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Mark Spitz: "Solo era un chico ordinario que hizo algo extraordinario"

El histórico nadador asegura que sin la decepción de los Juegos Olímpicos de México 68 no habría firmado su histórica actuación en Múnich, cita que cumple su 50 aniversario.

Mark Spitz, el legendario nadador estadounidense.
Mark Spitz, el legendario nadador estadounidense.
Reuters

"Solo era un chico ordinario que se entrenó mucho y de forma diligente y que durante una semana concreta hizo cosas extraordinarias".

Así se define, con los ojos aguados por la emoción, el nadador estadounidense Mark Spitz en un documental grabado por el Comité Olímpico Internacional (COI) con motivo del 50 aniversario de los Juegos de Múnich'72, en los que Spitz ganó siete medallas de oro con otros tantos récords del mundo, un resultado entonces sin precedentes.

Spitz regresa a la piscina de la Ciudad Olímpica muniquesa y desde allí asegura que sin la decepción por lo ocurrido en México'68, cita a la que llegaba como estrella pero en la que no ganó ninguna medalla individual, no habría firmado su histórica actuación en Múnich.

"Si hubiese ganado cuatro o cinco medallas en México, no sé si habría estado motivado para hacer lo que hice en Múnich", afirma en el documental, que forma parte de una serie de cuatro capítulos dirigidos por Jonathan Hock, ganador de once Emmys.

"La grandeza de un deportista está en reconocer lo que has hecho mal", dice Spitz

"La lección que aprendí en México fue que mi destino no era una cuestión de suerte, sino de las decisiones que yo mismo tomaba. Lo que ocurriera no sería por accidente, sino por mi determinación", añade el exnadador, que tiene en la actualidad 72 años.

"Creo que los deportistas que hemos tenido mucho éxito en los Juegos Olímpicos no es porque no sintamos la presión, sino porque sabemos ponerla en el sitio adecuado", apunta Spitz, que llegó a Múnich con miedo a otro fracaso similar al de 1968.

"Tenía el récord del mundo de mis cuatro pruebas individuales. Con los tres relevos, era posible que ganase siete medallas de oro. Las expectativas eran inmensas", recuerda.

"Cuando llegó mi primera prueba, los 200 mariposa, tuve visiones de lo que pasó en México. Fue como una película, un flash, una imagen tras otra, bum, bum, bum. Recordé entonces un entrenamiento en Sacramento dos semanas antes de los 'trials', en el que batí el récord mundial. Me construí mi confianza volviendo a esa piscina de entrenamiento. La visualicé, me trasporté allí. Mi cerebro no estaba en Múnich, sino en Sacramento", detalla sobre su manera de superar la presión.

Esa primera victoria le permitió olvidarse de México y sentir por primera vez que la pileta de Múnich era suya, que le pertenecía. "Ya no me daba miedo".

Spitz revela que después de cada uno de sus triunfos su única obsesión era beber agua sin parar para pasar pronto el control antidopaje y marcharse a descansar para la siguiente prueba. "Todo esta compartimentado".

También confiesa que, con cinco oros y cinco récords ya en su poder, pensó en renunciar a los 100 m libre, la distancia en la que tenía menor margen de ventaja sobre sus rivales, pero sus entrenadores le convencieron de que, pese a los resultados previos, solo con una victoria en la prueba reina sería reconocido "como el más rápido de la historia".

El nadador nacido en Modesto (California) admite igualmente que le molestó mucho ser designado para nadar la posta de mariposa, la tercera, en su última prueba, el relevo por estilos. Él deseaba nadar la última, la de estilo libre, para ser él quien cerrase la competición. Pero ahora entiende que "fue la decisión correcta".

"Lo que más sentía", dice sobre aquellos ocho días mágicos, "era no tener tiempo de disfrutarlo mientras estaba sucediendo. No podía. De haberlo hecho, habría sido un espectador de mi propio espectáculo. Eso es lo que había pasado cuatro años antes en México".

Spitz se refiere a su famoso bigote, que pensaba afeitarse antes de la primera carrera en Múnich. "Pero todo el mundo hablaba de ello: la prensa, mis competidores... porque los nadadores suelen llevar afeitado todo el cuerpo, Así que pensé: 'Ahora no. Con este bigote ya he batido tres récords del mundo e igualado otro'".

También aborda la polémica por su subida al podio descalzo y con unas zapatillas Adidas en la mano, en lo que se consideró una publicidad irregular encubierta y a punto estuvo de costarle la suspensión de los Juegos. Pero Spitz niega todo interés comercial.

"Habían reducido a cinco minutos el tiempo de acudir a la ceremonia de entrega de medallas y apenas tuve tiempo de vestirme. No pude abrocharme las cremalleras del pantalón ni ponerme las zapatillas. Nadie me pagaba, eran las zapatillas que me había comprado cuatro años antes en una tienda den California. Eran mis zapatillas de la suerte. Fue de buena fe, pero la controversia me causó mucho estrés", explica.

Después de sus siete medallas y siete récords del mundo, su padre le recordó al pie de la piscina de Múnich que no podía dejar que el éxito se le subiera a la cabeza: "Me quiso recordar que seguía siendo una persona normal, que no era especial. Y era verdad. Porque solo era un chico ordinario que se entrenó mucho y de forma diligente y que en una semana concreta hizo cosas extraordinarias".

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