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Real Zaragoza

La derrota de Natxo

El entrenador del Real Zaragoza eligió el peor día posible para renunciar a los valores, la identidad y el fútbol sobre los que había ido creciendo su equipo

Los jugadores del Huesca celebran uno de los goles.
Los jugadores del Huesca celebran uno de los goles.
Verónica Lacasa

Al Zaragoza no se le reconoció en Huesca ni le salió nada porque no fue el Zaragoza. Fue un equipo diferente, distinto, desnaturalizado y desnortado. Imaginen que durante cuatro meses le educan en un idioma. Le escriben los párrafos en una lengua desde la que se aprende, se crece y se avanza. Un día, quizá el peor posible, cuando más se espera de ti –cuando hay en juego no solo los puntos sino el sentido de la afición a unos colores, cuando se ponen en liza el fútbol, pero también el orgullo y el decoro–; aquel que te venía redactando los manuales, los códigos y los libros en una letra comprensible lo borra todo y lo cambia todo: pasa del castellano al esperanto. Natxo González se traicionó a sí mismo. Se puso por encima de sus mejores futbolistas y del juego sobre el que había ido evolucionando su equipo, renunció a su idioma, a su lenguaje, a sus valores, al estilo, la identidad, el fútbol y las esencias que le abrieron el camino al Zaragoza hacia alguna parte, y condujo así a su equipo hacia un partido escrito en esperanto. Nadie, ninguno de sus futbolistas, sabía qué hacer.

Le sirvió así Natxo González al Huesca una colección de facilidades para maniatarle. Los de Rubi son un colectivo impecable, rotundo, con físico y claridad táctica que no desaprovechó ese servicio. El entrenador del Zaragoza quiso conducir el partido hacia algo para lo que su equipo no está preparado, porque se ha ido configurando para otra cosa. La elección de futbolistas y el planteamiento fueron letales. Natxo, como ya intentó en Lorca, pretendió darle al Zaragoza más cantidad que calidad, más músculo que ideas. Le arrebató uno de los pilares de su identidad: ser protagonista, ser proactivo y no reactivo. Las apuestas por Guti o Javi Ros (tras casi un mes sin jugar), la caprichosa privación de Febas o el inexplicable encarcelamiento de Eguaras en una de las cabinas de El Alcoraz avisaban de un Zaragoza enviado a la batalla, al contacto, a la pugna de la segunda jugada y al duelo. Nada de eso funcionó ante un Huesca más fibroso, más intenso, más contundente en los balones divididos, más rápido… Natxo prefirió no atacarle al Huesca con las armas que ha predicado, aquellas a las que ha acostumbrado a sus futbolistas. Prescindió de Febas y Eguaras y el juego no progresó porque ambos son los jugadores que más verticalidad y más líneas rompen: uno con la conducción; otro con el pase. Por eso están entre los mejores de la liga estadísticamente en esos apartados.

Natxo tampoco acertó en los cambios, ni leyó las razones de su derrota. El Zaragoza no se levantó y se adentra ahora en un túnel de dudas y preocupación. Algo perdido. Sometido, desde hace un mes, a los cambios constantes en las alineaciones, unos volantazos que tampoco ayudan a estabilizar un rumbo claro.

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