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El gato Ratón

El portero orensano relevó a Xabier Irureta en la titularidad y debutó en liga con un espléndido protagonismo y varias acciones de valor. Fue clave para no perder.

Ratón, en un despeje de puños.
El gato Ratón
Ramón Gómez/ El Norte de Castilla

El Real Zaragoza no ganó al Valladolid, pero sí ganó un portero. Que no es poco. Álvaro Ratón debutó en liga desalojando de la portería a Xabier Irureta y su estreno robusteció las defensas del equipo. Su aparición tuvo un impacto inmediato en la salud del Zaragoza como responsable fundamental de que la mañana pucelana no dejara una derrota más en el camino. Los guantes de Ratón se encontraron con todo aquello necesario para asentarse en la posición: un partido de nota alta, un destacado protagonismo, ausencia de errores gruesos y una portería blindada. Por fin, el portero le sumó puntos al Zaragoza.

Luis Milla se decidió al relevo en el arco y le entregó a Ratón el bastión del pensamiento conservador con el que se plantó el conjunto aragonés en Valladolid: una plan consistente en no perder el partido en la primera mitad e intentar ganarlo en la segunda con las soluciones de los cambios. El Zaragoza ganó cierta seguridad colectiva, aunque no puede hablarse de un incremento consistente de su solidez (le remataron 22 veces). Al fin y al cabo, fue Ratón el máximo responsable de esa portería inmaculada y el futbolista de la escuadra de Milla que más veces salió en las repeticiones del partido. No obstante, el Zaragoza encontró por fin un portero sobre el que implantar unos cimientos defensivos: tras cuatro partidos con su portería rociada de goles (desde el 0-0 contra el Nástic), se taponó la hemorragia, un punto de partida obligatorio desde el que estimular un renacimiento y mejora.

La semana condujo a Luis Milla al laberinto de la portería. Como reconoció su ayudante Luis Cembranos antes del partido de Valladolid, el fallo de Irureta contra el Elche fue la gota que colmó el vaso. En el cuerpo técnico, hacía días que se le daba vueltas a la intervención en la portería. El rendimiento del vasco preocupaba. Incluso había aflorado cierta decepción entre los mandos técnicos. El pasado domingo, Milla dio un paso adelante hacia la permuta, pero quería atar bien todos los cabos del relevo, analizando la conveniencia del cambio con sus ayudantes y el preparador de porteros Mikel Insausti.

Una decisión así en una posición tan sensible como esta siempre contiene profundos significados. Durante la semana, la mudanza de portero ha sido un foco de debate interno, no tanto por la firme convicción de sentar a Irureta, señalado por La Romareda y quien realmente se ha sentado él solo, sino por la pertinencia de apostar por Ratón en una situación tan delicada.

Jugara quien jugara ayer, el foco iba a estar en la portería, con el equipo comprimido de presión y urgencias y con el entrenador cuestionado. A un portero inexperto y casi anónimo como Ratón, la oportunidad se le podía envenenar, empujándolo a una peligrosa sobreexposición en el día menos indicado.

Sin embargo, Milla le dio las manoplas de titular. La respuesta de Ratón, en un día nada sencillo, fue sobresaliente. Nada le atemorizó: jugó con una contagiosa serenidad que agradecieron los defensas del equipo, como si la otoñal mañana pucelana no fuera un acontecimiento extraordinario para él. Más allá de sus paradas decisivas –hasta tres o cuatro, una de ellas especialmente compleja y exigente a Villar, un cabezazo picado, doloroso y malvado al que respondió con un salto felino y elástico–, lo mejor de Ratón estuvo en su comportamiento en la portería. Cambió el talante en el puesto. Su sobria tranquilidad rellenó de poso un lugar agitado y nervioso en los anteriores partidos. Tardó apenas un cuarto de hora en cogerle el pulso al fútbol, como es natural después de una inactividad, por eso, especialmente en sus primeras salidas, le costó acertar con las distancias y el tiempo. Pero, desde su amonestación, levantó una tapia de ladrillo en la portería: despejó por alto, exhibió reflejos, respondió con velocidad, aportó sosiego... Un portero de perfil muy diferente a Irureta, con un tranco clásico, envergadura, sencillez y eficacia.

El Zaragoza, desde luego, en Valladolid, tuvo cabeza de Ratón y cola de león.

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