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Brasil supera en contagios a España y agrava la tensión en un continente que no controla la pandemia

Con 233.511 enfermos es ya el cuarto país más afectado, mientras gobiernos como el de Costa Rica, con 843, piden ayuda a la OMS.

El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, saluda a algunos seguidores, este domingo en Brasilia.
El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, saluda a algunos seguidores, este domingo en Brasilia.
ADRIANO MACHADO/Reuters

El apocalipsis se llama Sao Paulo, la región más azotada del país que desde este fin de semana ya es el cuarto del mundo más castigado por el coronavirus. Brasil contabiliza 233.511 contagios, lo que le sitúa solo por detrás de Estados Unidos, Rusia y Reino Unido como los territorios con mayor afectación del Covid-19. Rebasa así a España, donde el Ministerio de Sanidad informaba este domingo de la existencia de 231.350 infecciones. No obstante, la letalidad en nuestro país es muy superior, ya que la epidemia se ha cobrado 27.650 vidas mientras en la república sudamericana se cuentan 15.633 decesos.

A la vista del último balance, el mensaje lanzado el sábado por la ONG Oxfam puede calificarse de premonitorio. Brasil "está asustando al mundo por el descontrol de la epidemia y el menosprecio del presidente por la vida de su población", advirtió a la comunidad internacional en una crítica al ultraconservador Jair Bolsonario, quien en su día tildó el síndrome de "gripe fuerte".

La crisis brasileña es doble. La primera, la vírica, resulta la más preocupante porque nadie sabe el coste humano que tendrá. El país no ha llegado al pico de la epidemia y se asoma al invierno austral, que allí supone una oleada gripal y brotes de sarampión. Un cóctel explosivo y expansivo, que inquieta a los gobiernos de su entorno y a la propia OMS, cuyas medidas sanitarias Bolsonaro ha despreciado sistemáticamente.

La segunda crisis es política interna y externamente. El jueves pasado, los 14 líderes progresistas del denominado Grupo de Puebla, entre quienes figuran el presidente argentino, Alberto Fernández, y los exdirigentes de Uruguay y España José Mujika y José Luis Rodríguez Zapatero, arremetieron contra los gobiernos conservadores del Cono Sur y destacaron que "el gran secreto para que América Latina pueda asumir este desafío es que las fuerzas progresistas se unan".

Desestabilización interna

Pero Bolsonaro, uno de los destinatarios del mensaje, ha creado además de puertas adentro su propia desestabilización. Enfrentado a sus gobernadores por ordenar cuarentenas -entre ellos, el de Sao Paulo, un Estado con 62.000 contagios y más muertos (4.688) de los que hubo en China durante toda la pandemia-, ha destituido en un mes a dos ministros de Salud. Al primero, por su apoyo a los confinamientos, y al segundo, además, por sus reticencias a usar la cloroquina para tratar a los pacientes como defiende Bolsonaro. Los destituidos eran médicos y el jefe del Ejecutivo ha optado ahora por un general para ocupar el cargo. Y sin aparentemente inmutarse por el incremento de enfermos, este domingo acudió con once ministros a una manifestación en su honor donde llegó a cargar con dos niños y se despachó con un par de mensajes en las redes: "El desempleo, el hambre y la miseria serán el futuro de aquellos que apoyan la tiranía del aislamiento total" y "no es el poder de agresión (del virus) lo que prevalece, sino la fragilidad de las personas".

El apocalipsis brasileño es, en cualquier caso, una muestra cruel de lo que la comunidad científica, distintos gobernantes y las organizaciones médicas que operan en América Latina han denunciado desde el comienzo de la plaga: la errática o negligente gestión de mandatarios como los de Brasil, México -que padece una vertiginosa escalada de infecciones- o Nicaragua y la incapacidad de otras naciones para contener la Covid-19. Santiago de Chile, por ejemplo, permanece aislada por completo desde el sábado tras el aumento exponencial de contagios al haber fracasado el plan ministerial de cuarentenas parciales.

Uno de los casos más inquietantes ahora mismo afecta a Costa Rica. Con solo 843 pacientes -la mayoría ya recuperados- y 8 decesos, esta nación de cinco millones de habitantes ve amenazado el éxito de su gestión -alabada por la OMS y hasta la OCDE, que acaba de incluirla en su club de socios- por los focos virales descontrolados en el resto de la región y, muy especialmente, su vecina Nicaragua, donde no hay datos fidedignos y el gabinete de Daniel Ortega alienta a los habitantes a salir a la calle y relacionarse con normalidad. A este respecto, medio centenar de diputados costarricenses han pedido a la división panamericana de la OMS que tome medidas con el Ejecutivo nicaragüense por su falta de respuesta al brote. El Congreso de Nicaragua respondió el viernes calificando la solicitud de "agresión xenófoba" y "racista".

Pero, ¿qué ha hecho Costa Rica para sostener hasta el momento el pulso a la pandemia? Al parecer no ha habido ninguna fórmula mágica más allá de la planificación. La Caja Costarricense de Seguro Social es la institución pública encargada de la atención en salubridad y su gerente médico, Mario Ruiz Cubillo, ha dicho que incluso antes de detectarse el primer caso positivo (6 de marzo) ya se establecieron protocolos para enfrentar al virus.

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