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La fórmula JIM, la fórmula de la vida

El técnico alicantino pone la firma de oro a la salvación del Real Zaragoza después de seis meses de trabajo. 

Juan Ignacio Martínez, el día de su reciente presentación como entrenador del Real Zaragoza en La Romareda.
Juan Ignacio Martínez, el día de su reciente presentación como entrenador del Real Zaragoza en La Romareda.
EFE

Para poner a Juan Ignacio Martínez Jiménez (Alicante, 1964) a la altura de su portentoso trabajo, oficio y desafío cumplido en el Real Zaragoza hay que viajar, como en las mejores historias, al principio del principio. A los días en los que el equipo se agrietaba víctima de todo tipo de tensiones y zarandeos y buscaba un entrenador. Juan Ignacio Martínez eligió el Zaragoza cuando el Zaragoza le eligió a él. Y en aquellas semanas de diciembre no siempre fue así: Víctor Fernández no se atrevió con la misión de volver a salvar al escudo de su vida y exigió y exigió... Paco Jémez tuvo acordada su llegada, apalabrada en la noche y la mañana previas a que el club prescindiera de Lalo Arantegui, encargado de esas negociaciones para relevar a Iván Martínez. Jémez, sin su interlocutor ya en la entidad, pegó el portazo. Y así, aquella trama devino en la incorporación de Miguel Torrecilla, en su decisión de mantener a Iván en un estado de provisionalidad y en el telefonazo clave a Juan Ignacio Martínez unos días más tarde, un técnico que ni pidió ni exigió. En esta aventura, tenía mucho más que ganar que perder, después de cinco años orillado del escaparate español de banquillos. Casi seis meses más tarde, se observa la escena: JIM ha ganado mucho, y el Zaragoza gracias a él. Una salvación después de una reacción formidable, con el equipo ahora décimo, como el segundo mejor colectivo de la liga desde la llegada del alicantino y con un fútbol que gustará más o menos, pero es eficiente, sólido y triunfal en la Segunda División. El Zaragoza ha tenido un estilo y una personalidad. Siempre ha sido reconocible. No ha engañado a nadie. 

Se hablará del milagro o del prodigio de JIM, pero en esta conquista, sobre todo, hay trabajo. No hay fenómenos divinos ni sucesos paranormales. En el fútbol, en estos tiempos, el verdadero milagro es la paciencia. Juan Ignacio Martínez, como su valedor, otro ganador en esta historia, Miguel Torrecilla, lo primero que hizo fue confiar en los jugadores que había, una plantilla censurada en varias tribunas que, con un método, una guía y un plan, ha ido acercando la realidad a su potencial. JIM cerró filas, dio valor a sus futbolistas y repartió vitamina anímica. No podía haber revoluciones porque no había moneda para pagarlas. Del mercado invernal llegaron tres jugadores, Alegría, Sanabria y Peybernes, y solo el francés ha tenido una cuota relevante de protagonismo, por su rendimiento y por su competencia para otros. JIM ha salvado al Zaragoza con lo que había, usando, según fases y momentos, a la gran mayoría de la plantilla: casi todos han sumado y tenido oportunidades.

Sin mucho que fichar en enero, JIM se puso manos a la obra: detectó las debilidades del grupo -que las tenía, en su zona de vanguardia-, analizó las fortalezas -que el tiempo se ha encargado de descubrir que las había-, evaluó las amenazas -una Segunda División de rivales con pocos ataques potentes y que premia las defensas poderosas- y explotó las oportunidades -seis meses por delante para crecer-.

Poco a poco, fue forjando un Zaragoza eficaz, competitivo, compacto, sólido en La Romareda. ¿Quién dijo que en el fútbol de la puerta cerrada el Zaragoza no podía ganar sin su gente en la grada? En sus primeras semanas, JIM, ante todo, tuvo tiempo. El calendario se relajó, sin la saturación de las primeras semanas que tanto condicionó a Baraja o Iván Martínez, con varios jugadores ya aptos tras lesiones en el primer tramo del curso (Vigaray, Jair, James, Adrián…) y con otros con el punto de frescura que el irregular cierre del curso anterior y la anormal pretemporada impidió en la vuelta a la competición.

