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Una residente con discapacidad: "Lo que más me gustaría es salir a trabajar. Sería la mayor ilusión que me daría la vida"

Cristina García, de 55 años, vive en el centro Integra de Atades desde hace un mes. No trabaja desde marzo, para proteger al resto de compañeros que son más vulnerables al virus, pero sueña con que pase ya esta pandemia para volver a su centro especial de empleo. 

Cristina García, una de las residentes del Centro Integra de Atades, enseña una de las botellas decorativas que ha hecho esta Navidad en el taller de diseño y arte.

Cristina García está haciendo un álbum de fotografías en las que guarda momentos que ha vivido esta pandemia al lado de sus cuidadores y otros compañeros de la residencia. "Cuando pase el tiempo y lo revise, seguramente al verme con mascarilla diré: '¿esto lo he vivido yo?' Y sí, lo he vivido. Y lo hemos superado todos juntos", cuenta con una sonrisa.

Esta zaragozana, de 55 años, se incorporó al Centro Integra de Atades hace prácticamente un mes. Antes vivía con su hermana en un piso "muy cerquita", pero decidió cambiar de aires porque le hacía "ilusión" venir aquí. 

"Los primeros meses de confinamiento me cayeron como un jarro de agua fría. El no poder trabajar ha sido muy duro para mí. En algunos momentos he pensado en quitarme la vida, pero afortunadamente tengo gente que me ha ayudado en momentos muy difíciles", confiesa al lado de dos de esas personas. Una de ellas es Roberto Pérez, el director del Centro Integra de Atades, al que todos los usuarios que se cruzan con él estos días le preguntan cuándo podrán reunirse con sus familias o recibir visitas. La otra trabajadora que la acompaña es Verónica Trillo, educadora de adultos. Gracias a ella y a otras "cuidadoras del centro", como las denomina Cristina, esta residente con discapacidad intelectual ha descubierto otro mundo en el que afirma sentirse muy a gusto, mientras sigue de baja por la covid-19. "Desde el poquito tiempo que llevo aquí me he integrado muy bien. Tenía mucha ilusión de venir y he hecho buenos amigos, entre ellos mi tocaya, Cristina. La quiero mucho, como a una hermana", cuenta esta residente. 

Cristina García, junto a Verónica Trillo y Roberto Pérez, en el taller de arte y diseño del Centro Integra.
Cristina García, junto a Verónica Trillo y Roberto Pérez, en el taller de arte y diseño del Centro Integra.
P. B. P.

Gracias al taller de arte y diseño que imparten en el centro, Cristina ha aprendido a manejar pinceles y pintura, a hacer manualidades y, en definitiva, a sacar su vena más artística. "También he hecho un álbum que le he regalado a una sobrina y pintamos piñas y botellas de cristal para después venderlas. Cada pieza tiene el espíritu de cada uno de nosotros. No hay dos iguales, aunque las puedas encargar", avisa ella. 

Desde el pasado mes de marzo, y porque la normativa así lo recomendaba, Cristina se encuentra de baja hasta que mejore la situación "excepcional" que ha producido esta pandemia. 

"Si conseguimos retornar a la normalidad -subraya Roberto- Cristina y otras personas con discapacidad intelectual en su misma situación podrán volver a sus puestos de trabajo en los centros especiales de empleo, pero ahora mismo lo más importante es que no haya un brote en la residencia", afirma el director. 

"De la noche a la mañana tuvimos que convertir un centro destinado al cuidado en un centro sanitario"

En este centro del Actur, como en muchas otras residencias, admite que tuvieron que adaptarse a las circunstancias en tiempo récord. "De la noche a la mañana tuvimos que convertir un centro destinado al cuidado en un centro sanitario. Hemos sufrido una transformación muy compleja y las medidas han sido altísimas", reitera. 

A pesar de los esfuerzos realizados por todos los trabajadores y usuarios, la segunda ola de coronavirus que afectó a Aragón el pasado mes de octubre ocasionó un brote en la residencia. "Aguantamos la primera oleada y lo pudimos controlar gracias a las medidas de estratificación y a los grupos burbuja que habíamos hecho. Para nosotros ese tiempo fue muy valioso porque pudimos formarnos, mientras que a las residencias que les pilló en marzo tuvieron que ir a contrapié en un momento muy difícil, con falta de recursos, material de protección y medios", reconoce el director.

En su centro, el brote de la covid-19, una enfermedad "silenciosa y muy difícil de parar", se quedó en una planta, en la que afectó a la mitad de las personas. "Fallecieron dos residentes: una persona muy mayor, y otra que estaba en una situación delicada y el coronavirus hizo que empeorase su salud", recuerda Roberto. 

"Cuando se produce una pérdida aquí es un palo para todos. Todo el mundo pelea porque no haya brotes porque sabes que tienen consecuencias"

Cristina García, como usuaria y residente del centro, cuenta que vivió con "angustia" y mucha incertidumbre ese momento y otros tantos que ha visto por la televisión a raíz de la pandemia. "Al tener ese brote me disgusté mucho. Lloré, sentí rabia, impotencia... A mí me subieron cuatro días a aislamiento y esos cuatro días lo pasé muy mal. Cada vez que veo las noticias me descompongo y quiero que esto termine ya de una vez porque para la gente con discapacidad ha sido muy duro. Lo más duro que he vivido en mi vida", confiesa Cristina. 

