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El periodismo asesinado

Gervasio Sánchez honra la memoria de los periodistas David Beriain y Roberto Fraile, asesinados en Burkina Faso, y recuerda a otros compañeros que también se dejaron la vida ejerciendo la profesión de informar. 

Funeral por el periodista asesinado en Burkina Faso David Beraín.
Funeral por el periodista asesinado en Burkina Faso David Beriain.
Gervasio Sánchez

Iba a ser una de las mejores semanas de mi vida profesional. El martes 27 de abril Movistar+ estrenaba el documental Álbum de posguerra, protagonizado por los niños y adolescentes que fotografíe en pleno cerco de Sarajevo en los años noventa, y se presentaba en el Festival de Derechos Humanos de San Sebastián.

Al poco de levantarme recibí una llamada de Alfonso Bauluz, compañero en la directiva de Reporteros sin Fronteras: “David Beriain y Roberto Fraile han sido secuestrados en Burkina Faso”. Me dio algunos detalles de la emboscada y me contó que estaban haciendo un documental sobre la caza furtiva.

Le dije que lo más importante era salvaguardar a las familias y buscar a una persona que se convirtiera en el portavoz oficial. “Alfonso, esto puede ir para largo, semanas o meses de espera. Hay que proteger a las familias del impacto mediático”, le comenté.

Alfonso Bauluz, uno de los mejores periodistas que conozco, con una gran experiencia en coberturas internacionales, me dio la razón y poco después él mismo aceptó que no habría mejor portavoz que él.

Minuto de silencio en San Sebastián y Artajona por los periodistas asesinados en Burkina Faso

Era muy importante conseguir que ningún medio de comunicación diera la noticia y, mucho menos, los nombres de los secuestrados, al menos hasta que los familiares lo supieran.

En 2013 las familias de Javier Espinosa y Ricardo García Vilanova me pidieron que ejerciera de portavoz durante el secuestro de ambos por el Estado Islámico en Siria. Durante seis meses conseguí que la prensa sólo hablara del secuestro cuando era pertinente en función de las recomendaciones de las personas que trabajaban en su liberación.

Entre el 16 de setiembre, día del secuestro, y el 10 de diciembre de 2013, en que se anunció el secuestro casi tres meses después en una rueda de prensa multitudinaria, sólo un medio de comunicación violó el acuerdo. Por deseo expreso del padre de Javier Espinosa tuve que llamar al periodista y pedirle que retirara el artículo publicado como gran exclusiva mundial a pesar de que todo el mundo conocía el secuestro. Se enfadó, se mantuvo en sus trece durante muchos minutos, pero finalmente me hizo caso.

Roberto Fraile
Roberto Fraile
Reporteros sin Fronteras

Poco después de hablar con Alfonso Bauluz llamé a Roberto Lozano, compañero y amigo de Roberto Fraile con quien había trabajado en el magnífico documental Los ojos de la guerra. Sabía que el cámara secuestrado, que había sido herido en 2012 en Siria, tenía dos hijos adolescentes y mi principal temor era que se enterasen por algún compañero en el instituto. Lidia, enterada del secuestro desde la noche anterior, prefirió que sus hijos fueran a clase como si no pasara nada. Tampoco había certeza de lo que verdaderamente había sucedido.

Todo se precipitó poco antes de las dos de la tarde. Me avisaron de que habían aparecido tres cadáveres y las fotografías confirmaban sin ninguna duda que eran ellos. Poco después un medio dio la noticia del asesinato y poco antes de las dos de la tarde otro medio publicó los nombres.

Mi teléfono empezó a tronar. Tuve que atender a una docena de periodistas y conseguí que algunos entendieran que era muy precipitado hablar de lo ocurrido cuando sabía que los dos hijos de Roberto todavía no habían sido informados del trágico desenlace. Por suerte, tal como me dijo unos días después la hija de Roberto en el tanatorio, en su instituto está prohibido ir a clase con el móvil.