El Zaragoza comenzó a sumar, a ganar, a sacar la cabeza. Emocionalmente, se recuperó. Y poco a poco JIM fue acercado al equipo a la fórmula que mejor le ha funcionado siempre y que en los últimos años ha funcionado en Segunda. Con el paso de las semanas, fue evolucionando hacia un fútbol de estricta supervivencia y prioridades defensivas. Conforme las urgencias iban arreciando y el valor de los puntos se disparaba, JIM aproximó al equipo a su imagen y semejanza. El juego del Zaragoza ha sido, normalmente, reservón, espartano, precavido y simplista. Un modelo vacío de trabajo ofensivo minucioso, de líneas y posiciones rígidas, y con jugadores alejados de las zonas y las funciones donde más se inflaman sus virtudes creativas. Es así porque, en gran medida, JIM lo ha querido así. Y también porque sus equipos casi siempre han sido así.

Su gran obra, el Levante que metió en Europa en 2011, era así, un bloque de piedra, eficiente, pragmático, basado, como este Zaragoza, en un repliegue intensivo y una delantera aislada. Aquel equipo tenía un grueso acento defensivo. Se basaba en el juego directo y vertical. En el balón parado. En el aprovechamiento de cada oportunidad. Aquel Levante sacaba petróleo de donde no había. Y, en cierto modo, el Zaragoza ha seguido esos patrones: la estrategia o los goles de cabeza se han convertido en su principal fuente de goles ante sus debilidades ofensivas.

El secreto era alargar los partidos, mantenerlos vivos en todo momento, bloquearlos. Una forma de vivir al filo de la navaja que no salió siempre bien, pero que en un momento esencial, contra Fuenlabrada y Almería, sirvió. JIM no obvió esa estructura de los partidos de la categoría, fruto de la extrema igualdad y el valor decisivo de los mínimos detalles. Se juega, mayoritariamente, a no perder. El Zaragoza siempre estaba en disposición de ganar, de que el detalle decisivo cayese de su lado. Así es la Segunda División cuando no hay 20 millones de masa salarial al servicio de un proyecto.

El Zaragoza ha vivido porque JIM optó por un perfil de equipo menor. Un fútbol de riesgo cero, porque es la fórmula que le ha funcionado en su carrera de viejo zorro, en la que se siente cómodo y de la que conoce las líneas de trabajo. Pero también porque es la fórmula que funciona en Segunda. Una categoría de buenas defensas. Sea para ascender o para construirse un armazón competitivo ante cualquier otro objetivo, la solidez, los pocos goles encajados, marcan el diferencial. En las últimas temporadas, esta particularidad ha adquirido, prácticamente, naturaleza dogmática, debido a la generalizada falta de delanteros y ataques de gran nivel, salvo en equipos con dinero para pagarlos u olfato para encontrarlos. De Tomás, Djuka y Sadiq -los principales artilleros del curso- costaron traspasos de siete cifras.

JIM ha moldeado así un bloque bien organizado con la pelota, basado en el gregarismo y la disciplina posicional, con una poderosa cobertura del área propia y pocas concesiones colectivas. Si no comete fallos con nombre y apellido, sus líneas se han presentado sólidas. Sus números defensivos en La Romareda son colosales: 9 porterías a cero en 11 partidos y solo dos goles encajados. Además, ha mezclado bien a la vieja guardia del equipo con los jóvenes impulsados por el club e Iván Martínez -Francho, Francés y Azón-. También se ha ganado el respeto del vestuario porque prácticamente ha hecho partícipes a todos y ha rescatado rendimientos. En resumen, JIM ha hecho su trabajo. Con oficio y astucia. JIM sabe cómo se gana en Segunda y lo ha demostrado. El Zaragoza tiene la fórmula que funciona en la categoría. La fórmula de la vida. Si la deja escapar, otro la recogerá.

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