"Cada vez que veo las noticias me descompongo y quiero que esto termine ya, porque para la gente con discapacidad ha sido muy duro"

Roberto, por su parte, explica el impacto que tienen estas muertes para quienes pasan su día a día con ellos. "Cuando se produce una pérdida aquí es un palo para todos... Son 24 horas las que pasas con esa persona. El personal hace un ejercicio de responsabilidad muy grande cuando sale de aquí. Todo el mundo pelea porque no haya brotes porque sabes que tienen consecuencias terribles", subraya Roberto.

En concreto, en este centro de Atades, viven en la actualidad 45 personas, que son atendidas por 88 trabajadores. Cada planta, señalan, es un estrato y tiene su propia plantilla para evitar que, en caso de contagio, el virus no pase de ahí y salte de una a otra.

Cristina García vive en la primera planta, donde se encuentran los residentes con mayor autonomía para poder entrar y salir del centro. Roberto calcula que el 33% de los usuarios reúnen esta característica, aunque también hay personas de 68 y 70 años, desde gente que tiene una autonomía ligera a grandes asistidos. Según señala el director, no es necesario que estén tutelados para venir al centro. "Hay familias que buscan la alternativa antes porque ha ocurrido una cosa: con la mejora de la calidad de vida y de la atención a las personas con discapacidad se hacen mayores. Hace unas décadas los hijos no sobrevivían a los padres, pero ahora sí que está ocurriendo eso y muchas familias, intentando anticiparse, buscan una residencia", indica. 

Samuel, de 21, es el usuario más joven del centro, y al cruzarse con Roberto en la puerta bromea sobre su negativa a ponerse la vacuna. "A mí no hace falta que me la pongáis que estoy muy bien", le dice entre risas. El director sonríe y se reafirma: "Estamos esperando como agua de mayo que lleguen las vacunas para recuperar la vida normal del centro", apostilla. 

De momento, la estratificación por plantas es la medida más eficaz para combatir el coronavirus y cumplir así con las medidas de seguridad que establece Sanidad para controlar los brotes. Así, en la cuarta planta, están las personas más vulnerables o con mayor riesgo de sufrir complicaciones, y a raíz de la pandemia se habilitó también una zona destinada al aislamiento de casos sospechosos de la covid-19. 

Verónica, educadora de adultos, asegura que este año ha sido "camaleónico" en cuanto a los cambios que les ha tocado vivir. Han pasado de estar encerrados todo el tiempo a ir recuperando poco a poco sus rutinas y talleres de grupo, manteniendo siempre las distancias y haciendo un uso frecuente de los geles hidroalcohólicos. "Ha habido mil medidas que implementar y hubo que hacer un esfuerzo colectivo muy grande para adaptarse en el tiempo a la situación que nos enfrentábamos", reconocen. Durante los meses más duros se hicieron turnos de 12 horas dejando siempre a gente "en la reserva" en su casa para minimizar el contagio de trabajadores. "La respuesta del personal ha sido de un enorme compromiso, tanto por el esfuerzo físico como de conciliación familiar que han hecho. Han estado a una altura brillante", alaba Roberto.

Estas Navidades van a ser diferentes para todos ellos, si bien han empezado ya a recuperar algunas cosas, como los regalos hechos a mano o las visitas de los familiares. "Una parte de los residentes se irán para Navidad y recuperaremos las visitas programadas con todas las medidas de seguridad", explican. 

Por su parte, Cristina volverá a reunirse con su hermana y con sus sobrinas, a las que espera obsequiar con algunas de las creaciones navideñas que ha hecho con mimo estos días. Pero más allá de eso, su deseo para este 2021 pasa por salir de esta situación y volver a su puesto de trabajo. "Ahora lo que me gustaría hacer es salir a trabajar. Sería la mayor ilusión que me daría la vida", dice con una sonrisa. 

A sus cuidadores, este cambio que han vivido en el centro les gustaría que sirviera para replantearse el modelo de residencia, poniendo en valor la atención que se brinda a estas familias para seguir mejorando en el futuro. "Ahora más que nunca necesitamos un hogar de las residencias", defiende Verónica, y Roberto coincide con ella.

"Yo creo que tiene que haber un cambio. Hay que intentar ayudar a las personas en sus domicilios el mayor tiempo posible e incluso replantearnos un modelo en el que puedan venir los padres con los hijos, que fueran pequeños apartamentos con sus servicios. Todo el sector tiene que tener una reflexión muy importante, a la que nos va a ayudar la pandemia, para que tenga una transformación en los próximos años. Y para esto hacen falta buenas ideas y recursos", sentencia. 

Este es uno de los artículos que se incluyen en el especial sobre cómo han vivido la pandemia en Aragón las personas con discapacidad, sus familias y los trabajadores en este campo. >>> Ir al especial, publicado el 24 de diciembre.

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