que lo tenían planeado, es vergonzoso".

Fernando también se enteró por las redes sociales, acostumbra a utilizar Twitter para "enterarse un poco de lo más importante" porque no tiene tiempo para leer el periódico. "Es chocante, ¿no?, en este barrio en el que se concentra parte de la comunidad LGTBI; vamos, que yo he venido aquí en el Orgullo con mis amigos cientos de veces", explica.

Araceli cruza la esquina que une la calle de La Palma con la calle San Andrés. Va en silla de ruedas y la acompaña una cuidadora. Al preguntarle por la agresión, se lleva la mano a la mascarilla y tarda unos segundos en contestar. "Aquí nunca ha habido nada así, en este barrio siempre han convivido muy bien los críos, sean como sean, con las viejas como yo, bueno con todo el mundo", dice asombrada.

"No sé cómo ha podido ser", dice mientras niega con la cabeza. Los domingos suele quedarse en casa porque está sola y con la silla de ruedas no se atreve a salir, así que se enteró el lunes por el periódico. "¿Dices que en esta calle? Yo paso por aquí todos los días, ¿verdad hija?", dice mientras mira a su acompañante.

No puede evitar pensar en los padres del joven: "con la preocupación que tiene una cuando sus hijos salen de casa y te encuentras con eso, pues es duro, ¿entiendes?", dice apenada, a lo que añade que los jóvenes no tendrían que "tener miedo al salir a la calle".

La policía sigue investigando lo sucedido en base a las declaraciones de la víctima y las grabaciones de las cámaras que había por la zona. Mientras tanto, las coloridas calles de Malasaña lucen un tono más gris, propiciado por el asombro de sus vecinos y visitantes que hoy se sienten, como dice Marta, "un poco menos libres". 

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