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Las etapas aragonesas de La Vuelta pasarían a noviembre por el 'efecto Tour'

El aplazamiento del Tour de Francia a agosto obliga a reorganizar el calendario profesional, arrastrando así a otoño a la ronda española y las tres jornadas con presencia de Aragón programadas para la edición de 2020.

La Vuelta a España a su paso por Aragón en una edición pasada.
La Vuelta a España a su paso por Aragón en una edición pasada.

El aplazamiento del Tour de Francia a finales de agosto ha provocado un efecto dominó que ha empujado a La Vuelta a finales del otoño, afectando así a las tres etapas aragonesas que programadas para la edición de 2020.

La primera, la sexta jornada del recorrido, se iba a celebrar el viernes 21 de agosto, con meta en Ejea de los Caballeros. El final de las Cinco Villas tendría salida en Garray, en el yacimiento de Numancia, cerca de Soria, con una jornada de perfil llano y 190 kilómetros. Después, el sábado 22 de agosto, con salida en Huesca, el pelotón iba a afrontar una séptima etapa de media montaña de 185,5 kilómetros. La meta está en Sabiñánigo, ciudad ciclista por antonomasia, tras un novedoso trazado: el pelotón tomará dirección Ainsa y penetrará en la escénica y sinuosa carretera del Cañón de Añisclo por el valle de Vío, subiendo a Fanlo y bajando al Valle de Broto. De ahí, la etapa calcará el final de Treparriscos, por Peñalba. Un recorrido ratonero, por la tipología de las carreteras, muy tramposas.

Al día siguiente, de la vecina Biescas, cuna de Fernando Escartín, esta previsto que partiera la octava jornada, una de las la etapas reinas de La Vuelta con 135,6 kilómetros de trazado. Un recorrido explosivo, al estilo de lo que se frecuenta en las últimas ediciones de las grandes vueltas. La carrera remontará el Valle de Tena hacia Francia, subirá al Portalet, bajará hasta Laruns, ya en país vecino, y se enlazarán dos colosos con genética del Tour: el Aubisque y el final en el Tourmalet, por la vertiente de Bareges, la que ascendió este pasado julio la ronda francesa con victoria de Thibaut Pinot.

El efecto Tour

La gran ronda francesa, por su musculatura económica, volumen de audiencia e influencia política, representa la más importante prueba ciclista del planeta y se ha convertido en la columna desde la que vertebrar el calendario de emergencia improvisado por la pandemia del coronavirus. Decenas de carreras -clásicas, vueltas de una semana, grandes vueltas…- han saltado por los aires y han buscado encaje en el último tercio del año, fecha habitual de cierre de temporada, vacaciones y transición.

Ese periodo se ha observado esta vez como el nicho ideal para ajustar las pruebas suspendidas y salvar buena parte de los contratos asociados a su celebración. Para entonces, se espera que, de cierta manera, se haya normalizado la situación con los confinamientos y restricciones del coronavirus, a la vez que se considera que varias de las pruebas previstas en el sur de Europa podrán celebrarse en favorables condiciones meteorológicas (cada año, los otoños son más suaves). 

Así, la UCI ha rediseñado el calendario usando el Tour como palanca por su carga simbólica y valor económico: la ronda francesa es la máxima prioridad y se correrá en las fechas habituales de La Vuelta, arrastrando así a la prueba española al otoño. No hay fechas oficiales, pero se estudia la última semana de octubre y las primeras de noviembre como ventana en la que celebrarla. Sería después del Giro, que se correría en pleno octubre, una vez terminados los Mundiales. Entre medio, la UCI también quiere incluir aquellas pruebas a las que se le quiere otorgar preferencia: los Monumentos como Milán-San Remo, Tour de Flandes, París-Roubaix, Lieja y Giro de Lombardia, además de las vueltas cortas de más prestigio, como Vuelta a Suiza, Vuelta al País Vasco, Dauphine Libere, Tour de Romandía, Volta a Cataluña, Tirreno-Adríatico….

De esta forma, las tres etapas aragonesas se desplazarían de agosto a primeros de noviembre. Para entonces, el tiempo meteorológico es incierto, podría salir un otoño suave, primaveral en cuanto a temperaturas, pero especialmente imprevisible en etapas de montaña, como la de Biescas al Tourmalet: las primeras nieves, por entonces, podrían complicar el trazado original, con muchos tramos por encima de los 1.500 metros de altitud. 

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