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Real Zaragoza: se acerca el invierno

Conforme pasan los partidos y se escapan las victorias, el Real Zaragoza se encamina hacia sus ya clásicos problemas de primer tercio de temporada.

Imágenes del partido Real Zaragoza-Eibar de este lunes, en La Romareda.
Imágenes del partido Real Zaragoza-Eibar de este lunes, en La Romareda.
Toni Galán

Como en un perpetuo bucle, cambian los protagonistas, pero no los problemas. Da igual el nombre del entrenador o la identidad del delantero centro. El Zaragoza comienza a extraviarse del mismo modo que lo viene haciendo, salvo excepciones muy puntuales, todas las temporadas exactamente en estas alturas, cuando el otoño coge velocidad, la competición se adentra hacia su primer tercio y la falta de resultados comienza a congelarle la silla al técnico de turno. Muchos de ellos -el listado parece un obelisco de soldados caídos- ya pasaron por el momento incierto al que se enfrenta ya Juan Carlos Carcedo. Solo unos pocos lo sortearon.

Su Zaragoza no pudo ganar ayer. No pudo contra 11. No pudo contra 10 durante más de una hora. Ni tampoco sacó adelante el encuentro jugando más de 20 minutos frente a 9 futbolistas. Es cierto que el colegiado, Trujillo Suárez, le arrebató un gol incontestable, marcado por Sergio Bermejo. El árbitro fue una calamidad inexplicable, tanto como su largo historial en la categoría. Una ametralladora de tarjetas, de inexactitudes, de fallos, de incomprensión del juego… Solo le faltó un espejo en el centro del campo al que mirarse para peinarse el protagonismo.

Pero el Zaragoza tiene problemas más agudos que Trujillo Suárez. Porque el árbitro pasa, pero su falta de fútbol permanece. Que el Zaragoza tuviera que jugarle tanto rato a un rival con 10 y hasta con 9 fue el velo descorrido que sacó a la luz la verdadera naturaleza de las insuficiencias de su juego. Como suele afirmarse, fue la prueba del algodón.

En este momento, el equipo de Carcedo no gana, pero tampoco convence. Las idas y vueltas en sus planes lo tienen paralizado. Su fútbol no late, no respira, no transmite. Es un equipo vacío de identidad, sobre todo, con la pelota. No marca gol, pero tampoco encuentra vías hacia él. Su problema no es el remate, es la generación de situaciones para poder hacerlos. Frente al Éibar, el técnico reunió a Azón y Simeone. Una solución natural de acuerdo a la fisonomía de la plantilla, con muchos centrocampistas y varios delanteros, pero con pocos creadores de banda, extremos o mediapuntas. Había que ganar tonelaje ofensivo contra las carencias goleadoras.

Sin embargo, la fórmula táctica y los principios del equipo apenas se alteraron. Simeone fue lanzado a la izquierda, restringiéndole así las líneas de desmarque y reduciendo su arco de movimientos ofensivos. Solo cuando el Zaragoza se quedó con uno más, el argentino se acercó de verdad a Azón como pareja. Entró también Francho en el once y el canterano contribuyó a estirar algo más el equipo dándole presencia y profundidad por delante del balón. Pero al Zaragoza le surgieron otros apuros. No le alcanzaba para intimidar a un Éibar cuyo mejor argumento se había convertido ya en el paso del tiempo, con Vada desconectando el ataque en lugar de activándolo, con Bermejo jugando al solitario, y Grau y los laterales muy escasos en la creación.

El Zaragoza es poco protagonista de sus partidos, un equipo demasiado reactivo y conjugado en condicional. Es, ante todo, indefinido. Muchas veces no se sabe si viene o si va. Cuando el Éibar le forzó a tomar el mando, no le encontró el idioma al duelo. El rival se le amuralló, se le encerró y le empujó a atacar por los carriles exteriores. Pero el Zaragoza no tiene desequilibrio. Su mejor hombre -y quizá único- en la materia, Bermejo, ya no estaba. Tampoco se forzaron superioridades en esas bandas ni se serenaron los ataques. Y ni mucho menos había quien levantara un centro más allá de dos palmos del suelo cuando en el área cargaba ya la presencia erguida de Gueye. El senegalés miraba al cielo como quien mira la falta de lluvia. Pero no le cayeron pelotas, sino las dudas propias de un equipo que solo ha ganado dos partidos de ocho y parece encerrarse en su propio laberinto.

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