Economía
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campo de borja

De Albacete a Zaragoza y, de rebote, a Bulbuente para llevar la gasolinera de Borja

Hace 12 años que Petra Calero y su marido, César Morcillo, establecieron su domicilio en el Campo en Borja, donde había trabajo para sacar adelante a su familia.

Petra y César son el matrimonio que regenta la gasolinera Kalero de Borja.
Petra y César son el matrimonio que regenta la gasolinera Kalero de Borja.
Heraldo.es

“Somos supervivientes natos”. Petra Calero lo tiene claro, su familia nunca se ha quedado en la estacada y nunca lo hará. Natural de Albacete, lleva viviendo más de diez años en Aragón, hasta donde las oportunidades laborales le trajeron de la mano de su marido, César Morcillo, y sus dos hijos, Abraham y Luz. Su primer destino fue Zaragoza, donde César, albañil de profesión, hizo camino poniendo tabiques de escayola. Con dos niños pequeños, de 7 y 3 años, y sin abuelos en la ciudad que pudieran ayudarles, Petra trabajaba en lo más importante, el cuidado de su familia.

Pero llegó la crisis del ladrillo y César se quedó sin trabajo. Fue el primer contratiempo al que esta familia tuvo que hacer frente. En aquellos años, conocieron Bulbuente por unos amigos, les gustó la zona y compraron una casa para ir los fines de semana y en verano. “Como nada nos ataba a Zaragoza, nos enteramos de que en la gasolinera de Borja buscaban a un empleado y decidimos irnos a vivir al pueblo”, recuerda Petra. Los dueños de la gasolinera la querían traspasar y el matrimonio decidió quedarse con ella en alquiler por 15 años. Hasta ahora, han pasado 12 y no pueden estar más contentos de la decisión que tomaron. “La gente de la zona es muy fiel, tenemos muy buenos clientes y nos aprecian mucho”, asegura Petra.

Su negocio, la Gasolinera Kalero, está a la entrada de Borja por la carretera que llega desde Zaragoza, y es de las de toda la vida. “Nosotros servimos la gasolina y si se paga en efectivo, cobramos allí mismo, en la calle, con la bandolera para los cambios”. De hecho, hace no mucho que cambiaron los surtidores y todavía conservan los antiguos. “Los vamos a guardar en casa porque son una reliquia”.

En estos 12 años, las cosas han cambiado y han ido a mejor pero la primera etapa, reconoce Petra, fue complicada. “Mi hijo estaba estudiando en La Almunia y nos tenía que ayudar los fines de semana y mi hija, que estaba todavía en Bachillerato, cuando llegaba a casa también tenía que colaborar bastante”, recuerda. Cuando cogieron la gasolinera no podían permitirse pagar un salario por lo que estaban ellos dos solos, prestando servicio todos los días de siete de la mañana a diez de la noche.

Los horarios siguen así, abriendo todos los días del año excepto Navidad y Año Nuevo. Pero la plantilla ha aumentado. A los meses de coger el traspaso contrataron a un antiguo empleado de aquella misma gasolinera que ha estado con ellos hasta hace cuatro años, cuando se jubiló. Desde entonces cuentan con un chico de Bulbuente y otro de Ainzón, este a media jornada. “Es un negocio muy familiar y nos va bien. No nos vamos a hacer ricos pero nos apañamos”, asegura Petra. Con la suya, hay tres gasolineras en Borja pero asegura que hay mercado para todos. En ella se puede encontrar todo lo propio de un establecimiento así en el medio rural: además de la gasolina, hay leña, hielos, bebidas, pienso o bombonas de butano. “Estamos en un sitio muy bueno porque tenemos de clientes a los que pasan por la carretera pero también a los del pueblo y la comarca. La mayoría incluso apuran todo lo que pueden el depósito para llegar y repostar aquí cuando vuelven de viaje”, asegura.

“Trabajábamos a pérdidas pero teníamos que dar servicio”

En el tiempo que llevan al frente de la gasolinera, Petra y César se han tenido que enfrentar a algunas dificultades, como la más reciente, la pandemia. Con la movilidad restringida, durante los primeros meses los ingresos en la gasolinera Kalero se redujeron un 90%. “Trabajábamos a pérdidas pero teníamos que estar abiertos porque aquí hay centro de salud, bomberos y otros colectivos que necesitaban llenar el depósito”. Con este panorama, decidieron hacer un ERTE para los dos empleados y reducir el horario de atención al público. “Abríamos a las ocho de la mañana y cerrábamos antes, sobre las siete u ocho de la tarde. Mi marido iba por las mañanas y yo por las tardes y el fin de semana estuvimos cerrados”, recuerda Petra, cuya vuelta a casa de cada día coincidía con los aplausos a los sanitarios desde los balcones. “A veces pensaba que también nos aplaudían un poco a nosotros, que estábamos al pie del cañón prestando un servicio”.

Ahora que lo peor ya ha pasado, Petra hace balance y es consciente, al echar la vista atrás, de que es una privilegiada. “Vivo en una casa con jardín en el Santuario de la Misericordia. Cuando salgo a andar por las mañanas no me cruzo con nadie y no me he sentido encerrada en ningún momento porque he estado yendo a trabajar todos los días”, reconoce Petra, que muchos días caminaba los cinco kilómetros que tiene desde casa hasta la gasolinera, sintiéndose una afortunada.

Con el capítulo de la covid-19 ya prácticamente cerrado al menos en lo que a su negocio afectaba, que eran las restricciones de movilidad por carretera, las últimas semanas han estado también algo revueltas. En esta ocasión la causa han sido los precios de los carburantes. Y eso que al ser esta una gasolinera blanca pueden buscar al proveedor más económico. “No estamos abanderados por una franquicia así que podemos comprar a quien queramos, siempre con todas las garantías. Nuestro precio lo marca la competencia y siempre nos hemos destacado por tener el más bajo de la zona”. Aun así, la tarifa ha llegado a subir a los 1,89 euros y eso lo han notado en la caja. “Que llenar el depósito cueste ahora más de cien euros cuando normalmente se llena con 70 no lo puede asumir cualquier familia. Hemos notado que la gente apura más el depósito antes de venir a repostar o, directamente, no coge tanto el coche”. Para su negocio, dice, lo que interesa es vender más litros porque, al final, el cliente suele reponer con la misma cantidad de dinero, independientemente de los litros que alcance.

Pese a estos baches, Petra y César están satisfechos del camino que emprendieron y de cómo han consolidado su negocio. Ahora, cuando les quedan tres años para terminar con el contrato de alquiler, solo tienen una cosa clara: “Lo primero que haremos será cogernos un mes de vacaciones e irnos a hacer el Camino de Santiago. Después, ya veremos”. Y es que prestar servicio con la mejor sonrisa todos los días del año durante 12 años bien merece un respiro. 

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