En mi vida profesional los peores momentos han coincido con el asesinato o la muerte violenta de compañeros especializados en conflictos armados. Me enteré del asesinato de Juantxu Rodríguez en el Panamá de diciembre de 1989 por balas estadounidenses bajando de un avión en Madrid. Unos días antes habíamos estado cenando en Santiago de Chile y hecho planes de futuro que quedaron varados en una esquina de la memoria. Vi su cadáver tirado en la calle en las portadas de todos los periódicos de un quiosco de Barajas y me quedé bloqueado durante unos minutos por el impacto. Lloré durante el trayecto en taxi hasta la agencia Cover donde ambos trabajábamos.

No conocí a Jordi Pujol, el joven fotógrafo convertido en el primer periodista muerto en el cerco de Sarajevo. Pero sus compañeros, grandes amigos, me contaron poco después todos los detalles de su muerte alcanzado por la carga de un proyectil de mortero y la evacuación de su cadáver de la ciudad sitiada. Su muerte me empujó a ir por primera vez a la capital bosnia en junio de 1992.

Hace unos días escuché un vergonzoso comentario de una persona en un conocido programa de televisión (grabación de 2008) que me sacó de mis casillas. “El cadáver de Jordi estuvo más de catorce horas tirado en la calle y los compañeros nos jugamos a los chinos quién llamaría a su familia para contárselo”, explicó a modo de anécdota jugosa. Una mentira flagrante de alguien que ni siquiera estaba en Sarajevo. Una falta de respeto a los compañeros que actuaron con gran responsabilidad y a la familia de Jordi Pujol.

Tumba de David Beriain.
Tumba de David Beriain.
Gervasio Sánchez

Jordi murió minutos después de ser herido y fue trasladado al depósito de cadáveres donde mi amigo Santi Lyon consiguió recuperarlo y organizar la evacuación de su cuerpo hasta Split, donde le esperaba el padre del joven fotógrafo.

El asesinato de Luis Valtueña en enero de 1997 en Ruanda fue otro gran mazazo. Era un joven fotógrafo que estaba trabajando en el equipo logístico de Médicos del Mundo cuando milicianos del Frente Patriótico Ruandés acabaron con su vida y con las de dos compañeros, el médico Manuel Madrazo y la enfermera Flors Sirera.

También colaboraba con la agencia Cover y solíamos encontrarnos a menudo en sus instalaciones. La última vez que nos vimos me escribió su número de teléfono en Líbano y me invitó a que lo visitara. Todavía lo tengo a la vista en mi mesa de trabajo.

Entre 1997 y 2004 murió también Miguel Gil en Sierra Leona, Julio Fuentes en Afganistán, Julio Anguita Parrado y José Couso en Irak y Ricardo Ortega en Haiti.

En mayo de 2000 tuve que identificar el cadáver de Miguel Gil, más un amigo que un compañero con el que había trabajado en Bosnia y Kosovo durante los años anteriores, en la morgue de Freetown.

El día de su muerte en una emboscada me había invitado a acompañarle, pero le tuve que decir que me era imposible porque tenía una cita con varios niños soldados en proceso de rehabilitación. Miguel era una de las pocas personas con las que hubiera ido al fin del mundo o al infierno. Aquel día no lo hice y es casi seguro que esa circunstancia me salvó la vida.

Llevábamos 17 años sin periodistas muertos en zonas de conflicto. Media docena fueron secuestrados en Siria entre seis y diez meses en 2013 y 2014. Algunos han sido heridos y otros han sufrido incidentes muy serios. Otros han abandonado esta especialidad por culpa del estrés postraumático. Pero nadie había fallecido hasta el pasado lunes 26 de abril.

El viernes 30 de abril decidí acudir a Valladolid a acompañar a los familiares y amigos de Roberto Fraile. Durante las cuatro horas de recorrido pensé mucho en lo que significaba estas muertes brutales en nuestro oficio. ¿Cuántas veces me han preguntado en entrevistas si vale la pena arriesgar tanto por contar lo que ocurre en lugares ocultos y brutales?

