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Real Zaragoza

Despedida y cierre de la temporada con lágrimas y hundimiento moral

El entrenamiento programado para este domingo tras caer ante el Numancia no fue tal. La mañana fue un duelo colectivo de todo el Real Zaragoza en el silencio de la Ciudad Deportiva.

Cuatro imágenes de la mañana del adiós en la Ciudad Deportiva. El comedor, cerrado. Lalo Arantegui, solo, cabizbajo sobre el césped. Natxo González, acompañado por todo el mundo, entra en el vestuario del equipo para despedirse y, finalmente, se marcha lloroso en solitario.
Cuatro imágenes de la mañana del adiós en la Ciudad Deportiva. El comedor, cerrado. Lalo Arantegui, solo, cabizbajo sobre el césped. Natxo González, acompañado por todo el mundo, entra en el vestuario del equipo para despedirse y, finalmente, se marcha ll
Oliver Duch/José Vidal

A las 11.00 de este domingo había programado entrenamiento en la Ciudad Deportiva. Tras caer ante el Numancia, la cita, que sonaba extraña, extemporánea, no lo fue tal. Nadie se vistió de corto. Nadie se cambió de ropa. No hubo desayuno conjunto. La matinal lluviosa de este 10 de junio se acabó desarrollando entre lágrimas, en un ambiente de hundimiento moral generalizado. Si mal acabó todo el mundo en La Romareda cuando terminó el partido-pesadilla ante los sorianos, bastante peor estaban los ánimos horas después, una vez pasada la noche y viendo los efectos secundarios que tiene este chasco monumental.

Se vivieron, en los pasillos de la instalaciones zaragocistas y dentro de los vestuarios (principalmente, en el de los jugadores), minutos de emociones entrecruzadas. De sentimientos definitivos para muchos, que recogían sus cosas por última vez para no volver más al lugar. Otros, sabedores de que van a continuar en el mismo Monte Calvario un año más, o sea, en la Segunda División que tiene en nómina al Real Zaragoza por sexta temporada consecutiva. Otros más, sin saber bien a qué atenerse en estos momentos de aturdimiento global, donde es necesario que, enseguida, se empiecen a buscar puntos de luz desde los puestos de mando para que la muchedumbre no caiga en el pánico, en la desorientación y tenga unas nociones, más o menos claras, de por dónde ha de ir la siguiente fase de la supervivencia y de por dónde hay que buscar los alicientes futuros.

El comedor donde la plantilla ha desayunado y comido todos los días de la temporada estaba cerrado y vacío a las 9.30. El K.O. frente al Numancia hizo suspender en la noche anterior todo el plan previsto para esta semana, donde se esperaba proseguir con la rutina diaria en la disputa de la final de la promoción, bien frente al Valladolid, o bien contra el Sporting de Gijón. Ya nada de eso tiene sentido y el salón de la zona del restaurante de la Ciudad Deportiva guarda silencio hasta nueva orden.

El primero en llegar fue Zapater. El capitán. Junto al delegado, Alberto Belsué. Otro viejo capitán aragonés. Eran las 10.20. Después, el director deportivo, Lalo Arantegui, asomó por el campo de entrenamientos vagando en solitario, cabizbajo, meditabundo. Tocado. Al poco, también apareció su segundo, José Mari Barba, el secretario técnico. Y a eso de las 10.45 empezaron a llegar por goteo los demás: Toquero, Mikel González, Pombo... Prácticamente el último, apareció el entrenador, Natxo González, con americana azul oscura, alejado de su porte de 'sport', lo que ya auguraba que el anunciado entrenamiento anunciado era un eufemismo.

Hubo 3 minutos de charla a solas de Natxo, Lalo y Barba en la zona del vestuario del entrenador. Se preparó lo que iba a acontecer en la caseta del equipo un rato después. Cómo hacerlo, qué decir en el adiós al curso lectivo. El movimiento en el largo pasillo fue imparable, un ir y venir de protagonistas. Entre los jugadores, un meneo constante de bolsas de plástico, de viajes a los coches para recoger enseres personales y vaciar las taquillas. Nadie se vistió de corto. No tenía sentido entrenarse. Ya no había objetivo a la vista desde la noche anterior.

Natxo, Lalo, Barba... todo el mundo, incluidos auxiliares y personal de todos los departamentos que han formado parte de la vida cotidiana del equipo desde el verano pasado, se dirigieron al vestuario del equipo. Se hizo el silencio, roto en apenas 4 minutos con un aplauso sonoro. Había hablado Natxo González, que abandonó el vestuario lloroso, con los dedos en los ojos, con la cabeza gacha, camino de su despacho para llenar sus cajas y darles remite rumbo a La Coruña, su próxima casa, sabido es desde hace unos días.

Los demás se quedaron dentro. Hubo un estrambote final para decir adiós definitivo al sueño del ascenso a Primera que se ha quedado en nada a las primeras de cambio contra todo pronóstico. Otro breve aplauso entre las cuatro paredes y, uno a uno, comenzando a salir por última vez antes de las vacaciones de su santuario, su vestuario, su lugar de confidencias, alegrías y padecimientos durante 10 largos meses que han acabado como no se deseaba. Más lágrimas. Abrazos de despedidas. Decepción inevitable. Un sentir raro en una mañana impropia de junio, húmeda, casi fría.

Fue la despedida y cierre de la campaña 2017-18. Hasta aquí ha llegado. Muerta prematuramente. Sin esperarlo. Un mazazo para todo el mundo. Un rejonazo cruzado sangrante. Un bofetón moral del que habrá que salir para emprender un nuevo camino. Un duelo que había que pasar por tanto como ha dolido el modo en el que ha concluido el paso por la promoción de ascenso. Ya está. Se acabó. Natxo a lo suyo. Los demás, también. Y la afición, el mejor valor del zaragocismo, a esperar acontecimientos.

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