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Fiestas del Pilar

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Un histórico indulto que cambió el destino de Los Maños

El 7 de octubre de 2014, durante la Feria del Pilar en la que se conmemoró el 250 aniversario de La Misericordia, Quejoso se convirtió en el primer novillo al que se le perdonaba la vida en Zaragoza. Le correspondió al castellonense Varea, y juntos protagonizaron un hito histórico.

Pepe Marcuello, ganadero de Los Maños, posando en la finca de Figueruelas con Quejoso al fondo.
Pepe Marcuello, ganadero de Los Maños, posando en la finca de Figueruelas con Quejoso al fondo.
francisco jiménez

Que la ‘indultitis' que últimamente deteriora la fiesta no nos lleve al engaño: perdonarle la vida a un toro bravo debe ser un acontecimiento excepcional, al estilo de lo presenciado en Zaragoza el 7 de octubre de 2014. En dos siglos y medio de historia, en La Misericordia jamás había asomado el pañuelo naranja en una novillada. Tuvo que llegar el Pilar del 250 aniversario para encumbrar a Quejoso y, previo paso por la templada muleta de Jonathan Varea, mandarlo de vuelta a los pastos para que siguiera agrandando la leyenda de la ganadería Los Maños.

¿Los ha habido más bravos en esta plaza? Probablemente, sí. Y alguno marcado con ese mismo hierro. Pero el indulto, además de ser un hito justificado por el animal, necesita otra serie de componentes como los que aquella tarde se dieron. A la plaza, que venía de años muy convulsos, le urgía un estímulo. Y nada como un toro de vacas –de verdad– para aupar a un torero, relanzar una feria y honrar una ganadería. 

Aquel indulto marcó el destino de la familia Marcuello. Sus amados santacolomas dejaron de ser menospreciados. Comenzaron a ser considerados, respetados y esperados. Tanto en la capital aragonesa como en el resto de escenarios que valoran la fiesta en toda su plenitud e integridad. 

«Después de dos años sin lidiar en Zaragoza, aquella fue la tarde soñada. Ver a mi padre –Pepe– dar la vuelta al ruedo en La Misericordia junto a Varea es lo más emocionantes que he vivido; un regalo por todo lo que hemos luchado», explica ahora José Luis Marcuello, representante de un hierro que no ha dejado de sumar éxitos desde aquel indulto.

Secretario fue premiado como mejor toro de la corrida concurso de San Jorge en 2015; Saltacancelas se impuso ese mismo año en Vic-Fezensac (Francia); Jardinero lo hizo en 2017; el bravo Palmero se ganó el perdón en la feria de Cella 2016; y en agosto de 2018 llegó el ansiado debut -con nota- en Las Ventas de Madrid. Una colección de triunfos presidida por Quejoso.

«Fue un toro importantísimo. Recuerdo que ganaderos de la talla de Fernando Cuadri nos dieron la enhorabuena y los aficionados salieron de la plaza emocionados por la forma que tenía de embestir. Se nos empezó a conocer y empezamos a crecer, acudiendo a muchas más plazas», añade Marcuello, sobre un indulto con significaco, alejado de la mayor parte de los que se conceden en la actualidad. 

El toro que sobrevive a la suerte suprema es para ser rodeado de vacas. Y así, padreando, vive Quejoso desde hace seis años en Figueruelas, que es donde Los Maños guardan los sementales. «Está dando muy buenos resultados. En Albalate del Arzobispo lidiamos un utrero hijo suyo y fue extraordinario. Sus vacas también ofrecen un gran comportamiento; van de menos a más y humillan una barbaridad», valora el ganadero, acerca de un comportamiento, el de ese toro de Santa Coloma codicioso y repetidor, que lanzó al joven Varea.

«El castellonense toreó a placer como si las pocas novilladas que lleva fueran su plan de jubilación. Hizo posible el indulto de Quejoso a base de mimo, temple, gusto, de coser el hocico a la muleta y arrastrarla hasta los confines de la cadera. Le dio sitio, y le adelantó la muleta siempre con el mismo ritmo. Fundamental fue alargar las distancias y bajar cada vez más la mano. Tres naturales no tuvieron fin y una trinchera fue cartel de feria grande», relató el crítico Ángel Solís para HERALDO.

«El manicomio estaba en marcha. Los pañuelos se mezclaron con los gritos de perdón. Dudas en el torero y en el palco, que le dio un recado. La mano del que será un buen presidente, se lo aseguro, asomó el ansiado color naranja, se rajó el mundo y empezó la historia», completó Solís, para resumir la simbiosis entre el animal de Los Maños y un torero de breve pero intensa carrera.

Varea (Almazora, 1993) decidió cortarse la coleta -por sorpresa- en la Feria de Julio de Valencia 2019. Tenía 26 años y tan solo tres del alternativa. Los suficientes como para comprender que todo había terminado, que era momento de emprender un nuevo camino como director de la Escuela Taurina de Castellón. 

«Si volviese a nacer mil veces, mil veces volvería a ser torero para jugarme la vida ante animales como Quejoso. De capote, ya percibí su son. Con la muleta disfruté muchísimo, pero no pensé en el indulto. Al entrar a matar, los aficionados se pusieron a pitar y, hasta que el presidente enseñó el pañuelo naranja, creí que me señalaban a mí», recuerda Varea, quien siempre estará «eternamente agradecido» a la familia Marcuello por haber marcado «un antes y un después» en su trayectoria, cerrada por «frustración» pero con el «orgullo» de haberlo intentado.

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