Tenía claro que Roberto, David y el cooperante irlandés Rory Young, fundador de la ONG Chengeta Wildlife, eran más valiosos vivos que muertos. Podían pedir un rescate sustancioso por ellos o, incluso, exhibirlos antes de matarlos como había ocurrido en Siria años antes con otros periodistas. Estaba muy sorprendido por sus asesinatos. Tenía dudas sobre la autoría y sigo teniéndolas.

A la mañana siguiente fui al tanatorio. No hay nada más brutal que saber que alguien que hacía algo parecido a lo que tú haces está en el interior del ataúd. Te encuentras con sus seres queridos a los que sólo puedes abrazar, consolar, acariciar, respetar en silencio.

¿Qué sé le puede decir a un niño de 13 años o a una adolescente de 15 años? “Llora todo lo que desees, piensa que tu padre murió trabajando en lo que más amaba, recuerda siempre lo mejor de él, etc”. Palabras fáciles de pronunciar. Pero sabes que es imposible conseguir un efecto balsámico.

Decidí marcharme a Artajona (Navarra) en cuanto empezó la incineración del cuerpo de Roberto. Tres horas de viaje, rebuscando en mi mente respuestas a tanta maldad, pensando que quizá los asesinos eran adolescentes incapaces de medir el dolor causado. Preguntándome de nuevo por qué los mataron si valían su precio en oro.

Cuando llegué a la localidad navarra David Beriain ya había sido inhumado. No quedaba nadie en el cementerio de la bellísima localidad, donde hubo un asentamiento romano fechado entre los siglos I a.C y II d.C.

Pasé quince minutos delante del nicho que guarda sus restos rodeado de múltiples coronas de flores. Recordé cómo lo conocí cuando era un pipiolo de 25 años en Iraq en agosto de 2003. Trabajaba para 'La Voz de Galicia' y se quedaba en hoteles locales de Diwaniya donde estaban desplegadas las tropas españolas.

Me recordó mis inicios a una edad parecida cuando llegué a las guerras de Centroamérica a mediados de los ochenta con toda la energía intacta y con deseos de trabajar duro en una especialidad muy competitiva.

David, igual que Roberto, sabía muy bien que sólo trabajando duro un día tras otro te puedes convertir en un periodista de referencia. Siempre en la delgada línea entre la vida y la muerte. Midiendo bien los pasos, pero sabiendo que siempre hay una mala hora esperándote en algún camino perdido. Pensando que tu familia va a sufrir un calvario si se produce un incidente.

Me encontré con Rosaura, su esposa. La abracé durante un largo e intenso minuto. Estaba muy entera aunque el dolor es intransferible y “singular y único” como escribió Miguel Gil poco antes de morir. Allí estaban sus amigos y compañeros de la productora audiovisual 93 metros, que ambos crearon en 2012. Vi a algunos llorar, a otros recordar anécdotas. La mayoría no daba crédito a que la pérdida era para siempre.

El funeral fue impresionante. Centenares de habitantes de una pequeña localidad de poco más de 1.500 habitantes se concentraron a las seis de la tarde del sábado 1 de mayo en el polideportivo para despedir a su paisano al que admiraban desde que era un joven que empezó a buscarse la vida. Allí estaban sus amigos de la cuadrilla y sus seres más queridos.

Regresé a Zaragoza. Destrozado anímicamente. Físicamente después de dos funerales muy intensos y 950 kilómetros. Cuando empezaba a oscurecer recordé las palabras que dijo Miguel Gil cuando recibió el Premio Rory Peck, el más importante del mundo para cámaras de televisión independientes: “Me siento como un paparazzi. Satisfago una necesidad del mundo occidental que necesita tres o cuatro veces por semana a Lady Di y un poco de bang-bang de cuando en cuando. Igual que necesita niños famélicos de África y paga por ello. Sé que nosotros somos una pieza de ese engranaje. Lo único malo de lo que hacemos es que todos tenemos gente que sufre por nosotros en casa: novias, esposas, madres, hermanos, lo que sea. No sé qué decirles. Es todo lo que se me ocurre. Somos demasiado egoístas, llámalo como quieras. Pero hacemos lo que tenemos que hacer”.

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