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Real Zaragoza

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Siete años con Agapito

Este domingo, 26 de mayo, se cumplen siete años de la llegada de Agapito Iglesias a la propiedad de la entidad blanquilla.

Agapito Iglesias, en la imagen acompañado del consejero Javier Porquera.
Agapito Iglesias, en la imagen acompañado del consejero Javier Porquera.
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“El futuro del Real Zaragoza es fantástico y esperanzador. Estamos en vías de un total saneamiento económico del club. Y hay una ciudad en expansión de cara al próximo futuro (en la antesala de la Expo 2008)”. El 26 de mayo de 2006, el hasta entonces presidente del Real Zaragoza, Alfonso Soláns, entregaba el testigo a dos constructores dispuestos a iniciar una nueva era en la entidad blanquilla: Emilio Garcés y Agapito Iglesias.

Un encuentro ante los medios de comunicación en el estadio de La Romareda daba oficialidad a unas conversaciones que ya habían salido a la luz diez días antes. Se anunciaba entonces que dos empresarios vinculados al ladrillo, Emilio Garcés y Agapito Iglesias, asumían la propiedad del Real Zaragoza. Se ponía así fin a la época primero de Alfonso Soláns Serrano, jalonada por la conquista de la Copa y, sobre todo, de la Recopa, y de su hijo, Alfonso Soláns Soláns.

Emilio Garcés, taustano vinculado al Partido Aragonés y al mundo del deporte, era el que había gestionado directamente la compra de la entidad. De Agapito Iglesias se conocía muy poco: si acaso, su sólida vinculación –a través de su labor profesional en Codesport- al Partido Socialista. Y fue el Gobierno socialista de Marcelino Iglesias el que promovió el asalto al Real Zaragoza a través de Agapito iglesias, dejando de lado a su entonces amigo.

El soriano se quedó solo en menos de una semana; Garcés no pudo soportar las maniobras políticas que movían la entidad blanquilla y vendió sus acciones a su socio.

A partir de entonces, el Real Zaragoza comenzó a asfaltar el lado más oscuro de su historia. Una lamentable gestión de la entidad, amparada por el Pignatelli, motor principal de lo que se gestaba en las oficinas blanquillas, condujo a la principal referencia deportiva de Aragón a un precipicio deportivo, institucional y económico. Que ha puesto muy seriamente en juego la propia viabilidad de la entidad.

Los entresijos políticos llevaron al entonces consejero de Economía Eduardo Bandrés a la Presidencia de la entidad; y a su vera, se estableció un Consejo de Administración de notables que nunca tuvieron ni peso ni voz no voto en la gestión blanquilla.

Tras un año notable en lo deportivo, con Víctor Fernández en el banquillo y la clasificación para la UEFA, un Real Zaragoza millonario cae a Segunda División y, aunque recupera la categoría, inicia un deambular deportivo triste y doloroso, que en nada se asemeja al respeto y prestigio que acumulaba antes de la llegada de Agapito Iglesias.

El ‘juguete’ –muy comprometido- ya no gusta al Gobierno de Aragón, que deja al Real Zaragoza en una situación lamentable. No logra levantar cabeza en el ámbito deportivo; la situación institucional es lamentable, con la dimisión de su presidente y de todo el Consejo en diciembre de 2009; y el aspecto económico… El recurso a la ‘Operación Acordeón’ ideada por Bandrés no sirve para nada y los dispendios impulsados desde el Ejecutivo dejan al Real Zaragoza al borde de la bancarrota.

El conjunto aragonés ha tenido que encadenar milagro tras milagro –suspira precisamente en la actualidad por uno nuevo- para mantener su hueco en Primera; ha tenido que recurrir al concurso de acreedores –tristísima opción para cualquier amante del Real Zaragoza- para enderezar su situación económica; y en el ámbito institucional, si bien Agapito Iglesias ha puesto a la venta sus acciones, es el accionista mayoritario y las cosas han variado ligeramente. La llegada de Fernando Molinos a la Presidencia ha supuesto un paso atrás del soriano, aunque sigue siendo el dueño del club.

La intervención directa de los políticos ha destrozado en siete años al Real Zaragoza. Su situación real en lo económico y lo deportivo es dolorosísima; pero, sobre todo, han dilapidado el prestigio de una entidad siempre respetada, admirada y querida en el mundo del fútbol, a la que ahora se le mira cuando menos con recelo. A la que se le falta el respeto, a la que no cuesta insultar y a la que se tarda demasiado en defender.

Hoy el Real Zaragoza se sostiene gracias a su patrimonio principal, al espíritu que lo mantiene en pie y con vida: el zaragocismo. Una afición admirable, maravillosa, que suspira por que de una vez se hagan las cosas bien y se acabe con este larguísimo recorrido por el desierto, por los infiernos del fútbol. Que ni quienes han contribuido a fomentar su prestigio; ni la ciudad; ni los aficionados merecen.

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