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Blog - La voz de mi amo

por Matias Uribe

la voz de mi amo

Las cintas del sótano de la canción popular aragonesa

Un disco libro con un doble CD recupera uno de los dos recitales del 13 de noviembre de 1973 en el Teatro Principal, un documento excepcional.

José Antonio Labordeta durante un concierto
HERALDO

Es asombroso, casi un milagro no llovido de los cielos sino algo más prosaico: salido de un armario. Ahí estaban guardadas las cintas del sótano, se diría, remedando a Dylan y The Band, es decir, el acta oficial de nacimiento de la canción popular aragonesa.

Luis Melendo, miembro del grupo Renaxer, o sea, nada que ver con el mismo líder de Suburbano, las tenía olvidadas por completo en un armario de su casa. Un día del pasado año, Francho Nagore, uno de los pioneros de la revitalización de la fabla, y me temo que compañero mío de Facultad e hijo de un también profesor mío de Dibujo, le comentó a Melendo si tenía alguna grabación de Renaxer, a lo que le respondió que no, pero después, con la mosca tras la oreja, busca que te busca, dio con una cinta que no era solo de Renaxer sino de ¡todo el meollo de la canción aragonesa! Tenía en sus manos la grabación completa de uno de los dos recitales que acogió el Teatro Principal el día 13 de noviembre de 1973, los dos recitales que dieron el pistoletazo de salida oficial de los cantautores y de la llamada canción aragonesa.

Dos recitales bajo sospecha, como no podía ser menos en tiempos de una agitación social y política tremebunda en la ciudad: huelgas en el metal, insurrección en la Balay, manifestaciones estudiantiles (y palos) en el paseo Fernando el Católico, los sindicatos clandestinos agitando el mundo obrero, los partidos políticos prohibidos lanzando octavillas en centros de trabajo o a las puertas de las iglesias, Andalán revolviendo en letra impresa lo poco que se podía revolver… Y para colmo, unos desarrapados entonando estrofas no precisamente amables con el represor régimen franquista.

Hubo que vestir aquellos recitales de la manera más disimulada para que pasaran ‘el control de calidad’ del Movimiento, un decir. El Cachirulo, conocido restaurante a las afueras de la ciudad y pedigrí nada peligroso se ofreció, o fue convencido por el instigador principal de los recitales, José Juan Chicón, entonces prestigioso locutor de Radio Zaragoza, para que amparase los recitales oficialmente y obtuviera los permisos pertinentes. En la trastienda también estaban un jovenzano José Luis Trasobares y otro reputado profesional de la radio, Plácido Serrano.

La cosa coló como “festival de exaltación cultural de la nueva canción popular en Aragón”, según la autorización del Gobierno Civil, y los recitales cursaron efecto, como se ha dicho, el día 13 de noviembre de 1973 en funciones de tarde y noche, no sin las correspondientes cautelas y el debido y exhaustivo informe policial al excelentísimo gobernador civil y jefe provincial del Movimiento, don Federico Trillo Figueroa y Vázquez (tratémosle de usía, como hacía la prensa del momento), en el que no solo se daba cuenta de las canciones interpretadas por cada participante (¡un poli poco menos que metido a cronista musical!) sino que hasta se daban nombres de algunos ‘peligrosos’ asistentes (novias o esposas incluidas en algunos casos) con vínculos comunistoides o activistas universitarios, estos últimos más controlados que los niños en la guardería.

Aquel 1973, sin ir más lejos, quienes entonces éramos alumnos en la Facultad de Letras teníamos unos ‘ángeles custodios’ a la misma puerta de las aulas, no ya en el campus, sino, repito, en la misma entrada de las aulas. Los tales ‘ángeles custodios’ no eran sino una pareja de grises con sus porras y su cara de mala leche, y pidiendo carnets de identidad y de Facultad, si era necesario. La Facultad estaba que hervía: un año antes, en 1972, volcaron el coche del rector Justiniano Casas, el del vicerrector fue directamente al estanque del campus, el duro decano de Letras, Ángel Canellas, fue rociado con pintura, los jerarcas ordenaron el tapiado de la puerta de Ciencias para impedir la entrada de los alborotadores, el hall de Filosofía estaba empapelado de pasquines y murales subversivos… y el curso académico se suspendió durante varios meses.

En este agitado ambiente social y político salieron adelante aquellos dos recitales, magnificados por el paso del tiempo y por lo que allí se cantó. Daré cuenta de ellos en la próxima entrada para no alargar esta en exceso. Pero, atención, allí estaban todos los cantautores, los que sobrevivieron y los que desaparecieron, es decir, el germen de la canción aragonesa. Y a todos se les puede escuchar ahora, al cabo de 45 años, gracias a unas cintas recuperadas en un disco libro con una calidad sonora más que aceptable que es desde ya un documento único de un hecho cultural de primera magnitud en Aragón.

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