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Eliud Kipchoge, el hombre sin límites en el maratón

El keniano Eliud Kipchoge hizo historia el pasado 12 de octubre al correr en Viena los 42.195 metros en 1 hora, 59 minutos y 40 segundos, una gesta que le ha convertido en un mito del deporte universal como expresión de la resistencia humana.

El keniano Eliud Kipchoge hace historia el pasado 12 de octubre al correr en Berlín por debajo de las dos horas un maratón
El keniano Eliud Kipchoge hace historia el pasado 12 de octubre al correr en Viena por debajo de las dos horas un maratón
Lisi Niesner/Reuter

Correr 200 metros en 34 segundos supone esprintar a tope para cualquier ser humano adulto en pleno uso de sus facultades físicas. Entre los 7.500 millones de habitantes del planeta hay uno, solo uno por el momento, capaz de sostener durante casi dos horas esa velocidad media de 21,1 km/h: Eliud Kipchoge, un keniano de 35 años que no admite límites en el maratón.

"He estado en la luna y he regresado". La frase no pertenece al astronauta Neil Armstrong, sino al insaciable corredor que el 12 de octubre pasado, dieciséis años después de proclamarse, con 18, campeón mundial de 5.000 metros, derribó en el Prater vienés el muro de las dos horas en el maratón, la penúltima barrera emblemática del atletismo. La de los 9 metros en salto de longitud permanece incólume.

Su gesta, consistente en correr los 42.195 metros en 1 hora, 59 minutos y 40 segundos, trasciende las fronteras del atletismo para erigirse en mito del deporte universal como expresión de la resistencia humana.

"Se trata de dejar una huella en el deporte, es como cuando el primer hombre pisó la luna, el mensaje de que ningún ser humano tiene límites"

El propio Kipchoge considera su asombrosa marca más importante, incluso, que su récord mundial del año anterior en Berlín (2h01:39). "Se trata de dejar una huella en el deporte, es como cuando el primer hombre pisó la luna, el mensaje de que ningún ser humano tiene límites", asegura el hombre que ha ganado 11 de los 12 maratones que ha corrido. Solo perdió el segundo, el de Berlín en 2013, cuando su compatriota Wilson Kipsang batió el récord del mundo con un tiempo de 2:03.23 y él sólo fue segundo con 2h04:05.

La posibilidad de correr un maratón en menos de dos horas venía alimentando un debate que duraba ya varios años, desde que los africanos desembarcaron, con el nuevo siglo, en la mítica carrera de fondo. El español Abel Antón, que revalidó en Sevilla 99 su corona, fue el último campeón mundial de maratón no africano.

En su primer asalto al muro de las dos horas, Kipchoge había fracasado, por 26 segundos, dos horas, dos años antes en el autódromo de Monza (Italia), y para que no volviera a suceder corrigió detalles. En Viena dispuso de todas las ayudas humanas y tecnológicas: liebres de quita y pon, zapatillas Nike AlphaFly que mejoran la economía de carrera en un 4 por ciento.

A las 8.15 horas comenzó la gran batalla contra el crono en un circuito que presentaba una recta de 4,3 km y dos rotondas en cada extremo. Le cortaban el aire, por delante, siete liebres dispuestas en forma de pirámide invertida y otras dos a su espalda para eliminar las turbulencias del rebufo, relevándose cada 4 km.

En total, una guardia pretoriana de 41 grandes atletas, todos de alto rango -Selemon Barega, Bernard Lagat o los tres hermanos Ingebrigtsen-, a su entera disposición, además del personal de servicio que, en bicicleta, le proporcionaba el avituallamiento. Por delante de la comitiva humana, un coche los protegía del viento rodando a una velocidad constante de 21,2 km/h.

El reto era cubrir cada kilómetro en 170 segundos (2:50 minutos) y las liebres nunca se desviaron más allá de dos segundos por arriba o por abajo del objetivo. Kipchoge cubría cada 5 km en un margen de entre 14:10 y 14:14; pasó por el ecuador de la carrera en 59:35 (21.197 metros) y en la segunda mitad el operativo siguió discurriendo de acuerdo con el riguroso plan.

El último kilómetro fue un paseo triunfal para el keniano. Primero se apartó el coche, luego lo hicieron las liebres para dejarlo solo frente a la gloria. Eliud se permitió el lujo de esprintar con la mejor de sus sonrisas. El reloj de meta anunció la buena nueva: 1h59:40. El millón de dólares que le reportó su hazaña fue una mera anécdota. Como Neil Armstrong cuando pisó la luna, lo que había hecho era un gran paso para la humanidad.

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